Ceuta, capital de Europa
Si algo positivo nos puede haber traído la crisis migratoria desencadenada en Ceuta por la llegada descontrolada de personas a través de la frontera natural es permitir que la política española recupere cierto nivel. Después de meses estancada la legislatura en la bronca y en esa pelea infantil para deslegitimar al contrario, tras tantos meses de cinismo y cero razonamiento, Ceuta obliga a resolver, trabajar y entender. No cabe duda de que la pasividad y la flojera del Gobierno entorpecieron la reacción. Como también la tentación de la derecha opositora, arrastrada por su escisión radical, que le llevó a tontear con la violencia y el enfrentamiento para lograr su sueño húmedo de hacer caer al Gobierno antes de la próxima primavera. Es inteligente que se dieran cuenta de que estaban a punto de provocar una guerra civil entre las dos personalidades que componen la población ceutí y llamaron a la calma. Estas carencias se sumaron a un problema de por sí irresoluble, pues la emigración es un caso de libro sobre cómo la desigualdad impide, e impedirá siempre, la convivencia pacífica. Tuvimos que ver incluso a dos ministros de un mismo Gobierno discrepar en público para intentar salvar la cara de sus subordinados. No parece que los servicios secretos, por más que sea bueno protegerlos, avisaran ni de lejos de la marabunta que sacudió Ceuta los últimos días de julio. Ni tampoco las fuerzas de seguridad fronteriza, por muy avisadas, hubieran tenido el cuajo de disparar balas de goma contra la gente desesperada que a nado trataba de ganar la playa, como había ocurrido anteriormente para indignidad general.
Todos los llamamientos a la respuesta militar, incluso a confrontar con Marruecos, sonaban a ventajismo electoral del chusco. Quizá lo más interesante de esa apuesta estratégica se viera con la visita a Ceuta del expresidente Aznar. Decidido a seguir siendo el pilar que legitima la herencia en el partido, se plantó en la ciudad autónoma para invocar un patria, patria, patria, frente a una realidad que exige otro mantra: mundo, mundo, mundo. En su párrafo más transparente vino a decir que teníamos que rectificar y reconciliarnos con nuestros aliados, en clara alusión a Israel. Como si mirar para otro lado en la carnicería de Gaza nos fuera a devolver una garantía de tranquilidad. Lo que deja otra pregunta en el aire: ¿ha tenido que ver una cosa con otra? Ese discurso de Ceuta sonó a alguien pidiendo la mano de Netanyahu bajo el balcón de casa de sus primos.
Serán los españoles los que tendrán que decidir si se apuntan a un lado o al otro de este mundo convulso, profundamente injusto e insolidario. Decidir definitivamente si los derechos humanos pueden convivir con la garantía de seguridad o es mejor renunciar a todo el papeleo y montar un ICE que acabe incluso, como el norteamericano, disparando a bocajarro a aquellos ciudadanos opuestos a la deriva fascista de su propio país. Dicen que la ultraderecha crece cuando la democracia se muestra maniatada por los derechos civiles y que las garantías de un trato humano terminan por ser una evidencia de debilidad. Si esto es así es porque el mundo ha girado hacia posiciones de autoritarismo y renuncia de libertades y derechos para permitir sacudirle fuerte a todos los que se planten delante con sus problemas y no nuestros problemas. Ceuta es la capital de Europa, de una Europa evasiva y distante. Es nuestro problema. Por eso el reto que plantea a nuestros políticos es la consecuencia positiva de este desastre humano.

