El año que robé un coche
Metí como pude mis pertenencias en el Mercedes 190D de mi padre: ropa, libros, apuntes, un enorme ordenador, las cajas con las cosas que sostuvieron en pie mi vida universitaria durante cinco años. No se distinguía la carretera a través del retrovisor de lo lleno que iba. A mi padre, que logró entrar al asiento de al lado de milagro, tampoco lo veía, pues entre nosotros encajamos una estantería. Y así abandoné Santiago, sobre la alegría invencible de no volver a estudiar nunca más, ya licenciado en Filosofía. En las tres horas de viaje hasta Vilardevós solo una idea me ocupó la cabeza: la de dedicar el siguiente año a escribir una novela y nada más.
Unas semanas antes había dicho que prepararía unas oposiciones a profesor. Incluso compramos los temarios. Antes de que llegasen por correo postal, sin embargo, llegué yo a casa aquel día y anuncié mi gran idea. “¿Otra novela?”, se le escapó a mi madre, que le sonaba que ya había escrito cuatro. “Sí, pero esta se publicará”, vaticiné. “¿Y las oposiciones?”. Me encogí de hombros. Los convencimientos se derrumban a veces de un soplido. A la semana llegaron los temarios, que nunca salieron de la caja.
Pero antes de ponerme a escribir, me precipité por el verano, los amigos, los coches, la piscina, las tardes y las noches. Solo no hubo mañanas. Inauguré las vacaciones comprándome unas gafas de sol nuevas, que a la semana rompí. Me compré otras, que perdí a los cuatro días. Y entonces, pidiendo dinero a mis abuelos, me compré unas terceras, en una de esas obcecaciones con las que uno grita al mundo que jamás lo vencerá.
Fue el coche, por encima de las gafas, el protagonista de aquel verano, durante el que pretendía desquitarme por haber estudiado durante 23 años. Sin coche, yo estaba muerto, porque Vilardevós quedaba a 13 kilómetros de Verín, localidad en la que vivían la mayoría de mis amigos, y en la que había piscinas, cine, río, bibliotecas, pubs, discoteca. En casa disponíamos de un Fiat Cinquecento, que usaba mi madre, un Seat 127 comprado de segunda mano y el mencionado Mercedes 190D, que se reservaba para los desplazamientos largos. Dos años antes mi padre había enterrado la etapa de los Seat 600. Tuvimos tres. El último nos lo robaron a mi tío y a mí mientras salíamos un sábado de carnaval. El 127 vino a ocupar su rol: la batalla diaria, los trayectos cortos, los pies embadurnados.
No tardé en estrellarlo, a finales de julio, contra el cercado de un prado haciendo el idiota con una amiga que me gustaba. “Vamos muy despacio, ¿no?” fue lo último que escuché antes de acelerar absurdamente a la entrada de una curva y salirnos metros después. Las siguientes palabras ya fueron mías —“Mi padre me mata”— en mitad del prado. Por suerte, el 127 era durísimo y los daños se limitaron a los bajos: con el golpe, el asiento del conductor se elevó diez centímetros. Mi padre hizo como que se creyó la mamarrachada que le conté sobre un enorme bache.
No me amedrentó el accidente, de modo que seguí aferrándome al coche obstinadamente, casi como aquel chico de Sigüeiro, aspirante a piloto de rallies, que también en los noventa había estampado su Peugeot 205 en una curva y llegó al pueblo magullado y diciendo: “Entré algo rápido, pero de mí esa curva no se ríe”. Así que alquiló un coche… y volvió a estamparse en el mismo sitio. Hay algo en los errores que llama a la repetición.
El verano avanzaba en espiral, la novela no pasaba de armatroste teórico en mi cabeza, y una noche salí con el Cinquecento. Al pretender recogerlo de madrugada, no recordaba dónde lo había aparcado, y además, no encontraba las llaves. Durante los siguientes dos días fui rellenando lagunas hasta recuperar las llaves en una discoteca, y el vehículo, intacto, en la calle donde al parecer lo había dejado.
Acaté la orden paterna de no acercarme a los coches. Pero agosto estaba en su esplendor, y una tarde me llamó un amigo para decirme que alguien organizaba una fiesta aprovechando que sus padres lo habían dejado solo en el chalet, así que entre la imposibilidad de ir, y las ganas de no perdérmela, elegí esperar a que mis progenitores se durmiesen, y coger el Mercedes 190D para irrumpir en la fiesta a lo grande. Me animé pensando que para escribir antes había que vivir. Cuando oí sus respiraciones profundas, arranqué. A la entrada de Verín me cortó el paso la Guardia Civil. “¿Juan Tallón?”, me preguntó un agente. “Sí, soy yo”, corroboré, extrañado. “Conduce usted un coche robado, ¿lo sabe?”, me informó. Me eché a reír. “Imposible, es de mi padre”, dije con confianza. El agente asintió. “Correcto. Acabamos de recibir su llamada denunciando la sustracción de este vehículo por parte de un familiar. Bájese, por favor”.


