Nacional

El poder de la mirada masculina: quién domina el espacio de las mujeres

I.

No recuerdo un momento exacto en que, por primera vez, una mirada de un hombre me hizo sentir incómoda. Recuerdo muchos, distintos, desde muy pequeña; algunos con más nitidez que otros. Este en particular: yo huyendo de un grupo de niños que me perseguía en la escuela. Los patios vacíos, los salones repletos, todos en clase. Había pedido permiso para ir al baño; en el camino, me encontré con un pequeño grupo de niños, no más de cuatro. Se acercaron a mí. No era extraño que lo hicieran; sus miradas lo eran. Sentí un vacío en el estómago. Uno de ellos —del que aún recuerdo su rostro redondo y su pelo lacio en la frente— hacía muecas con la boca y los ojos mientras miraba con insistencia mi cara y mi cuerpo. Se reían. No decían nada, al menos no con palabras; con la mirada me comunicaban que estaba en peligro. No sabía qué podría pasar, pero sentí, de inmediato, que tenía que huir, esconderme. Corrí al baño de niñas; me siguieron en silencio. Yo volteaba y los veía caminar detrás de mí, mirándome fijamente. No me alcanzaron. Me encerré un rato. Afuera escuchaba sus voces y sus risas. Salí cuando dejé de escucharlos y volví al salón de clases. No dije nada. Tenía aproximadamente seis o siete años; cursaba el segundo grado de primaria.

Creo que no dije nada porque no sabía cómo describir lo que había pasado. No sabía cómo explicar que me habían lastimado sin tocarme, sin pronunciar palabra; únicamente con la mirada.

Hoy no entiendo cómo un niño de esa edad miraba de esa manera. Me pregunto qué significado tenía para él. Supongo que lo vio en alguien más y lo imitó. Seguramente, desde entonces y sin entenderlo del todo, aprendió que mirar de cierta forma provocaba miedo en quien es mirada. Seguramente también entendió que la forma de mirar es una manera de ocupar el espacio y de dominarlo. Me imagino que, si nunca se ha cuestionado ese comportamiento, lo sigue haciendo y continúa ejerciendo ese poder del que mira sobre quien es mirada.

Después de esa vez, hubo muchas otras: maestros y compañeros mirándome las piernas, las tetas, las nalgas, la boca. Un señor que, a la salida de la escuela, me veía con los ojos desorbitados e intentó convencerme de irme con él. Viejos que buscaban sentarse junto a mí en el transporte público para hablarme mientras me veían de la misma forma en que aquel niño me había visto. Apenas estaba en la secundaria. Desde entonces, esto nunca ha parado.

Una amiga me contó que, de niña, cuando empezaba a andar sola, de camino a la tienda, un tipo la miró de manera extraña y le pidió que se acercara. Ella, aunque sintió algo raro en la forma en que la miraba, lo hizo. Obedeció amablemente, como se nos enseñaba a las niñas. Cuando se acercó, él manoseó su cuerpo, después de un rato, la dejó ir. Ella no sabía exactamente qué había sucedido, pero sentía que no era algo bueno. Volvió a casa y tampoco dijo nada; lo guardó como un secreto.

Creo que muchas veces las mujeres no hablamos de nuestras experiencias con el acoso y las miradas que nos laceran porque a veces no entendemos a qué nos hemos enfrentado; procesar esa experiencia requiere tiempo, validación y contar con un vocabulario para abarcarla. También porque desde niñas lo hemos vivido tanto que lo hemos normalizado. Asimismo, desde niñas aprendemos a blindarnos emocionalmente, porque de lo contrario no podríamos continuar. Sobrevivimos como podemos.

Al inicio de su texto El derecho a mirar, Nicholas Mirzoeff habla de una mirada personal y horizontal que reconoce al otrx sin negarle su subjetividad. Una mirada mutua que descubre y construye a quien se mira, confiriéndole autonomía y reconociendo su otredad. Esto me ayudó a entender que lo que vivimos las mujeres cuando nos miran con morbo no es ese tipo de mirada, es otra. Corresponde a otro registro del ver. Tampoco es una mirada de gusto, atracción o deseo de conocer a la persona; al contrario, busca dominarla, borrar su autonomía. Mirzoeff diferencia la mirada personal y horizontal de la visualidad. Esta última es todo el aparato ideológico, estatal y tecnológico que utiliza los mecanismos de la visión para ejercer poder sobre el otro, de manera similar al panóptico en Foucault. La mayor eficacia de este entramado radica en que quien es vigilado termina aprendiendo a sentirse mirado y organiza su conducta en consecuencia; se autovigila. Así opera la mirada masculina sobre nosotras: un sistema que internalizamos desde niñas y que funciona como una instrumentalización del ver para supervisar y recordarnos nuestro lugar jerárquico dentro de la estructura de poder que se configura en el espacio.

Esta violencia a nuestros cuerpos, a través de la mirada, no es una iniciativa individual; es una estructura panóptica orquestada, enseñada, aprendida y repetida. Es unmensaje colectivo, con un lenguaje en común, que busca someter a la persona mirada a la voluntad de quien mira. Lo que Rita Segato llamaría violencia expresiva, es decir, un tipo de violencia que no quita la vida, pero funciona como un recordatorio de que puede hacerlo.

II.

, es raro es un proyecto en el que trabajé durante aproximadamente seis años. Nació de esa experiencia que compartimos las mujeres al enfrentar la mirada masculina de control sobre nuestros cuerpos. Me interesaba mapear visualmente las edades aproximadas en las que empezamos a reconocerla e integrarla como parte de la vida cotidiana. Trabajé con mis alumnxs universitarixs. La idea surgió cuando cursé el seminario de Cultura visual y género en el Museo Universitario Arte Contemporáneo de la Ciudad de México (Campus Expandido), a cargo de la Dra. Rían Lozano y la Dra. Marisa Belausteguigoitia. Posteriormente, la publicación con la editorial hispano-chilena MUGA fue posible gracias al apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales.

En clase, comenzaba planteando preguntas a los grupos sobre sus experiencias con la mirada, específicamente con aquellas cargadas de morbo. Planteaba interrogantes como: ¿Cómo describirías esa mirada? ¿Qué sientes cuando te miran así? ¿Cómo y con qué frecuencia afecta esa mirada tu vida cotidiana? ¿Cómo sería tu vida sin la presencia de esa mirada?

En general, mis alumnas sabían de inmediato a qué me refería. Todas coincidían en que esa mirada está siempre presente —incluso cuando estamos solas— y que condiciona decisiones básicas del día a día. Se vuelve parte de la rutina y la tenemos presente en todo momento: desde seleccionar la ropa según los sitios por donde vamos a andar, hasta planificar trayectos y esquivar calles o lugares para eludirla, aunque esto implique caminar más. La mayoría manifestaba enojo, indignación, molestia, agobio, impotencia, frustración, en muchos casos, desesperanza. Algunas contaban que habían decidido desafiar esa realidad, vistiéndose como desean y moviéndose con libertad por las calles, a pesar de todo.

También les pedía que intentaran identificar cuándo comenzaron a ser conscientes de esa mirada. La mayoría no lo tenía claro: simplemente, en algún punto pasó a formar parte de sus vidas. Otras, en cambio, guardaban el recuerdo de episodios específicos, casi siempre en la niñez o la adolescencia. Posteriormente, les pedí que, si lo deseaban, compartieran una fotografía de la edad aproximada en la que comenzaron a experimentar esa mirada. Así se empezó a conformar un archivo.

Por su parte, las respuestas de los estudiantes hombres solían ser distintas: no siempre comprendían el tema y muchos nunca habían reflexionado al respecto. Algunos mostraban empatía, enojo o preocupación; otros culpaban a las mujeres por su vestimenta o por andar solas. Había quienes se mostraban molestos, indiferentes o desinteresados, mientras que otros expresaban indignación por los espacios que les eran negados —como los vagones delanteros del Metro en la Ciudad de México, destinados únicamente a las mujeres debido al alto índice de acoso en el transporte público— o señalaban haber vivido acoso ellos mismos alguna vez. La mayoría de ellos se mostraban sorprendidos: no imaginaban que las mujeres viviéramos así el día a día, ni concebían qué implicaría para ellos experimentar algo semejante de manera cotidiana.

A ellos les propuse participar en el diálogo mediante la escucha a las mujeres de su entorno —madres, abuelas, tías, hermanas, amigas, parejas, compañeras, etc.— a través de preguntas similares a las planteadas en clase. Si ellas lo deseaban, también podían compartir sus experiencias y fotografías.

Cuando empecé a recibir las primeras imágenes y relatos, dos cosas me impactaron profundamente: descubrir las edades tan tempranas en las que comienza esta experiencia y constatar que, en muchos casos, esas primeras miradas incómodas ocurrieron dentro del hogar, en el ámbito doméstico y por parte de personas cercanas.

Las fotografías y testimonios reunidos en el libro forman parte de ese archivo construido colectivamente a partir de las clases. Las edades en las que las mujeres comenzamos a sabernos observadas y vigiladas —y a organizar nuestras vidas en torno a la mirada del otro— van, en promedio, de los 3 a los 21 años.

Érika Vitela es creadora, docente e investigadora de la fotografía contemporánea. Es autora deSix Short Stories(2018), y actualmente desarrolla una investigación doctoral sobre el fotolibro como espacio público apropiado por las mujeres.

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