Era, el ocaso de la editorial que modernizó México: “Forma parte de nuestra educación sentimental”
En el principio, fue una librería. Tomás Espresate, un editor catalán que había llegado a México a finales de los años treinta exiliado de la dictadura, tenía una tienda de libros en el centro del entonces Distrito Federal. Por aquel lugar se pasaban sus hijos y otros jóvenes españoles para repartir propaganda antifranquista, que imprimían en una pequeña imprenta asociada también a la librería. Hasta que el 5 de agosto de 1960, uno de aquellos veinteañeros propuso utilizar la imprenta para publicar también libros importantes. Así, nació Era, un nombre doble, que remitía tanto a los grandes ciclos de la historia, como al acrónimo de sus jóvenes fundadores: Espresate, Rojo y Azorín. Una editorial que durante décadas cumplió con su ambicioso nombre, contribuyendo a modernizar la cultura estética y política de un país en transformación: del PRI más duro a la apertura generacional, del muralismo folklorizante a la ruptura abstracta, de la novela rural a la poesía y el modernismo urbano abierto al mundo.
Nada menos que todo eso representa Era en México, que esta semana, casi justo 66 años después, anunció que echa el cierre., como matizó en un segundo comunicado, reduce “al mínimo sus operaciones”. Más allá del ruido confuso de comunicados, el resultado final significa, según fuentes cercanas a la editorial, que ha preferido no hacer comentarios para este reportaje, el definitivo ocaso de la histórica editorial, acorralada por las deudas y la caída de ingresos. La empresa ya ha notificado a la Hacienda mexicana (SAT) la suspensión temporal de actividades. Un movimiento que da un plazo de seis meses para cancelar contratos de distribución y venta de libros, así como para negociar con los autores, con los que acumulan la mayoría de las deudas, pero con los que hay buena disposición.
Igual que en el principio, ahora en su final también están las librerías. Desde el golpe de la pandemia, las ventas apenas representan un cuarto de lo que eran antes, según sus comunicados., como el resto de editoriales independientes, está sufriendo los embates de un mercado del libro cada vez más concentrado y reducido, donde las librerías están volcadas en la rentabilidad a corto plazo: libro que no se vende en dos meses, libro descartado. Esa política de lo inmediato acaba con los llamados libros de fondo, alejados de las novedades y que forman parte del catálogo histórico o permanente de una editorial. Precisamente, el punto fuerte de Era.
Su primer libro fue La batalla de Cuba, un alegato muy de época a favor de la entonces joven revolución castrista a cargo del historiador y antropólogo Fernando Benitez, que muy poco después se pondría al frente de la revista Siempre!: La cultura en México, pionera y faro del periodismo cultural mexicano. Por cierto, con Vicente Rojo, uno de los fundadores de Era, a cargo del innovador diseño. Con el paso de los años va engordando su imponente catálogo con nuevos nombres que acabarían siendo canónicos: Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo. Todos bajo el paraguas editorial y estético de Rojo, uno de los primeros artistas plásticos en alzarse contra el omnipresente muralismo, costumbrista e ideologizado, que dominó el arte mexicano hasta mediados del siglo pasado. Rojo abanderó la llamada Generación de la Ruptura junto a José Luis Cuevas, Manuel Felguérez y Fernando García Ponce, cuyo hermano Juan, escritor vanguardista y de culto, fue también uno de los destacados de Era.
Esa renovación generacional, política y estética entroncaba con el resto de un mundo inmerso en las transformaciones de los sesenta: los derechos civiles, los feminismos, la contracultura. “Supuso una visión distinta sobre cómo pensar México y la cultura. Ayudó a modernizar el país reuniendo nuevas voces y reinventando a los clásicos”, cuenta Alberto Ruy Sánchez, autor desde hace décadas de Era y editor de Artes de México, un proyecto editorial hermano que nació, antes incluso, de la misma imprenta de los exiliados españoles. Formaban parte de un ecosistema cultural más amplio. Editoriales como el Fondo Economía de Cultura o Siglo XXI y figuras de peso de una generación anterior como el futuro Nobel Octavio Paz, que también puso su sello en Era. Editando, por ejemplo, un libro objeto sobre Marcel Duchamp, publicando una vanguardista obra de teatro o jugando con la poesía concreta y el diseño, junto a Rojo, para fabricar los llamados discos visuales.
Varios de los títulos señeros de su catálogo se convirtieron incluso en lecturas obligatorias en los planes de estudio mexicanos. Como Aura, de Carlos Fuentes, o La noche de Tlatelolco, de Poniatowska, esa joya de la literatura testimonial sobre el 68 mexicano, cuando cientos de estudiantes fueron masacrados por reclamar al gobierno de hierro priísta más democracia y menos autoritarismo. “Era forma parte de nuestra educación sentimental”, dice Verónica Murguía, con varios ambiciosos libros de cuentos publicados en la editorial que bucean en mitología medieval europea. Para ella, además, Era también supone un vínculo incluso más personal. Viuda del poeta David Huerta, otro puntal del sello, recuerda los primeros libros que le regaló su pareja, joyas exquisitas marca de la casa: Las Flores Azules, de Raymond Queneau; o una correspondencia de Lezama Lima.
Entre el debate abierto tras el anuncio del cierre, hay voces más críticas, que consideran que la editorial podía haber buscado vías para sobrevivir, como abrirse a títulos más comerciales, autores más jóvenes o modernizar su patrón de trabajo. “Es debatible, como el hecho de haber podido equilibrar el catálogo como hacen otras editoriales independientes, pero otras críticas son injustas porque sí han estado publicando autores contemporáneos”, añade Murguía. Como ella misma, o nombres como Gonzalo Lizardo o Eduardo Antonio Parra, que reconoce que “era una editorial a la antigua, exigente, que escogía muy bien a sus autores y confiaba más en las obras que en la publicidad. Eso significaba que, como autor, sabías que te iban a cuidar, que ibas a permanecer en catálogo”.
Ruy Sánchez, con varios títulos de poesía aún vigentes en el sello, coincide en que su “compromiso con el libro era muy meticuloso”, y recuerda una frase que repetía Marcelo Uribe, el director del barco las últimas décadas al recoger el testigo directamente de Rojo, y que podría servir de epitafio: “Nunca he publicado un libro del que me avergüence”.


