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El mundo roto de un niño de tres años tras la detención migratoria de su papá

Este reportaje ha sido elaborado por MindSite News, un sitio web de noticias sin ánimo de lucro que informa sobre salud mental y publica un boletín informativo gratuito. Se ha producido en colaboración con CatchLight como parte de su Iniciativa de Reportajes Visuales sobre Salud Mental, de tres años de duración.

Cuando el padre de Carlos Carino*, un niño en edad preescolar, fue detenido en Los Ángeles el pasado mes de septiembre por agentes del ICE y trasladado a un centro de detención en el Valle Central de California, los cambios en Carlos se hicieron evidentes de inmediato.

Se negaba a participar en las actividades en su guardería. Lloraba con frecuencia, tanto en el colegio como en casa. Y empezó a llamar a todo el mundo “papi”.

Durante seis meses, la familia sobrellevó la separación mientras luchaba en los tribunales por la puesta en libertad del padre de Carlos, Miguel Carino*. Tenían motivos para tener esperanza… o eso creían.

Carlos es como uno de cada cinco niños de California: vive en una familia de estatus mixto en la que al menos uno de sus miembros es indocumentado; en todo el país hay unos 4,7 millones de hogares de estatus mixto. Mientras estas familias se enfrentan a una política de control de la inmigración agresiva, la detención de uno de los progenitores puede sumirlas en múltiples niveles de trauma, azotadas por acontecimientos que escapan a su control.

Las consecuencias son graves: un informe elaborado por seis psiquiatras y publicado en Psychiatric News señalaba que la separación prolongada entre los niños y sus padres inmigrantes “puede socavar la seguridad del vínculo afectivo y aumentar la vulnerabilidad de los niños a la ansiedad, la depresión y los problemas de conducta.”

El padre de Carlos llevaba casi 25 años viviendo en Los Ángeles, era propietario de una pequeña empresa de construcción en su barrio de East Los Ángeles y daba empleo a otros trabajadores. Jazmín, su esposa desde hacía cinco años, es ciudadana estadounidense, y Miguel había solicitado un “ajuste de estatus” basado en su matrimonio. Entonces fue detenido durante lo que sus abogados supusieron que sería una visita de rutina ante el Servicio de Ciudadanía e Inmigración de los Estados Unidos (USCIS).

Jazmín, de 24 años, intentó mantener unida a la familia mientras aceptaba turnos extra de limpieza de casas. Ella y Carlos empezaron a hacer el viaje de ida y vuelta de cinco horas al Valle Central dos veces al mes. Pero las visitas eran dolorosas y angustiaban al niño. “No podíamos cogernos de la mano, no podíamos levantarnos de nuestros asientos,” recuerda Jazmín. “Cuando llegaba el momento de despedirnos, mi hijo no quería soltarlo.”

Pero al cabo de un tiempo, incluso estas visitas limitadas parecían ayudar a Carlos. Una mañana, llegó a la guardería con un gorro tejido a mano que su padre le había hecho.

“Se lo dejaba puesto todo el día y estaba más feliz que nunca,” recuerda Ana Soto*, auxiliar de educación infantil en la guardería. Llevaba el gorro a diario, como si llevara consigo una parte de su padre.

“Un día, le llamé: ‘Papi, ven aquí,’ cuenta Soto. “Me miró y me dijo: ‘Yo no soy Papi, soy Carlos.’” Para Soto, eso supuso una mayor sensación de seguridad.

Pero en marzo, ante la perspectiva de su probable deportación y agotado por las condiciones brutales del centro de detención, Miguel decidió autoexiliarse a Tijuana, en México. Jazmín intentó sobrellevarlo llevando a Carlos a visitarlo a Tijuana. Luego, en abril, Miguel se trasladó más al sur, a Ciudad de México, para poder buscar trabajo y mantenerse. La Ciudad de México está muy lejos y la familia no tiene recursos para volar hasta allí. Carlos lleva tres meses sin ver a su padre en persona y no está claro cuándo volverá a verlo. Ahora la familia debe intentar mantenerse en contacto a través de videollamadas y llamadas telefónicas, y la confianza y la tranquilidad de Carlos se están desvaneciendo de nuevo.

Cuando se llevan a uno de los padres, el mundo de un niño se derrumba. La separación forzosa de los miembros de la familia puede provocar una desregulación emocional y agravar sus inseguridades, afirma Tatiana Londoño, profesora adjunta de bienestar social en la Escuela Luskin de Asuntos Públicos de la UCLA. Su trabajo analiza las formas en que los inmigrantes latinos afrontan y se adaptan a la detención, la deportación y la separación familiar.

“Incluso una pequeña separación de los padres, por breve que sea, puede afectar al bienestar y al desarrollo de ese niño,” afirma Londoño. “Estamos dejando una huella a largo plazo, que podría extenderse a varias generaciones en estas familias.”

Los niños aprenden que uno de sus padres —la persona en la que más confían— “ya no es mi base segura,” explica Londoño. “Aprenden que nadie es seguro para ellos. Podrían tener problemas en sus relaciones futuras, o quizá no sean capaces de distinguir una relación sana de una que no lo es.”

Los estudios demuestran que la exposición a medidas de control migratorio severas y la separación de un cuidador principal constituyen una forma de “estrés tóxico” que aumenta los riesgos futuros de padecer enfermedades físicas y mentales. Dichos riesgos se agravan cuando se suman a “una exposición previa a la violencia, la pobreza y la pérdida de familiares en los países de origen,” según el informe de Psychiatric News.

Un estudio de 2022 publicado en el Journal of Policy Analysis and Management analizó cómo se vieron afectados los hijos de inmigrantes que vivían cerca de Morristown, Tennessee, durante el año posterior a una redada migratoria masiva en esa comunidad. Los investigadores observaron “un aumento sustancial de las ausencias escolares en el mes de la redada y un incremento significativo de las medidas disciplinarias de exclusión, así como de los diagnósticos de trastornos por consumo de sustancias, depresión, autolesiones, intentos de suicidio o ideas suicidas y abusos sexuales.”

Otro estudio, publicado en 2020 en la revista Journal of Traumatic Stress, analizó a 458 niños y adolescentes migrantes atendidos en centros de salud mental y reveló que al 43% de ellos se les había diagnosticado trastorno por estrés postraumático (TEPT) y al 24%, depresión. De ellos, casi la mitad de los niños —el 49%— afirmaron que presentaban tres o más conductas problemáticas, que iban desde problemas académicos, absentismo escolar o mal comportamiento en el colegio hasta el consumo de sustancias, pensamientos o intentos suicidas, o agresividad física hacia los demás.

En un comentario publicado en marzo en el New England Journal of Medicine, un equipo de médicos e investigadores señaló lo siguiente: “Para los médicos, los profesionales de la salud mental y los profesionales de la salud pública, las pruebas son inequívocas: separar a los padres y cuidadores de los niños pequeños provoca un trauma evitable, impulsado por las políticas, con consecuencias a largo plazo para la salud y el desarrollo infantil. La separación no es simplemente estresante para los niños pequeños: es tóxica.”

Para agravar el problema, en el mismo momento en que las redadas del ICE están provocando traumas, la Administración Trump también está recortando la ayuda alimentaria y otros servicios que contribuyen a apoyar a las familias en situación de necesidad. Londoño y otros defensores instan al Estado de California a que ayude a cubrir esta carencia aumentando la financiación destinada a las organizaciones que trabajan para satisfacer las necesidades básicas de las familias inmigrantes, de modo que los padres puedan estar “emocionalmente disponibles para sus hijos.”

También sabe que su familia no es, ni mucho menos, la única en esta situación. Ha visto a familias procedentes de lugares tan lejanos como Florida esperando para visitar a sus cónyuges en el vestíbulo del Central Valley Annex, el enorme centro de detención gestionado para el ICE por GEO Group, la empresa privada de prisiones.

“Recuerdo a una mujer con seis hijos, entre ellos un niño con autismo y un recién nacido,” cuenta Jazmín. “Vi a recién nacidos de otros estados que venían de visita y a los que sus padres cogían en brazos por primera vez.”

Carino espera poder traer algún día a su marido de vuelta a Estados Unidos y reunir a su familia. Por ahora, sin embargo, se centra en la supervivencia económica y en aliviar el impacto emocional en Carlos, que cumplió tres años en mayo.

Su guardería le organizó una fiesta y la familia lo celebró mediante una videollamada con Miguel, que se encontraba en Ciudad de México. Para su madre, fue un momento agridulce: era el primer cumpleaños de Carlitos sin su papi.


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