El drama de los pescadores ecuatorianos desaparecidos en la guerra de EE UU contra el narco: “Tengo la esperanza de que regresen”
La voz de Joel Valencia llevaba el cansancio de un largo día de trabajo. De cargar las pesadas redes de pesca y las gavetas con anzuelos y comida para la faena, de halar sogas, del balanceo constante del barco sobre el mar. Era la voz carrasposa de quien está a punto de quedarse dormido cuando envió una última nota de voz a Maoli, su prometida, antes de perder la señal al adentrarse en alta mar. “Chao, mi amor. Cuida mucho al niño, no lo hagas llorar. Procura darle desayuno todos los días para que cuando regrese lo encuentre gordito”, dijo. Joel, de 22 años, es uno de los ocho pescadores desaparecidos de la tripulación del Fiorella, una embarcación que zarpó la noche del 13 de enero desde el pequeño puerto de Jaramijó, en Manabí, con diez tripulantes a bordo. Tenían previsto pasar 25 días en el mar para pescar marlín, atún y dorado.
Maoli reproduce el audio una y otra vez. Lo escucha cuando la angustia por no saber de él se vuelve insoportable. También le escribe. Le cuenta cuánto lo extraña, cómo han transcurrido sus días desde su partida y hasta aquellos en los que ha permanecido de pie, con una fotografía de Joel entre las manos, protestando frente a la Capitanía del Puerto de Manta. De los diez tripulantes del Fiorella, solo dos regresaron a tierra.
El Fiorella era una embarcación nodriza: permanecía anclada mientras otras lanchas se alejaban para tender el espinel, el largo aparejo con anzuelos utilizado para la pesca. Después, los pescadores debían recogerlo y regresar al barco. El 20 de enero, el Fiorella ancló cerca de las islas Galápagos, en aguas internacionales entre el territorio continental de Ecuador y la Zona Económica Exclusiva ecuatoriana que rodea las islas. El capitán ordenó entonces que dos lanchas, con dos pescadores cada una, se alejaran de la embarcación. Una tomó rumbo hacia el este; la otra, hacia el norte. El plan era que alrededor de las cuatro de la tarde comenzaran a recoger el espinel y que, por la noche, regresaran al Fiorella, en el mismo punto donde se habían separado.
Pero algo ocurrió en esas horas. Y desde entonces, ocho familias esperan una respuesta. Los dos pescadores que viajaban en una de las lanchas y lograron regresar a tierra contaron a Human Rights Watch que, después del mediodía, perdieron la comunicación con el capitán del Fiorella. A la distancia vieron lo que parecía una “columna de humo”, pero no pudieron determinar qué era ni qué había ocurrido. Alrededor de las siete de la noche terminaron de recoger el espinel e intentaron nuevamente comunicarse por radio con el capitán y con la otra lancha de apoyo. Nadie respondió.
Llegaron entonces al punto en el que estaba previsto que el Fiorella los recogiera. Para entonces, dijeron, ya no veían columnas de humo ni ningún otro indicio de la embarcación. Esperaron allí hasta alrededor de las once de la noche. Después se dirigieron hacia la zona donde debía estar pescando la segunda lancha. No encontraron ni a la embarcación ni a sus tripulantes, pero hallaron el espinel que habían colocado.
Los pescadores permanecieron en esa zona hasta las ocho de la mañana del 21 de enero. Como les quedaba poco combustible, arrojaron la pesca al mar y emprendieron el regreso hacia la costa. En el trayecto fueron rescatados por otra embarcación. Un día antes, el 19 de enero, Mariana Mero, madre de Juan Carlos Valencia —capitán del barco—, había recibido un mensaje de su hijo. Según cuenta, le dijo que una patrulla de Estados Unidos los estaba siguiendo y que drones sobrevolaban la embarcación. “Nos han dicho que la patrulla los carga, que los maltratan, que no les dan de comer”, cuenta Mariana. Habla con la angustia de quien lleva meses sin saber qué ocurrió con su hijo menor.
Sin una respuesta oficial
Es una de las versiones que las familias han repetido desde que los pescadores desaparecieron. Hasta ahora, sin embargo, no han recibido una explicación oficial que permita saber qué ocurrió con el Fiorella. En la Capitanía del Puerto de Manta, las familias dicen haber encontrado más preguntas que respuestas. Algunas veces, cuentan, encontraron las puertas cerradas cuando acudieron a preguntar por los avances de la búsqueda. Otras, aseguran, recibieron acusaciones contra los pescadores desaparecidos. “El capitán del Puerto de Manta nos dijo que si ellos han andado en otras cosas, ¡aténganse a las consecuencias! Ustedes saben en qué andaban sus maridos e hijos”, asegura que les dijo.
La respuesta indignó a las familias. “Si ellos estaban en algo, debieron entonces traerlos y que aquí vean qué hacen con ellos, pero no así”, responde Mariana. “Nunca nos dieron una prueba de que los estaban buscando”, reclama. Cuenta que, durante uno de los pocos encuentros que tuvo con el responsable del destacamento militar encargado de la búsqueda, le recomendaron pedir una indemnización al dueño del barco, “sin darnos explicación de dónde están y qué pasó con ellos”, afirma.
El caso del Fiorella no fue el único. El 17 de marzo, 16 pescadores de la embarcación Negra Francisca Duarte II desaparecieron en circunstancias similares. Días después supieron que estaban retenidos en El Salvador y que se preparaba su deportación hacia Ecuador.
Según el relato de los pescadores, un dron había sobrevolado la embarcación. Después, un artefacto impactó en la mitad de la nave, justo en la cocina, donde estaban los cilindros de gas, recuerda Hernán Flores, el capitán del barco. Un segundo dron descendió para atacar el centro del barco, pero perdió el control y cayó en la cubierta. “Las aletas las movía todavía, pero no quisimos tocarlo por temor a que explotara”, recuerda Flores.
El fuego se extendió rápido y el extintor falló. La tripulación se lanzó al agua y alcanzó las lanchas. Hubo dos heridos por quemaduras, entre ellos un sobrino del capitán. Los tripulantes navegaron hasta un enorme buque azul con contenedores que estaba a pocas millas de distancia. Pidieron ayuda, según su testimonio, se encontraron con hombres vestidos con uniformes militares, que hablaban inglés y que los apuntaron con armas. Les cubrieron la cabeza y los esposaron por la espalda. Al día siguiente los entregaron a la Guardacostas de El Salvador, sin cargos. Días después, el 26 de marzo, otro barco, el Don Maca, con 20 tripulantes, que navegaba también cerca de las Galápagos, repitió un patrón similar.

Las desapariciones comenzaron a acumularse mientras el Gobierno de Daniel Noboa evitaba responder de forma detallada sobre lo ocurrido con las embarcaciones. Los pocos funcionarios que se han referido al asunto han insistido en que el Estado prioriza el combate contra el crimen organizado también en el mar con su aliado principal, Estados Unidos. Washington ha negado su participación en los ataques.
Pero una investigación publicada por The Washington Post el 13 de agosto ha dado un giro al misterio. El diario estadounidense sostiene que los ataques contra pesqueros ecuatorianos cerca de Galápagos habrían formado parte de un programa de “acción encubierta” de la CIA. Según una fuente con conocimiento de la operación citada por el diario, el programa estaría relacionado con los ataques con drones contra el Negra Francisca Duarte II y el Don Maca, así como con la desaparición del Fiorella y sus ocho tripulantes. La investigación también encontró indicios que vinculan a un avión que operaba desde El Salvador con los incidentes. La CIA no ha confirmado la operación y el Pentágono y la Guardia Costera estadounidense han negado su participación en los ataques.
El Gobierno ecuatoriano respondió en mayo al Comité contra la Desaparición Forzada de Naciones Unidas, que había solicitado explicaciones sobre la desaparición de los ocho pescadores del Fiorella y detalles sobre las acciones desplegadas para buscarlos. La respuesta, un documento de 15 páginas, recoge las actuaciones realizadas por el Ministerio de Defensa, el Ministerio del Interior y la Fiscalía para esclarecer lo sucedido con las tres embarcaciones. Según el informe, Defensa activó los protocolos del sistema SAR (siglas en inglés de búsqueda y rescate) y desplegó medios navales y aéreos, además de otras capacidades especializadas, para delimitar las zonas de búsqueda. La operación comenzó el 24 de enero, aunque el propietario del Fiorella había reportado la desaparición dos días antes.

La Fiscalía dedica menos de una página al caso. Señala que abrió una investigación por el delito de desaparición involuntaria y detalla varias solicitudes de información realizadas a instituciones del Estado, de las que no ha recibido respuesta. También reconoce las dificultades para investigar un delito ocurrido en alta mar. La institución explica que no cuenta con “el apoyo operativo directo de la Policía”, lo que limita su capacidad para realizar diligencias en el mar. Por ello, señala que la búsqueda recae principalmente en las Fuerzas Armadas y la Capitanía del Puerto, y admite que “hasta el momento no se había logrado una coordinación efectiva y sostenida” con esas instituciones.
Human Rights Watch entrevistó en mayo a la fiscal Alexandra Bravo, que estaba a cargo de la investigación. Según la organización, Bravo explicó que ni los fiscales ni la Dirección de Muertes Violentas de la Policía tenían competencia ni capacidad logística para realizar diligencias investigativas en el mar. La fiscal señaló que la Dirección Nacional de los Espacios Acuáticos, de la Armada ecuatoriana, era la entidad responsable de activar los protocolos de búsqueda y rescate. Su despacho había solicitado información a las autoridades pertinentes, incluida la Capitanía del Puerto de Manta, pero no había recibido respuesta oficial.
Un mes después, Alexandra Bravo fue asesinada por sicarios. La fiscal fue atacada el 14 de junio. Hasta ahora, las autoridades no han establecido públicamente el móvil del crimen.
Miedo de los pescadores de salir al mar
Jaramijó es una pequeña población costera de Manabí. Un enclave de pescadores construido sobre una montaña frente al mar, con casas de colores, algunas de ladrillo y cemento, otras de madera y techos de zinc. Aquí, la vida está ligada al océano. Los niños crecen viendo partir a sus padres. Los hombres aprenden desde jóvenes a leer el mar, lanzar las redes y reconocer los cambios del viento. Para muchas familias, pescar no es una profesión sino una herencia con la que se nace.
Pero ese oficio se ha vuelto cada vez más peligroso.
El crimen organizado ha convertido a los pescadores en piezas de sus rutas marítimas para transportar droga. Algunos son reclutados, otros son extorsionados y obligados a pagar “vacunas” para poder salir a faenar. La pobreza que todavía se respira en Jaramijó —casas precarias, falta de servicios básicos y pocas alternativas de empleo— es también una evidencia de la vulnerabilidad en la que viven estas comunidades. En un lugar donde el mar sigue siendo, para muchos, la única forma de subsistencia, la frontera entre ser pescador y convertirse en una pieza de las redes del narcotráfico puede estar marcada por la necesidad y la coacción.

Joel quería ser biólogo marino. Amaba el mar, pero no pudo cumplir su sueño de estudiar por falta de recursos. El 13 de enero dudó antes de embarcarse. Pero días antes, su bebé, de pocos meses, había enfermado y ante un sistema de salud público que no provee de atención ni de medicamentos, Joel tuvo que endeudarse para comprar la receta médica que necesitaba para curar a su hijo. “Debo ir”, le dijo a Maoli, a quien no le gustaba que sea pescador por todos los riesgos que implica el oficio. “Él siempre decía: ‘uno sabe cuándo sale, pero no cuándo regresa’”, recuerda.
Ahora los pescadores de Jaramijó tienen un miedo que antes no nombraban: salir al mar y no regresar. Ya no solo por los criminales, sino también por la incertidumbre sobre lo que puede ocurrir cuando se encuentran con quienes dicen combatirlos. En Jaramijó, las familias de los ocho pescadores del Fiorella siguen esperando. Algunas llevan meses mirando el teléfono. “Tengo la esperanza de que él va a regresar a casa. En mi corazón yo no siento que él esté muerto. Yo siento que él está vivo y está siendo fuerte para regresar y vernos de nuevo”. Esa es la esperanza a la que se aferra Maoli.



