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La diva argentina Moria Casán se celebra a sí misma en Netflix

Hay una esquina de Buenos Aires que, desde hace días, está copada por Moria Casán: la gigantografía de la diva del espectáculo argentino anuncia el estreno en Netflix de la serie que cuenta su vida. Atraviesa su escote una barra de hierro específicamente diseñada para que las personas que pasan por la acera puedan aferrarse; una invitación literal a probar lo que Moria acusa de hacer a quienes aspiran a elevar su popularidad rivalizando con ella: colgarse de sus tetas.

Su cumpleaños número 80, el domingo pasado, coincidió con el lanzamiento de su serie biográfica, que justamente comienza y termina con escenas de una fiesta de cumpleaños. De su fiesta de cumpleaños. Hay música fuerte, brillos enceguecedores, drag queens y un vestido metalizado que la caracteriza como lo que dice que es: una marciana. Son los 80 años de Moria y también de su mito, que ella ha convertido en una misma cosa. En su vida no hay detrás de escena: su mansión en las afueras de Buenos Aires es también el decorado televisivo desde el que atiende los móviles de los programas de chimentos y su historia sentimental (y sexual) es abierta y pública, casi tanto como la de su única hija, que fue tapa de la revista Gente con apenas horas de nacida.

Criada en José Ingenieros, un barrio del oeste del Gran Buenos Aires, por un padre militar apasionado de la música y una madre ama de casa con el sueño frustrado de ser actriz, Ana María Casanova practicaba danza en el garaje de su casa, pero estudiaba para ser abogada en la Universidad de Buenos Aires cuando un productor, en el ingreso a una obra de teatro, la vio y le ofreció un lugar en su espectáculo. Moria abandonó la carrera y debutó en el escenario, donde rápidamente destacó en el teatro de revistas por su presencia y su personalidad desbordante.

De ser una de las mujeres semidesnudas que orbitaba en torno al capocómico, pasó a convertirse ella misma en figura central. Siempre al mando absoluto de su propia narrativa, antes de estrenar su primer protagónico pidió el plazo de un mes para ajustar su creación: se agigantó las tetas y se modeló la cara. Asistió a los ensayos envuelta en gasas como una momia y ya después tuvo el rostro (y la delantera) que cualquier argentino podría reconocer entre miles.

De su inicio como vedette en el teatro de revistas, el recorrido artístico de Moria Casán se expandió a otros géneros —desde 1988 hizo alrededor de 4000 funciones de la comedia Brujas—, pero también al cine y la televisión, donde, entre otras cosas, interpretó a su recordado personaje Rita Turdero, entrevistó políticos en A la cama con Moria, medió en dramas sentimentales en Amor y Moria y fue jurado del concurso Bailando. Pródiga de energía y versatilidad, actualmente está en cartel en la calle Corrientes con la obra Cuestión de género y conduce en la televisión el programa La mañana con Moria.

“Tengo una crisis de identidad: soy demasiado yo”, dice Moria, con la i griega pronunciada con la máxima sonoridad posible de la sh, un acento porteño exagerado. La misma sh que usa en su célebre “si querés llorar, llorá”, expresión ya de uso corriente en el país sudamericano. Las frases de su autoría integran el acervo popular argentino tanto como sus interjecciones y sus sonidos. Por eso, en la estación de tren de Retiro, una de las principales terminales de Buenos Aires, hay un enorme cartel de promoción de la serie que los pasajeros saben exactamente con qué entonación leer aunque solo diga dos palabras: “Mi amooor”.

Desprejuiciada, sin nostalgia del pasado y —según sus dichos— siempre conectada con su yo del futuro, Moria se convirtió en un referente de la diversidad sexual sin pertenecer ella misma a ninguna minoría. La mostra tiene una conexión genuina con la comunidad LGBT, aunque la serie deja en claro que sus elecciones personales están lejos de escapar a la norma: hombres bellos, musculosos y jóvenes nadan en su piscina, toman su champán, duermen en su colchón.

La serie de Moria (dirigida por Javier Van de Couter y bautizada, naturalmente, con su nombre) es su relato oficial. Está narrado y sobrevolado por ella que, desde una maqueta de Buenos Aires, se inmiscuye en las escenas de las actrices que la representan en tres etapas de su vida: su hija Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth. Elige cómo recortar su vida y qué pilares hundir en la tierra para sostener su leyenda. Por ejemplo, esa escena en que decide no dejarse golpear más por su pareja, en vez de atormentarse por la vergüenza de la trompada que recibe en medio de una discoteca de los años 70, acorrala al agresor con un monólogo que le da origen a su lengua karateca. O esa otra en la que, apenas sacada su hija del útero, pide a los médicos que se la lleven para que la conozca más tarde, descansada y maquillada. ¿Habrá sucedido así? No importa.

Pero la serie también incluye, e incluso resalta, elementos de su vida que una biografía autorizada podría disimular: que usa peluca hasta para estar dentro de su casa, que consume cocaína, que fue abusada cuando era niña por su abuelo (algo que vivió con “una mezcla de asco y de placer”) y que lo único que ha logrado desestabilizarla fueron los problemas de su hija con las drogas. “Me enoja que no pueda”, dice Moria, que lo domina todo, empezando por su mente.

Parada en el centro del escenario en su fiesta de cumpleaños, la diva promete: “Soy Moria Casán, Obelisco con tetas, la República, la one. Sabrán de mí todo el tiempo, no tengan ninguna duda”. Asegura que no le tiene miedo al paso del tiempo ni complejo con su edad, pero sí le preocupa la vigencia. Se mantiene en movimiento para conservar la atención de su público (o debería decir, en su jerga, la devoción de sus adoraciones angeladas), sobre todo cuando tendrá que hacerlo al infinito. Transgresora de todos los límites posibles, Moria confía en que podrá también con la muerte, de la que augura que volverá como Jesús, solo que al cuarto día. Ella manejará sus tiempos.


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