La soberanía, una arriesgada y calculada apuesta de Sheinbaum
Que existe intervencionismo y una agenda política de parte de Washington en el manejo de visas y un manejo interesado de la justicia por parte de fiscalías y agencias estadounidenses no hay duda. Que una porción de la clase política sucumbió a la corrupción impulsada por los cárteles, incluyendo altos miembros de Morena, tampoco.
El problema con las intervenciones estadounidenses parte de su ambigüedad, una zona gris que extiende la incertidumbre y potencia el efecto político. Se pide la extradición de un gobernador en funciones del partido en el poder sin tomarse la molestia de entregar un expediente, con lo cual se consigue que el Gobierno “pierda o pierda”: o accede y se subordina a la justicia de su vecino, con toda la humillación y escándalo político que eso representaría para cualquier Estado; o se niega y alimenta la acusación de defender a miembros presuntamente corruptos de las altas esferas de Morena. Con el caso de las visas sucede otro tanto: filtrar o amenazar con filtrar la cancelación de visas de políticos, sin tener que ofrecer explicación de los motivos, pero con pleno conocimiento del impacto mediático que ello supone.
Podemos estar de acuerdo o no con algunas frases con las que Claudia Sheinbaum ha respondido a este dilema, pero en el fondo no podía ser otra. Entre los dos males, el peor habría sido el entreguismo frente a la andanada de acciones que parecen multiplicarse en muchos frentes: no solo la revisión del T-MEC, también las tarifas o vetos sanitarios puntuales sobre productos agrícolas e industriales, la revisión de la certificación aérea, la valoración de la seguridad bancaria que pone en jaque a las instituciones financieras, las limitaciones al tráfico fronterizo o al flujo de las remesas, la presión de las agencias de seguridad y un largo etcétera.
No es que en todos los puntos carezcan de argumentos las posiciones estadounidenses o que respondan a un plan perfectamente orquestado desde algún centro de operaciones. En mi opinión, y sin dudas los motivos están sujetos a interpretación, se trata de un clima hostil en Washington alimentado por la mezcla de varios factores: la derecha ideológica que encuentra irritante a un Gobierno de izquierda en sus fronteras; la molestia crónica de las agencias de seguridad impedidas de participar a sus anchas en el territorio nacional; el interés, por motivos electorales, de la Casa Blanca en mostrar músculo poniendo de rodillas al vecino y comprobar su vieja acusación de que los mexicanos y su Gobierno son corruptos; las visiones del Pentágono sobre la necesidad de controlar políticamente el espacio de seguridad nacional que representa su patio trasero.
En este clima de impulsos mutuamente reforzantes, las distintas agencias y departamentos del Gobierno de Trump y el entorno ecológico de MAGA explotan toda oportunidad de plantear exigencias, exhibir y explotar debilidades potenciales de México y su Gobierno. Cada presión coloca al país en condiciones más frágiles para negociar.
La estrategia de la presidenta ha sido la de aislar cada uno de estos fuegos e intentar que no se contaminen, justamente para que no sea acumulativo el impacto de estas presiones. Eso implica ignorar algunos, asumiendo que se apagan por sí mismos; otros, derivándolos a instancias administrativas para gestionar soluciones sin involucrarse públicamente. Lo más importante ha sido desvincular a Trump de estos embates, para mantener abierta una línea de comunicación desintoxicada de última instancia.
Sin embargo, Sheinbaum decidió afrontar directamente las exigencias de los departamentos de Estado y de Justicia en contra de miembros de su movimiento, definiéndolas como intervenciones inadmisibles en política interna. A estas alturas, es mi hipótesis, la presidenta preferiría que Estados Unidos entregara un expediente contundente sobre alguno de los gobernadores en la picota, que le permitiera actuar de manera ejemplar. Pero mientras no suceda, optó por exhibir públicamente su dilema y buscar la comprensión de la opinión pública apelando a la indignación que suele provocar el bullying del poderoso vecino.
Se trataría, insisto, de una valoración del menor de los males. Después de todo, buena parte de los mexicanos está molesta con el Gobierno de Trump y se trata de una línea que empata con la larga tradición nacionalista en nuestro país. En cierta manera, incluso, tendría una ventaja electoral, toda vez que deja en posición incómoda a la oposición y a la prensa crítica, que se montan en los argumentos estadounidenses para atacar al Gobierno. El caso de Alito, el presidente del PRI, quien pide la intervención abierta de Washington, sería la posición extrema. Haciendo una virtud de la necesidad, Sheinbaum ha intentado que la opinión pública extienda esta mirada al resto de la oposición.
A reserva de contar con encuestas más concluyentes, me parece que la batalla discursiva respecto a Estados Unidos modificará pocas cosas en el debate interno en México. Habrá sondeos que confirmen que muchos ciudadanos comparten la impresión de que existe corrupción entre miembros de las altas esferas del Gobierno y que las autoridades se niegan a investigar; y habrá otros, tanto o más contundentes, que mostrarán la indignación de la población por la hostilidad estadounidense en contra de México. Al final, las dos partes estarán predicando a sus conversos. Nada que represente una caída significativa en la popularidad de Sheinbaum, pero tampoco se trata de una situación deseable. Entre la franja de indecisos que se disputan las fuerzas políticas en nada beneficia la imagen partisana que le endilgan a la presidenta, obligada a no ceder a exigencias improcedentes de Washington.
Algo podría cambiar a partir de un triunfo de los demócratas en el Capitolio en noviembre. En ese sentido, Sheinbaum estaría ganando tiempo. Pero lo que en verdad podría aclarar el panorama es un golpe de timón: llevar a tribunales a un miembro de las altas esferas de Morena, ajeno a las peticiones de Estados Unidos. Dejaría de estar a la defensiva optando por el mal menor y tomaría la iniciativa de manera decisiva. Algo me dice que, de proponérselo, casos no habrían de faltar.


