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Antes y después de Juan Tamariz


Cuando era joven me obsesionaban las cosas imposibles. Entonces conocí a Juan Tamariz. Hoy el asombro está de luto. En las artes escénicas, Juan Tamariz es una figura tan relevante e inolvidable como sus admirados Charlot, Groucho o su menos admirado Harry Houdini, con el que las tenía tiesas. En el mundo de la magia, es considerado internacionalmente como uno de los magos más innovadores e influyentes de los últimos cincuenta años.

Sin embargo, a finales de los años sesenta, tal vez fue la única persona a la que se le pasó por la cabeza hacerse mago profesional en España. Si hoy son muchos los ilusionistas profesionales de un gran nivel y la magia española es considerada una de las mejores del mundo, es, en gran parte, gracias a él.

Porque la rígida preservación del secreto impedía la circulación de los conocimientos entre los practicantes. La gran idea de Juan fue congregar a un escogido grupo de profesionales y aficionados de distintas latitudes, que se desembarazaron del pudor del secreto e intercambiaron sus ideas y experiencias. La magia ilusionista carecía de consideración artística. Juan encabezó una reflexión teórica sobre los componentes artísticos del ilusionismo y su relación con otras artes.

Tampoco había lugares donde ejecutar magia profesionalmente. Fomentó una red de locales adaptados a la magia de cerca, como La Mandrágora, en que se alternaban sus actuaciones con las del trío Krahe, Pérez y Sabina. Y no había público. Por entonces, muchas personas no habían asistido jamás a un espectáculo de magia. Sus intervenciones en televisión, en las que colaboré, le permitieron crear un público casi desde cero. El televidente necesitaba alguien con quien identificarse, un intermediario que viviera por él la experiencia de lo imposible. Y él encontró la manera. Desde entonces, la pasión por la magia de Juan Tamariz se ha transmitido como un tesoro de padres a hijos durante generaciones.

Su magia era contundente. Reíamos. Naturalmente, no teníamos ni idea de cómo lo había hecho y nuestra mente racional advertía: lo que has visto no puede suceder. Pero sucedía. Entre bromas, desafiaba las leyes usuales y nuestra capacidad de interpretarlas.

A través de lo imposible nos hizo descubrir que siempre es posible un nuevo prodigio.


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