Mi verano en el asfalto: ¿qué hace que cada año más gente quiera pasar agosto en la ciudad?
A Sandra Ortiz, administrativa de 32 años, se le ocurren múltiples razones por las que vale la pena pasar todo el mes de agosto en Madrid, como ella está haciendo. La principal, en su opinión, son las noches de la verbena de La Paloma, con sus churros, sus conciertos (este año, Celtas Cortos, Miss Caffeina y The Refrescos, entre muchos otros), sus gallinejas y entresijos o sus concursos de pasodobles y chotis en la plaza de la Paja. Pero también destaca las zarzuelas de la plaza Arturo Barea durante las fiestas de San Lorenzo, las excursiones diurnas para darse un chapuzón en las pozas de Las Presillas o en la playa del pantano de San Juan, el cine al aire libre en el parque del Tercer Depósito (aprovechará, si se acuerda, para ver “la última comedia de Gómez Pereira”), los conciertos de música clásica bajo los árboles centenarios del Olivar de Castillejos, los últimos días que permanecerá abierto el circuito de karting del Palacio de Hielo o los paseos a media tarde por un parque del Retiro bastante menos concurrido que de costumbre.
Y eso por no hablar de posibilidades inéditas el resto del año, como la de aparcar cerca de casa en el barrio de Arganzuela o encontrar mesa sin necesidad de reserva en alguno de los restaurantes más populares del centro de la ciudad.
Para Ortiz, quedarse en Madrid cuando el grueso de sus residentes habituales opta por abandonarla es “estar de guardia”. Se siente como la protagonista de La virgen de agosto (Jonás Trueba, 2019), aquella película en la que Itsaso Arana se convertía en asidua de las verbenas populares y daba largos paseos solitarios para descubrir, por ejemplo, la belleza del viaducto de Bailén al amanecer.
El año del eclipse
Sandra ha trabajado hasta mediados de mes y luego dedicará el par de semanas de asueto forzoso (su empresa cierra, aunque ella preferiría reservarse todas las vacaciones para más adelante) al ocio urbano, como viene haciendo desde hace cuatro años. Tiene intención de “dejar que los planes fluyan”, pero con una fecha en el calendario: el 12 de agosto fue a ver el eclipse de Sol a casa de una amiga, en San Agustín del Guadalix.

El resto del tiempo, se propone disfrutar de una ciudad “menos congestionada y más amable”, con una oferta de ocio estival que no deja de crecer y diversificarse. Aunque asume que el peaje a pagar son temperaturas que siguen rondando los 40 grados.
Pese a todo, el mito del Madrid vacío, la ciudad que todo el mundo abandona a su suerte en plena canícula, para que la disfruten un puñado de irreductibles como Sandra Ortiz, hace ya unos cuantos años que dejó de ser completamente cierto. Según datos que manejan las principales operadoras turísticas, el porcentaje de españoles que hace este año sus vacaciones en agosto va a quedarse en un moderado 36%, frente al 33% que lo hizo en julio y el 17% que ha optado por septiembre.
Eso supone un descenso de seis puntos porcentuales en apenas cuatro años, comparado con el 42% que hizo su agosto en 2022, aunque también podría argumentarse que el declive de agosto se debe en gran medida al auge de su vecino julio: siete de cada diez españoles siguen yéndose de vacaciones en temporada alta (muchas empresas piden o directamente exigen a sus empleados que se tomen las vacaciones en esta época). En cualquier caso, estamos ya muy lejos de la década de 1970, cuando el octavo mes del año era casi la única ventana de oportunidad en que podía disfrutarse de un descanso remunerado y ciudades como Madrid o Barcelona cerraban por vacaciones.

Por géneros, los más proclives a escapar de las áreas metropolitanas en agosto son los hombres (37% por el 34% de las mujeres) y el grupo de edad que más reparte sus vacaciones es el de los mayores de 65 años, mientras los menores de 34 apuestan más que nada por el descanso en plena canícula.
El caso es que Madrid se queda este año un poco menos vacía que los anteriores. También por el previsible récord de turistas internacionales que va a recibir la ciudad. El año pasado ya fueron cerca de 688.000, un 7,6% más que en 2024, lo que supuso una ocupación hotelera cercana al 80% en un periodo que hasta hace no mucho se consideraba temporada baja para el turismo urbano en la capital. Pero británicos, franceses y alemanes ya no ven Madrid como un simple lugar de paso camino de las playas del Mediterráneo o el Cantábrico. Ellos también quieren bailar un chotis, comer gallinejas o pasear por el viaducto de Bailén al amanecer. El turismo en Madrid no entiende ya de temporadas bajas.
La ciudad de los prodigios
Algo similar ocurre en Barcelona. La ciudad que recibe más de 16 millones de turistas anuales había llegado hace tiempo a un pacto tácito: los barceloneses la abandonaban en agosto para dejarla en manos de la legión extranjera. El centro y la fachada marítima alcanzaban niveles de concentración delirante mientras los barrios residenciales se quedaban vacíos. Eso ya no ocurre, o más bien ocurre ahora en mucha menor medida.

Noa y Andreu, de 27 y 33 años, son una pareja residente en el Eixample que se ha acostumbrado a irse de vacaciones en octubre, cuando destinos como Croacia, Turquía o las islas griegas dejan de parecer “campos de concentración para turistas a orillas del mar”. Irse a tender la toalla a una playa lejana cuando todo el mundo ya ha vuelto implica, por supuesto, pasar los meses de julio y agosto en la ciudad. Noa teletrabaja y Andreu acude a diario a un estudio de arquitectura de la periferia. Ambos acaban su jornada estival alrededor de las tres de la tarde y se atrincheran en su piso, con aire acondicionado, hasta la hora en que el calor (no la humedad, insufrible, como es de rigor en los veranos barceloneses) da algo de tregua.
A partir de ahí, se abren alternativas de ocio como las noches en vivo del Poble Espanyol, con hasta 27 actuaciones en directo hasta el 31 de agosto, se puede ver una película al aire libre en la playa o en el foso del castillo de Montjuïc, se puede cenar en el Born o (el plan más popular entre los barceloneses) darse un baño de multitudes en las fiestas de Gràcia (del 15 al 21 de agosto) y en las de Sants (justo a continuación, del 22 al 30).

Noa, que creció en el entorno de la plaça del Nord, nos cuenta que las fiestas de Gràcia siguen recordándole su infancia y pareciéndole “el principio de un suave aterrizaje que lleva de vuelta a la rutina tras los meses de verano”. Lo que ya hace tiempo que dejaron de ser es la fiesta mayor del barrio, en gran medida porque, en su opinión, han “muerto de éxito, los vecinos las asocian cada vez más con ruido, suciedad, aglomeraciones y problemas de convivencia”. De ahí que hasta seis de las calles que van a participar del festejo este año hayan recibido peticiones para que limiten su actividad nocturna, incluida la célebre placeta de Sant Miquel.
Los más de tres millones de visitantes que recibe esta peculiar verbena barcelonesa resultan demasiado para un barrio de calles estrechas con alrededor de 50.000 habitantes y una densidad, en algunos puntos, superior a las 600 personas por hectárea. Pese a todo, con sus cerca de 900 actividades previstas, 23 calles decoradas artesanalmente por los que viven en ellas y la asombrosa vitalidad de entornos como las plazas de Sol, Virreina y Diamant, las fiestas de Gràcia son el principal aliciente lúdico para muchos de los que se quedan en Barcelona la tercera semana de agosto.

