El delicado equilibrio financiero mundial
Hace unos días fuimos testigos de una inusual operación en los mercados financieros internacionales: el Gobierno de Estados Unidos, en forma coordinada con el de Japón, intervino en los mercados para tratar de estabilizar y evitar una mayor depreciación del yen, la moneda japonesa. La peculiaridad de esta intervención radicó en que, para lograr su propósito, Estados Unidos no vendió dólares para comprar yenes, como hubiera sido natural, sino que vendió euros para comprar yenes. Las autoridades económicas de la Zona Euro, que no estaban al tanto de la operación, se manifestaron sorprendidas por lo ocurrido.
La complejidad de la operación revela que la estabilidad financiera mundial está en juego. Aquí hay varios temas involucrados que es necesario tener presente para entender mejor lo ocurrido. Por un lado, está el tema de la compleja situación económica de Japón; por el otro, está el asunto de la relativa fragilidad financiera de Estados Unidos, que lo llevó a intervenir de una manera sui generis para evitar mayores costos financieros domésticos. Veamos cada uno de estos temas por separado.
Por el lado de Japón, el problema es en parte estructural y en parte coyuntural. Japón carga con una enorme deuda pública desde hace varios años (más de 200% de su Producto Interno Bruto), además de que enfrenta severos problemas demográficos y productivos asociados al envejecimiento de su población. Este país, que cuenta también con un volumen importante de ahorro interno, se acostumbró a vivir por años con una tasa de interés prácticamente nula (incluso fue negativa durante algún tiempo). Ahora, sin embargo, está enfrentando presiones inflacionarias importantes provenientes del entorno económico internacional. A Japón, en particular, le impacta en forma directa el aumento del precio de los energéticos, debido a su elevada dependencia externa de estos productos. Estas presiones inflacionarias solo podrán ser contenidas si Japón eleva su tasa de interés doméstica.
La situación estructural de Japón, combinada con tasas de interés muy elevadas en Estados Unidos, ha provocado un gran diferencial en las tasas de interés entre ambos países, lo que a su vez ha provocado una depreciación continua del yen. De hecho, la moneda japonesa se ha depreciado continuamente desde 2020, ya que ha pasado de una paridad de 110 yenes por dólar en 2020 a cerca de 164 a fines de julio de 2026, es decir, una depreciación acumulada en lo que va de la década de más del 30%. Esta depreciación, junto con la volatilidad reciente de los precios de los energéticos, ha presionado a la inflación doméstica en Japón. La respuesta natural sería subir la tasa de interés, lo que de hecho ha ocurrido paulatinamente en los últimos meses, pero a un ritmo demasiado lento. En este momento la tasa de interés objetivo del Banco de Japón es de apenas 1%. A fines de julio, el banco central japonés tomó la decisión de mantener constante su tasa de interés, lo que volvió a presionar la paridad cambiaria.
Ahora bien, Japón podría intentar estabilizar por sí mismo su moneda. Sin embargo, para ello tendría que deshacerse de una parte de sus activos en dólares para poder comprar su propia moneda. Debe recordarse que Japón es el principal tenedor de Bonos del Tesoro de Estados Unidos en el mundo, por lo que perfectamente podría vender algunos de estos bonos y usar esos dólares para fortalecer a su propia moneda. Esto implicaría ofrecer esos bonos en el mercado, lo que implicaría una baja en el precio de estos, por consecuencia, un aumento en las tasas de interés que debería pagar el Tesoro de los Estados Unidos. Y aquí es en donde entra el tema de la propia fragilidad financiera de Estados Unidos. ¿Por qué Estados Unidos no querría esto? Porque ello implicaría un alza en sus propias tasas de interés, sobre todo de largo plazo, lo que aumentaría el costo fiscal de su deuda. Esta es justo la misma razón por la que Estados Unidos prefirió apoyar al yen japonés vendiendo euros y no dólares. De esta forma evita presionar el mercado de sus propios bonos del Tesoro y un posible aumento en sus costos financieros.
En resumen, las enormes deudas públicas de Japón y Estados Unidos están en el corazón de estas complejas decisiones financieras internacionales. Es muy probable que, en el corto plazo, el banco central de Japón deberá ceder y tendrá que aumentar las tasas de interés domésticas, de otra manera las presiones sobre el yen continuarán. Esto deberá ocurrir tan pronto como en septiembre de este año. Por otro lado, en el mediano y largo plazo, es posible que debamos rediseñar la arquitectura financiera internacional y reducir la dependencia global del dólar. El equilibrio actual es sumamente frágil e inestable al depender crucialmente de la moneda de una economía tan endeudada como la estadunidense.


