Política

Calma en las calles pero un runrún en las cabezas: Melilla teme un aluvión como el de Ceuta

“Este viernes he dejado de trabajar al mediodía, pero ahora en Melilla uno nunca sabe si le espera algo después de salir del trabajo”. Juan José Muñoz es guardia civil, lleva 30 de sus 59 años en la ciudad autónoma. Ese “algo” puede ser que cuajen mensajes en redes como los que alentaron a 80.000 personas a cruzar la frontera de Ceuta los pasados 30 y 31 de julio, y que este 15 de agosto se concrete en una entrada ya irrefrenable. Las cifras de récord ceutíes taparon que en Melilla también hubo una avalancha. En Melilla llevaron a 1.323 personas a intentar entrar desde Marruecos, de las que solo unas 260 permanecen en la ciudad.

Puede que este sábado, como hace 15 días, los compañeros guardias civiles de Juan José y los policías tengan que salir de sus casas de madrugada, muchos voluntariamente, para intentar frenar la que se les venga encima. La víspera del 15-A pilla a Melilla casi sin un alma en las calles, abrasada por un sol pegajoso que baña las fachadas modernistas, y a los melillenses —a los de siempre y a los recién llegados— ocupando cada cual un espacio cercano pero bien distinto de un territorio de 18,5 kilómetros cuadrados.

En las cabezas de los melillenses de siempre suena el mismo runrún: si ha pasado en Ceuta, puede pasar aquí. “Temor”, “preocupación”, “me reconcome la idea”. responden por la calle. “He oído que hay violaciones en Ceuta”, comenta Mariam, 18 años. Ni uno solo de la veintena de ciudadanos entrevistados asegura haber asistido a un acto de violencia de los menores (la Delegación del Gobierno los cifra en unos 140), ni de los inmigrantes adultos (unos 120) desde el día 30, pero muchos evitan los lugares de la ciudad donde se concentran. De grupos organizados de escuadristas para perseguir a los migrantes como los que han surgido en Ceuta, en Melilla ni se habla. De las redes de solidaridad espontánea para atender a los niños y adolescentes, tampoco.

“Muerta del susto” se quedó Lola, camarera de hotel, que estaba en la playa más próxima a Marruecos cuando empezaba a correr la fresca, la tarde-noche del 30 de julio, y de golpe vio llenarse de furgones policiales el Dique Sur, una recta perfecta que parte en dos una misma bahía y a la que hace unos días le ha salido una extensión: una boya más corta que la de Ceuta, para marcar una frontera cada vez más problemática.

Tampoco es que tuvieran mucha información de la avalancha los agentes, aseguran desde la Asociación Española de Guardias Civiles, a la que pertenece Juan José Muñoz. Policía y Guardia Civil han reforzado sus unidades antidisturbios, comentan desde la asociación del instituto armado y del sindicato SUP. Más de 400 efectivos al día y nuevos refuerzos policiales participaron en el operativo desplegado durante el fin de semana posterior. Ha llegado el patrullero Río Segura, del instituto armado, al Puerto. Y de Málaga un helicóptero AS365 Dauphin que permite volar día y noche la frontera. “Aquí tenemos drones, pero un helicóptero es más disuasorio”, comenta una fuente policial. Los medios técnicos para detectar movimientos sospechosos al otro lado de la frontera son mejorables pero suficientes, sostienen los agentes consultados,

Lo que más siguen echando en falta sobre todo desde el susto del 30 de julio, con agentes heridos leves, es un protocolo para saber qué hacer ante un aluvión, cómo coordinarse con otras fuerzas. “Como con el Ejército”, sostienen desde la AEGC.

El aluvión de Melilla del 30 de julio se centró al principio alrededor del principal paso fronterizo, Beni Enzar, que las autoridades españolas cerraron ante la intentona, pero al encontrarse con el paso clausurado y el despliegue policial, los grupos de migrantes se dispersaron por distintos puntos de los aproximadamente diez kilómetros de perímetro. Una estampida. Una parte se desplazó hacia el Dique Sur, a muy poca distancia de Beni Enzar, donde la frontera terrestre acaba en el Mediterráneo. Allí se sucedieron los intentos de alcanzar Melilla por mar a brazo limpio. Otros grupos buscaron puntos más al interior de la frontera, pasando hasta Barrio Chino, escenario de la tragedia migratoria de junio de 2022, que se saldó con decenas de personas muertas por aplastamiento contra la valla.

Este viernes la escena no es, claro, así de dramática. A un lado, la playa llena, como toca en agosto; al otro, el puerto de Nador, con sus grúas y una montaña enorme de carbón que más de un migrante tuvo que saltar para echarse al agua el día 30. Una prueba de triatlón no homologada.

Uno de esos deportistas involuntarios es Sifdin Bourkiba, de Casablanca y “17 años y medio”, dice en darija a un compañero de salto que le traduce al castellano. Cuenta que pasó aproximadamente un año y medio viviendo como un niño de la calle en Beni Enzar, la ciudad marroquí que ha crecido tanto hacia España que hay balcones tapados por las alambradas y los espinos. Sifdin dormía al raso. Comía lo que le daban, mendigando. “Una, una vez al día”, recalca. Tiene una aparente pequeña ambición. Entrar en La Gota de Leche, el nombre popular de uno de los centros de acogida de la ciudad. Que si hay cursillos. Que si los chavales reciben mejor trato. “No puedes ir allí”, le explica Maite Echarte, presidenta de la ONG Mec de la Rue, que le acaba de regalar una camiseta y unos pantalones de deporte. Es demasiado mayor ya, ahí no lo admiten. Dice que en el centro de menores que le corresponde, La Purísima, unos guardias le han zurrado. Cuando Maite le repite cinco veces que “sííí”, que a los 17 años y medio ya es en realidad demasiado mayor, él se pone la mano horizontal sobre el pecho, como si pudiera reducir hasta ahí su estatura. Al final, con un último “allí no”, tira la mirada al suelo, muy desanimado, y se refugia en su amigo-protector, Rachid, de 26 años, que pregunta impávido dónde ir a cortarse el pelo.

La Purísima está tan lejos de la ciudad como permite el perímetro de la ciudad autónoma. Cerca del cementerio musulmán, en un promontorio desde el que la valla ondea entre los dos países entre casas rojas y ocres. Fue un fortín militar. Ahora es la casa provisional de unos 250 menores migrantes no acompañados. Quizá casa sea decir mucho. La capacidad es de unas 100 plazas, lamenta Abdurajim. Mohamed, auxiliar educativo y representante sindical de la CGT. El aluvión de julio los pilló “totalmente por sorpresa”. Desde aquello el centro ha más que duplicado el número de menores hospedados. Las raciones de comida, suficientes pero “muy justas”, comenta una enfermera del centro. Tienen dos auxiliares por cada grupo de 40 niños y adolescentes. No basta. Duermen hacinados. Ha habido chavales de 11 años cohabitando con otros de 17, y eso entraña riesgos en un lugar donde no son infrecuentes las peleas. “Hace dos días un chaval de 17 años apuñaló con un cuchillo a otro de 16”, dice el auxiliar educativo. Un contrato para renovar las instalaciones, que los trabajadores consideran casi cochambrosas, quedó hace poco desierto. La presidenta de Mec de la Rue alerta a este diario de que los menores que llegan a Ceuta corren el riesgo de caer en manos de los traficantes de droga. Este periódico ha intentado recabar la versión del Gobierno autónomo, responsable del centro, sin éxito.

Moha y Yalel, de 17 años, llevan más de dos años en el centro. Salen de La Purísima con el sudor chorreándoles por la nuca, en busca de un refresco allí abajo, donde viven los viejos melillenses. Los 17 años los dicen con los dedos. Apenas consiguen decir en español siquiera su edad.

Tampoco habla el idioma Mohamed, de 18 años. Pero es que lleva en España solo los 15 días que han transcurrido desde el 30 de julio. Es rifeño, de Beni Enzar mismo, la ciudad al otro lado del espejo. Apocado, luce una camiseta ceñida y va peinado impecable. En cherja, el dialecto de esa zona colindante con España, Mohamed asegura que “los marroquíes no quieren a los rifeños”. (Un estruendo de cláxones atraviesa justo en ese momento la plaza de las Cuatro Culturas. Una sucesión de coches resuena las bocinas. Uno exhibe una bandera de Marruecos, otro, abandera una amazigh, del Rif).

Dice Mohamed que ha pedido asilo. Lamenta la presidenta de Mec de la Rue que no se lo darán. La madre de Mohamed tuvo una cafetería, que tuvo que cerrar. Según explica un veterano fotógrafo de la ciudad que asiste a la escena, las diferencias entre los chavales que cruzan a veces son enormes y proceden de ambientes socioeconómicos bien distintos. Este viernes comparten banco dos migrantes que en Melilla muchos meten en un mismo saco: Mohamed, casi clase media en algún momento de su vida, y Sifdin Bourkiba, el niño de la calle que grita sin venir a cuento “¡Pedro Sánchez!”.

Bibiana, profesora en la cuarentena, no parece reaccionar con entusiasmo a ese nombre. “¿La solución a que vengan? Que cambie ya el Gobierno”. Ha ido a pasar el día con su marido y dos hijos a una playa rocosa cercana a la desaladora de la ciudad. Un poco más allá está el Dique Norte, los cortados de Aguadú, el barranco del Quemadero, donde la tierra cae tan en picado sobre el mar que la valla parece desplomarse sobre aguas turquesas. Que no haya engaño. Esas mismas aguas al norte de Melilla se mueven a menudo a merced de corrientes que en lugar de a la ciudad prometida llevan a la muerte. Las cruzó —“¡siete, siete horas a nado!”— Kamel, un migrante insistente: entró en España hace dos décadas, se fue a Inglaterra, lo deportaron a Marruecos. El día 30 volvió a las andadas a brazada limpia. Y a sus 36 años sonríe en tierra firme.

Cerca de la plaza de España, una joven opositora musulmana que no quiere dar su nombre dice que “ha venido de todo”. “¿Cómo podemos saber quién es peligroso y quién no?”. Le más da tranquilidad si los migrantes vienen “en familia”. En la suya hay el caso de un primo de su madre, pero llegó solo: “Lo intentó 17 veces. Nos decía que se pinchaba algo en las piernas para que no se le entumecieran al nadar”. A la decimoséptima, entró.

Ibrahim, el hijo de Fatima, lo ha intentado tres veces. “Me dijo que la última se dejó caer entre tres hojas de concertina de la valla de Marruecos, sin cortarse”. Habla la madre, 46 años, que vive desde hace décadas en Melilla y acaba de preparar una exquisita tapa de carne en salsa. Es cocinera en un bar y a eso quiere dedicarse Ibrahim, que estrena mayoría de edad este año. Pero ella tiene permiso para trabajar en España y él vive en Farhana, una ciudad que casi se puede tocar con la mano al otro lado de la valla. En Marruecos un cocinero cobra el equivalente a 250 euros al mes. En Melilla, 1.300. “Dejamos que entren los que vienen de lejos y no dejamos que entren los de los pueblos de al lado”, comenta triste pero con gesto amable.

Está reventado. En el Pueblo, como los melillense llaman a Melilla la Vieja, Yúsef descansa un momento entre instalación e instalación de aire acondicionado. Cuando se le pregunta si se ha fijado en que en la zona más antigua de la Ciudad Blanca hay cada vez más menores migrantes, se pitorrea del periodista: “Trabajo de nueve de la mañana a once de la noche, echando horas extras. ¿Tú crees que si tuviera tiempo de fijarme en los moros no sería para decirles que se vengan a trabajar conmigo?”.

José Oña lleva desde niño mirando con curiosidad a Melilla y desde hace menos tiempo, pero muchos años ya, explicándosela a los demás. Es guía turístico y periodista, y mientras recorre en su coche toda la valla cuenta que hay una transformación menos visible que la de las viejas concertinas en ‘peines’ escurridizos para evitar el salto. A un paso, tras la serpiente gigante de la frontera reptando por medio, Farhana, Barrio Chino, Beni Enzar. “Marruecos ha ido comiéndose la zona neutral”, cuenta. A fuerza de eso, la frontera física se ha achicado, mientras que otra se ha ido ensanchando: la psicológica. En el paso fronterizo, a veces hay que esperar horas para que sellen el pasaporte y dejen pasar el coche, cuando hace años bastaba el DNI para cruzar a un Marruecos que él conoce al dedillo, pero adonde ahora le da “pereza” ir. En Melilla no ve peligro a la vista, pero Oña aclara que los locales se enteran de que hay jaleo cuando ya está encima. Una asturiana que tiene previsto viajar a la ciudad como turista le ha preguntado si es seguro hacerlo después de ver la avalancha en Ceuta. Esta es la breve respuesta del guía a la viajera preocupada: “Vente”. Y el mismo mensaje le valdría para alguien más, Felipe VI. “El Rey tiene que venir a Melilla”.


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