“Tengo miedo, pero no traigo ni un centavo”: meses de redadas del ICE llevan a los jornaleros al límite
Erwin estuvo a punto de salir corriendo del estacionamiento de una tienda Home Depot de Los Ángeles. Frente a él se detuvo un vehículo con vidrios polarizados y un hombre con chaleco táctico negro le preguntó: “¿Estás buscando trabajo?”. Era un guardia privado, pero el susto ya estaba dado. “Pensé que eran del ICE”, dice con voz nerviosa, aludiendo a los temidos agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. Esa mañana, el guatemalteco permaneció en constante alerta ante cada vehículo que entraba a ese establecimiento, que se ha convertido en uno de los principales blancos de las redadas migratorias en la ciudad.
A pesar del riesgo, los jornaleros, como les dicen a los trabajadores que buscan empleo por día principalmente en la construcción, siguen acudiendo a ofrecer sus servicios a esta sucursal, ubicada a unas cuadras de los rascacielos del centro de Los Ángeles. Muchos son indocumentados que llevan pocos años en Estados Unidos. Se colocan en los accesos de la tienda y se acercan a las camionetas pick-up cargadas de materiales, con la esperanza de conseguir un trabajo temporal y ganarse unos dólares. Esa práctica, arraigada desde hace años, los vuelve particularmente vulnerables ante los operativos del Gobierno federal.
“Tengo miedo, pero no traigo ni un centavo para comer. Por eso me estoy arriesgando, no me queda de otra”, lamenta Erwin, de 31 años y originario de San Marcos, un departamento del occidente de Guatemala, cerca de la frontera con México. “He pedido empleo en varias compañías y todas me pidieron permiso de trabajo, que no tengo”, agrega.
Desde que lo despidieron de una recicladora tras descubrir que es indocumentado, la estrategia de este migrante había sido llamar a todos sus conocidos para preguntarles si necesitaban ayuda en algún trabajo. Le funcionó durante un tiempo, pero desde hace varios días no genera ingresos. Acudir a esta tienda Home Depot es su último recurso. “No sabemos en qué momento pueden llegar los del ICE. Andan en carros particulares”, dice. “Estar aquí es un riesgo”.
Más de 500 jornaleros detenidos
Las redadas masivas en esta ciudad parecen tener a los jornaleros como uno de sus principales objetivos de captura. Hay decenas de vídeos en las redes sociales de agentes del ICE y de la Patrulla Fronteriza persiguiendo a migrantes en los alrededores y dentro de las tiendas Home Depot. Incluso montaron un operativo llamado con sarcasmo Caballo de Troya, en el que oficiales se ocultaron en un camión de mudanza para entrar hasta el corazón de una sucursal de Hollywood. Su objetivo era salir de la caja estando lo más cerca posible de estos migrantes y reducir la distancia en la cacería a pie. Más de 500 jornaleros en Los Ángeles han sido atrapados en esas operaciones desde principios de 2025, estima la Red Nacional de Jornaleros (NDLON), la cual no tiene un registro de cuántos de ellos han sido deportados a sus países o lograron salir de las cárceles del ICE.
“Los agentes llegaban en grandes números; hacían un mapeo del lugar; bloqueaban las entradas y salidas para que, si alguien corría en una dirección, ya hubiera agentes esperándolo. Eso ya no lo hemos visto tanto, aunque no significa que no vayan a regresar”, dice Pablo Alvarado, dirigente de NDLON, en una entrevista con EL PAÍS.
El activista advierte que ahora muchos jornaleros son detenidos en lugares donde se construyen o reparan viviendas, así como en paradas de tránsito donde, a su juicio, continúa el perfilamiento racial. “Ven al conductor y la camioneta llena de material de construcción o herramientas de jardinería. Eso es todo lo que necesitan para detenerlo”, señala Alvarado. “Están cambiando sus tácticas”.

Los propios jornaleros también han modificado la manera en que buscan trabajo. Recurren a sus redes de conocidos y acuerdan con los contratistas un lugar de encuentro para ser recogidos. Por eso, explica Alvarado, hay menos trabajadores en las tiendas Home Depot. “No han desaparecido ni se han ‘autodeportado’; están buscando otra forma de sobrevivir”, sostiene. “Pero cuando la situación económica los aprieta regresan a las esquinas, a las Home Depot. Siguen buscando cómo ganarse la vida. ¿Qué otra opción tienen? Asumen ese riesgo”.
Benjamin Wood, quien pasó de ser activista en una organización de jornaleros en Pomona a abogado defensor de estos migrantes, coincide en que los operativos del ICE se han alejado de las Home Depot, pero sostiene que estos trabajadores siguen estando en su mirilla. Uno de sus clientes fue detenido en el que describe como un “ operativo militar” en una sucursal de San Bernardino, mientras que otro fue puesto bajo custodia en el interior de una cafetería. “Llegaron agentes del ICE a la tienda de donas; él estaba tomando café. Empezaron a interrogar a las personas que estaban ahí”, relata Wood.
Quienes recuperan su libertad tras pasar por centros de detención migratoria suelen regresar a su rutina y, en algunos casos, caen en otro operativo. “Ha habido casos de personas que son liberadas, regresan a la esquina para buscar empleo y los agentes del ICE vuelven a detenerlas”, cuenta el abogado.
Los boicots a Home Depot
Las manos callosas de Juan delatan sus años en la albañilería. Cada mañana se coloca estratégicamente en la esquina de las calles Wilshire y Union, donde puede ser visto con facilidad por contratistas que buscan un ayudante. Pero ese mismo punto le permite identificar cualquier vehículo que despierte sospechas de pertenecer al ICE. “Todo el día ando trucha”, dice, usando un modismo coloquial mexicano que significa mantenerse alerta. “Aquí el que se duerme acaba deportado”, añade.
Juan, quien pidió que no se publicara su verdadero nombre, lleva siete años trabajando de manera independiente y afirma lo que muchos de sus compañeros repiten: los últimos dos han sido un infierno. “Hay noches que no duermo de preocupación. Sueño que me corretean los del ICE, que nadie me da trabajo, que me voy por mi cuenta a México y allá me va mal”.
Pero este hombre evita responsabilizar a la cadena Home Depot, señalada por algunos activistas de permanecer en silencio, incluso de cooperar en los operativos migratorios ocurridos en sus instalaciones. “¿Qué puede hacer la tienda? Esta gente no pide permiso: entran y se llevan a todos”, reflexiona Juan. Entre los jornaleros hay opiniones divididas sobre los llamados a boicotear a la empresa para presionar por cambios. Algunos, como Juan, rechazan afectar el sitio donde todavía encuentran una oportunidad para ganarse el sustento.

Home Depot, en efecto, ha estado bajo presión desde que se intensificaron las redadas. Varias campañas han surgido para respaldar a los jornaleros. Una de ellas, llamada “Adopta una esquina”, invitaba a voluntarios a acudir con sus teléfonos celulares a los lugares donde se congregan para documentar posibles operativos y brindar acompañamiento. Más de 200 personas respondieron al llamado. Otra iniciativa ha pedido a los clientes dejar de comprar en la cadena. “Al mismo tiempo que ha habido una persecución sistemática contra los jornaleros como nunca habíamos visto, también ha habido mucha solidaridad”, afirma Alvarado, dirigente de NDLON.
Otra de las acciones ocurrió en una tienda de Monrovia a finales de 2025. Varios activistas acudieron a comprar un raspador de hielo que costaba 17 centavos y luego lo devolvieron. Eligieron ese producto por el juego de palabras con el ICE, que en español significa hielo. A la protesta la llamaron ICE scraper protest (Protesta de los raspadores de hielo). Esto provocó que las filas de pago y atención al cliente colapsaran durante casi una hora. Para afectar aún más las operaciones del establecimiento, los manifestantes recorrieron los pasillos. A la gerencia no le quedó de otra que cerrar la tienda, algo que los activistas interpretaron como una muestra de que el corporativo sí puede tomar medidas similares cuando llegan agentes federales.
Lejos de cerrarles las puertas a los agentes de ICE, Home Depot se las cerró a los jornaleros y los expulsó de sus instalaciones, con el argumento de que aplica una vieja norma que prohíbe ofrecer servicios en sus predios sin autorización. La empresa afirma que no puede hacer nada para evitar las redadas. “No se nos notifica cuándo se llevarán a cabo actividades de control migratorio, ni participamos en dichas operaciones. No coordinamos acciones con el ICE ni con la Patrulla Fronteriza”, señala en un comunicado enviado a EL PAÍS.
La compañía considera que los agentes migratorios no necesitan de una orden judicial para entrar a detener indocumentados “dado que nuestras tiendas y estacionamientos son de acceso público”. Negó, por otro lado, que esté compartiendo con las autoridades la información que obtiene de los lectores de placas que están en sus estacionamientos. A su personal le ha ordenado mantenerse al margen de estos operativos: “Legalmente no podemos interferir”.
“Si la situación no cambia, me regreso”
Ser jornalero en Estados Unidos nunca estuvo en los planes de Erwin. A principios de 2020, cuando renunció a su trabajo como repartidor en Guatemala y se despidió de su esposa y sus dos hijos pequeños, imaginó que le esperaba una vida más llevadera. Al menos al principio, la suerte parecía sonreírle en California. Encontró empleo como chofer de tractor en una recicladora y fue ascendiendo hasta ganar 1.400 dólares semanales. Eso sí, trabajando de lunes a domingo. Con ese dinero pudo ahorrar para pagar los 16.000 dólares que le cobró la banda de traficantes que lo trajo a Los Ángeles y, además, invertir en su tierra: construyó una casa, compró unos terrenos y un auto.
Sentía que el sacrificio había valido la pena. Hasta que todo se vino abajo. La agencia que intervino en su contratación descubrió que la tarjeta de Seguro Social que había presentado era falsa y fue despedido. Cuando Donald Trump regresó a la Casa Blanca, Erwin terminó de perder lo que había construido. No ha vuelto a conseguir un empleo formal y dejó de pagar el alquiler de un apartamento que compartía con otros dos migrantes. Él debía aportar 375 dólares cada mes. Lo echaron por moroso y ahora duerme en una vagoneta abandonada en un sucio callejón del sur de Los Ángeles. Los baños se han vuelto cada vez más espaciados. Todos los días se acerca a dos iglesias de la zona para recibir comida. Se convirtió en un hombre sin hogar. Hace dos meses envió a su esposa en Guatemala los últimos 300 dólares que tenía. “Le digo que tenga paciencia y que, con el tiempo, a lo mejor voy a tener un trabajo fijo”, cuenta.
La debacle lo llevó a ofrecer su mano de obra en una de las tiendas de Home Depot más vigiladas por los agentes del ICE. “Yo sé que sí lo es. Lo he visto en las noticias. Es donde más viene Migración. En el primer operativo se llevaron a varios jornaleros. Allá agarraron a una señora que vendía tamales”, dice mientras señala el acceso principal de la sucursal. Erwin se acerca a los clientes para ofrecerse como ayudante de albañilería, carpintería, plomería… Pero en los últimos días todos le han respondido lo mismo: que no. “Nunca imaginé que la situación se pondría como está ahora, pero, como dice el dicho: lo nunca… llega”.
Hace unos días, su esposa lo llamó para pedirle dinero para comprar comida para sus hijos y cubrir otros gastos pendientes. Su hija mayor, de 11 años, tomó el teléfono y le hizo una pregunta que lo dejó sin palabras: “¿Cuándo vienes, papi?”. Erwin tiene los sentimientos revueltos. La idea de ‘autodeportarse’ a Guatemala, que durante años descartó para seguir ayudando a los suyos, ha comenzado a hacer ruido en su cabeza. “Si la situación no cambia, yo regreso a mi país”.



