Cien años de ‘Amauta’, la revista donde Latinoamérica se reencontró y proyectó su futuro
El intelectual peruano José Carlos Mariátegui presentaba en septiembre de 1926 la que es considerada una de las revistas políticas y culturales más influyentes del siglo XX en Latinoamérica, Amauta: “Esta revista vinculará a los hombres nuevos del Perú, primero con los de los otros pueblos de América, enseguida con los de los otros pueblos del mundo”. Mariátegui había vuelto de Europa decidido a empezar un proyecto americanista que difundiera las ideas vanguardistas que afloraban entonces en la región —indigenismo, socialismo, antiimperialismo—, junto con las tendencias estéticas del momento. La red de vínculos que creó con los diferentes núcleos creadores de América Latina se prueba en su inabarcable correspondencia, conformada, solo en el periodo 1923-1930, por 800 cartas recibidas de intelectuales de al menos 20 naciones.
Una de esas misivas estuvo reproducida en un panel del stand de la Embajada de Perú en la trigésima edición de la Feria del Libro de La Paz, que se celebró hasta el domingo 9 de agosto y que tuvo al país vecino como invitado de honor. La carta reproducida es de Tristán Marof, uno de los principales precursores del marxismo en Bolivia y el boliviano que publicó con mayor regularidad en los 32 números que duró Amauta, entre 1926 y 1930. Junto a él se destaca, en una exposición, la participación de otros connacionales, como el indigenista Franz Tamayo o el poeta y novelista Óscar Cerruto, quien, con 14 años, fue el autor más joven en publicar en la revista.
El plato fuerte, sin embargo, de la celebración del centenario de Amauta en la feria paceña fue la presentación de los tres primeros números en una edición facsimilar, además de tres conversatorios con referentes peruanos. Ana Torres, coordinadora del Archivo Mariátegui, es una de ellas. “Seguimos hablando hoy de Amauta porque tiene una dimensión continental vinculada con la red de intelectuales que desarrolló Mariátegui de Bolivia, Colombia, Ecuador, México o Argentina”, dice Torres a EL PAÍS. Entre las páginas de la publicación se reprodujeron obras de artistas de la talla de José Sabogal, quien además era director gráfico del medio, Diego Rivera y Emilio Pettoruti, por mencionar algunos. Mientras que en sus textos pueden leerse nombres como Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, César Vallejo, Gabriela Mistral, Miguel de Unamuno.
Todos ellos exponían los cimientos sobre los que entendían que debía edificarse la regeneración de sus países y de la región. Desde el área política, literaria, económica, filosófica, plástica, arquitectónica e incluso religiosa, ninguna faceta se preponía sobre otra. En un mismo número se pueden encontrar los motivos estéticos del poeta peruano José María Eguren y un extenso texto sobre el plan quinquenal de la Unión Soviética. “Amauta era el espacio para construir una agenda nacional y continental. Es el crisol donde se encuentran, dialogan, construyen y acuerdan los proyectos políticos y culturales del siglo XX”, asegura el filósofo especializado en el pensamiento de Mariátegui, Eduardo Cáceres.
Todos ellos se vieron movilizados por la inestabilidad política en sus países. En Perú gobernaba con mano de hierro Augusto Leguía, quien, en junio de 1927, ordenó el cierre de Amauta y de su editorial, Minerva, acusándolas de participar en un “complot comunista”. Mariátegui fue entonces recluido en un hospital militar debido a su ya delicado estado de salud por la anquilosis que lo llevó a una muerte prematura, a los 35 años. El ideólogo peruano fue detenido durante seis días y su publicación permaneció clausurada seis meses. Leguía además exilió a colaboradores de la revista del sur peruano que se refugiaron en Bolivia, siendo Gamaliel Churata y Miguel Ángel Urquieta los más destacados de los expulsados que aportaron a la publicación desde el país vecino.
En Bolivia también reinaba un clima de represión. El mismo año en que Amauta fue intervenida ocurrió la masacre de Chayanta, donde comunarios de la región altiplánica tomaron haciendas en rechazo a la expansión del latifundio. La respuesta del Ejército dejó un saldo que algunos historiadores cifran en más de 300 muertos. Justamente, Mariátegui defendía que el problema del indio era, en el fondo, un problema de tierras. “El ‘qué hacer con el indio’ es un problema que todavía hoy se discute en Bolivia y Perú. Es uno de los puntos de la agenda que ambos comparten. Amauta fue el terreno donde se empezaron a perfilar las respuestas desde diferentes tipos de indigenismo: lírico, marxista o radical”.
Los años de circulación de la revista fueron momentos en los que la transformación social se atisbaba a la vuelta de la esquina y todo parecía posible. La respuesta a la penetración autocrática fue la creación de organizaciones antiimperialistas lideradas por políticos, muchos de ellos colaboradores de Amauta. Es el caso, por ejemplo, del argentino José Ingenieros, al frente de la Unión Latinoamericana (ULA); del cubano Julio Antonio Mella, uno de los principales dirigentes de la Liga Antiimperialista de las Américas (LADLA); o del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). Este último protagonizó una célebre discusión con Mariátegui en 1928.
Política y cultura de la mano
Mariátegui renegaba de que Haya convirtiera al APRA en un partido y no lo mantuviera como un frente amplio para articular a las izquierdas. De hecho, el moqueguano era acusado de yuxtaponer en sus páginas posiciones tan contradictorias. A lo que él respondía en sus editoriales: “Polémica, pluralidad y libertad de opinión para la construcción del nuevo Perú”. Este compromiso con el surgimiento de una nueva nación desde la política y la cultura es lo que hace de Amauta una publicación irrepetible para Luis Alberto Castillo, editor de La Balanza, la casa responsable de la reciente reedición de la revista. “Estamos en un tiempo en que entre política y cultura hay una brecha gigante, pero Mariátegui demuestra que eso no solo puede, sino que debe caminar junto”.
El Mariátegui editor es la principal referencia de Castillo porque entiende que una editorial “no es solo un espacio de producción, sino de intervención en la esfera pública, una lucha de subjetividades, una herramienta política para crear filiaciones y formas de organización”. Lamenta que, según su percepción, los sellos independientes hayan dejado de perseguir este objetivo: “Tenemos que disputar una política nacional de lectura, negociar qué se debe leer y qué no. Eso no puede depender solo del Gobierno de turno o de las casas transnacionales”.
A todos los entrevistados los atraviesa una sensación de nostalgia por una plataforma en la que se piense y se construya la nación. Para Cáceres, el debate político en tiempos de las nuevas tecnologías se ha vuelto “superficial, subjetivo, prescindible de grandes referentes, amnésico, fragmentario y muy polarizante”. Todavía no tiene la solución para un formato que permita debatir de manera sistemática y donde se aglutinen las tendencias; solo sabe que, sin la existencia de ese espacio, “no vamos a poder regenerar la política en situaciones tan graves y que amenazan la democracia”.



