“Ningún niño debería pasar por esto”: la vida de tres hermanos en Texas después de la deportación de sus padres
Sarah Moreno cumplirá 15 años el 26 de agosto. En el mismo mes volverá a la escuela. Cualquier otra adolescente de su edad en Texas estaría con sus padres preparándose para el regreso a clases, pero sobre todo para celebrar su fiesta quinceañera. Ella y sus dos hermanos, de 16 y 13 años, ya no pueden vivir a su edad. Sus padres fueron deportados y ahora lidian con el pago de la renta, con qué comerán y con quién podrá llevarlos una hora hasta el cruce fronterizo de Brownsville para visitar a sus padres en Matamoros, México.
“Nunca había sentido tanto estrés. Antes de que todo esto pasara, solo me preocupaban mis calificaciones, mis actividades después de la escuela”, cuenta la joven en una videollamada desde Matamoros, mientras visitaba a sus padres.
El 28 de diciembre de 2025 se quebró la rutina de esta familia. Sarah y su hermana menor iban en el auto con sus padres: su madre, Jessica Treviño, de 34 años, es beneficiaria de la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA) desde 2015 y sus permisos estaban vigentes hasta abril de 2027.
Para Sarah transcurría un día normal. La familia había comprado desayuno y café en un Starbucks en Álamo, donde residían, e iba de camino a su iglesia. Agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) comenzaron a seguirlos en vehículos sin logos. Su padre, asustado, intentó huir hasta que frenó su auto en una tienda Home Depot. Un vehículo del ICE los chocó desde el frente. Las bolsas de aire explotaron, los cafés se derramaron. Los funcionarios los sacaron del auto y Sarah recuerda que golpearon a su padre.
“Yo les decía: ‘No le peguen. ¿Por qué le pegan? Él no hizo nada malo’. Y ellos comenzaron a gritarnos a mí y a mi hermana, a decirnos que por culpa de él se llevarían también a mi madre”, recuerda Sarah. La adolescente cuenta que uno de los agentes la empujó con fuerza y la estrelló contra la puerta del auto. El golpe le dejó un morado en el cuello: “Ese día quedé en shock”.
Por la noche, en casa de su abuela, Sarah recuerda que tuvo pesadillas sobre lo ocurrido: “Me despertaba con los ojos llorosos, llenos de lágrimas, y tratando de entender si lo que había vivido era un sueño o era real”.
“Mi casa está en Texas”
Cada vez que sus hijos la visitan en Matamoros, Jessica Treviño queda desconsolada cuando se van. Ella quisiera estar en su casa en Álamo asegurándose de que sus tres hijos estén comiendo bien, tengan la ropa limpia y estén organizándose para volver a la escuela. “Siento que mi casa está allá, en Texas. Ha sido muy difícil porque mis hijos vienen cada fin de semana, se van, y pues me duele porque no puedo ir con ellos. Esto realmente cambió sus vidas”, dice la madre.
Treviño cuenta que su hijo mayor llevó a sus hermanas a la escuela el año escolar anterior y había estado trabajando para poder complementar el dinero que sus padres les mandan desde México. Sarah, cuenta la madre, cocinaba con ella en casa, así que es quien se ha encargado mayormente de las comidas.
Cuando estaban en Estados Unidos, Treviño cuenta que disfrutaba tenerle la comida lista a sus hijos cuando llegaban de la escuela. Los martes veían películas. Los miércoles, viernes y domingos iban a la iglesia. Los sábados por la tarde salían a cenar en familia. “Me duele mucho estar separada de ellos. Me siento con una impotencia de no poder hacer nada, como que estoy atada. Lo único que nos divide es un río, una frontera. Estoy bien desesperada”.
Cuando los detuvieron el diciembre pasado, Treviño le explicó a los agentes que tenía DACA, un beneficio que la protege de la deportación. Si no puede ser expulsada, tampoco podría estar en detención: “Ellos dijeron que no importaba, que eso no era un estatus legal”, recuerda. Pasó casi 90 días en el centro del ICE del Valle, cerca de la frontera de Texas, hasta que en su última audiencia el juez dictaminó su salida voluntaria al alegar que no había pruebas de que su DACA estaba vigente. Desde la detención, ella no pudo buscar su permiso en casa para mostrárselo.
Un vocero del Departamento de Seguridad Nacional explicó en un correo a EL PAÍS que Jessica Treviño “aceptó conscientemente la salida voluntaria y renunció a apelar. Salió de los Estados Unidos el 25 de marzo de 2026 y no regresará”. Ella asegura que se negó a aceptar esa opción.

Su abogado, David Rozas, explica que Treviño fue “forzada” a una salida voluntaria, pero le aplicaron una medida más severa: la deportaron a México, lo que conlleva un castigo de más años antes de poder regresar a Estados Unidos. Después de eso, ella recibió una carta de los Servicios de Ciudadanía e Inmigración en la que le notificaron de la intención de revocar su DACA porque había salido de Estados Unidos sin ser autorizada.
“Es la ironía de que el Gobierno de Estados Unidos sabe completamente que ella tiene DACA y la deportó”, señala el abogado. “Ella fue forzada a aceptar una salida voluntaria. Pero luego no le permitieron una salida voluntaria, terminaron deportándola y fue entonces, después de eso, que ella recibió una notificación en la que le dijeron ‘oye, por cierto, vamos a revocar tu DACA porque te fuiste del país”, condena Rozas.
El jurista asegura que casos como los de Treviño están siendo cada vez más comunes entre beneficiarios de DACA, sobre todo entre aquellos que viven en Estados fronterizos.
Ahora están demandando al Gobierno ante una corte de Texas para que la madre pueda regresar al país: “Estamos alegando al juez que esa salida voluntaria convertida en orden de deportación fue hecha sobre falsas pretensiones, porque ella no quería irse y tenía un DACA válido, solo que no pudo mostrarlo en ese momento”.
En lo que va del segundo Gobierno de Donald Trump, 86 beneficiarios de DACA han sido deportados, según una carta enviada por el Departamento de Seguridad Nacional al senador demócrata de Illinois Richard Durbin.
La vuelta a la rutina
En marzo de 2025, Sarah no podía ocultar la tristeza al ver a otros niños llegar a la escuela con sus padres o al ver los abrazos después de un acto escolar: “Y yo estaba ahí, sola”. Se sintió diferente entonces y se sentirá diferente ahora, cuando inicie el año escolar y su madre no esté para hacerles la típica foto del primer día de clases o para tenerles la comida caliente en casa.
Para su quinceañera tampoco ha hecho planes. “Ni siquiera puedo hacerme fotos porque mis padres están al otro lado. Ni siquiera sé con quién lo voy a celebrar, porque solo estamos mis hermanos, mi tía y yo”, dice.
Sarah asegura que se siente sobrepasada emocionalmente. No sabe si con el inicio del año escolar tendrá tiempo suficiente para ir a visitar a sus padres en Matamoros. Por ahora, algunos familiares en Álamo y su comunidad apoyan a la familia. Sarah lo agradece, así como agradece el poder cruzar la frontera para abrazar a su mamá y a su papá; sabe que no todos los niños pueden hacerlo.
Pero sigue sintiendo el dolor de la separación familiar. “¿Cuándo van a volver mis padres?”, cuestiona. “Todo es más difícil sin ellos”. Ella sueña con que al menos su madre pueda regresar a casa. “Creo que ningún niño de mi edad o más pequeño debería pasar por esto. Me entristece lo cruel que puede llegar a ser la gente”.

