La Marcha Azul de Ceuta descubre brechas en la UE y malestar en Marruecos
El exilio es uno de los nombres del viaje. Más de 70.000 personas emprendieron ese incierto viaje en los últimos días de julio y se jugaron la vida en Ceuta para intentar alcanzar el precario estatus de emigrantes en Europa. La población de ese enclave español en el Norte de África se duplicó por unas horas y encendió todas las alarmas. Esa inédita y multitudinaria Marcha Azul, en busca del Mediterráneo y de la bandera europea, sorprendió a las autoridades marroquíes, a las españolas y a las de la UE. Fue una crisis letal: al menos 142 migrantes fallecieron en el intento. Y efímera: unos 2.000, si hay que fiarse de las cifras del Ministerio del Interior, siguen en Ceuta; 70.000 se han marchado ya de vuelta por el hambre, por la constatación de que saltar al Viejo Continente era imposible, quién sabe si por algo más. El grueso de ese episodio estaría solucionado, dicen los cronistas de Madrid. Pero una buena crisis es como el gato de Schrödinger; nunca se sabe si está vivo o muerto. La frontera ceutí, atestada de policías y militares, desmiente cualquier aspiración de vuelta a la normalidad. Y las calles de Ceuta cuentan otra historia: un enjambre de jóvenes, al menos unos 5.000, sigue ahí desafiando las estadísticas oficiales, además de unos cientos de subsaharianos. Han pasado hambre. Duermen en los parques, en las playas, en algunas naves industriales precariamente habilitadas, con ese aire de campamento militar, casi de campo de concentración.



