Trump perdió a los latinos. Los demócratas siguen sin encontrarlos
Una vez más, el futuro político de Estados Unidos está atado al voto latino. Solía ocurrir cada cuatro años, durante las elecciones presidenciales, cuando los partidos recordaban que los latinos representan el 15% del electorado nacional y comenzaban a cortejar a estas comunidades con mensajes diseñados a la medida de sus gustos y preferencias culturales. Joe Biden no lo entendió, pero Donald Trump sí. Ahora vuelve a suceder en unas elecciones de medio término cruciales tanto para la supervivencia del proyecto MAGA como para la salvación o el impetuoso deterioro de la democracia estadounidense.
El mensaje de Trump en 2024 era, en esencia, el mismo de sus campañas anteriores: mano dura contra el crimen, cierre de fronteras y deportaciones masivas, valores tradicionales y políticas contra la diversidad cultural y de género (antiwokismo), pero, sobre todo, control de la inflación y una economía fuerte. Con esta última promesa derrotó a Kamala Harris.
En 2016, cuando llegó a la presidencia prometiendo un muro “grande y bello” para detener a los supuestos violadores y criminales que cruzaban la frontera sur, Trump aún no era bien conocido en las comunidades latinas. Pero tras la política de fronteras abiertas de Biden, la inflación poscovid y una intensa campaña de criminalización de la migración, ese mensaje finalmente ganó tracción. Los latinos lo premiaron. En 2024, Trump aumentó 12 puntos respecto a 2020 al captar el 48% del voto latino a nivel nacional, propulsado por los hombres latinos de clase trabajadora y las comunidades fronterizas de Texas.
Año y medio después de su regreso a la Casa Blanca, ese apoyo se ha erosionado considerablemente.
El detonante fue la criminalización de los migrantes latinoamericanos. Muchos miembros de la clase trabajadora latina, que ingenuamente creyeron que el presidente solo deportaría criminales, han sido testigos y víctimas de las brutales redadas del ICE, una verdadera cacería humana que no distingue entre delincuentes y gente honrada. Estas redadas no solo han destruido familias y comunidades; también han golpeado directamente el empleo en la agricultura, la industria alimentaria y la construcción. Una encuesta del Equis Research Center, publicada en marzo, mostraba que el 62% creía que Trump intentaba deportar a tantas personas como fuera posible. El sondeo también encontró que el 65% considera que su política migratoria “va demasiado lejos”.
El otro factor es la economía. Los latinos conforman uno de los grupos más dinámicos y pujantes del país. Pero cuando un latino pierde su trabajo como jornalero, va al supermercado o llena el tanque de gasolina, comprueba que Trump no está de su lado. No sorprende que el 67% de los latinos desapruebe hoy su gestión. Incluso entre quienes votaron por él en 2024, 66% mantiene su respaldo. Eso representa un desplome de casi 27 puntos desde enero de 2025, según el Pew Research Center. Lo verdaderamente sorprendente es que los demócratas no hayan capitalizado ese descontento.
Los latinos saben que históricamente han sido utilizados por ambos partidos como un comodín electoral. Después son ignorados hasta la siguiente campaña. Es lógico que muchos se sientan hoy desafectos de la política. Son millones de votantes que no encuentran opciones atractivas en ninguno de los dos partidos. De hecho, el 71% afirma no haber visto publicidad política en español en el último año. Ese vacío de inversión y comunicación agrava la desconexión y sugiere que ninguno de los dos partidos está haciendo el trabajo necesario para conquistar a este electorado huérfano.
En parte, eso explica por qué quienes abandonan a Trump no han saltado la valla hacia los demócratas en las proporciones esperadas. El encuestador y estratega republicano Mike Madrid habla de una “desalineación” que hace a los latinos cada vez menos leales a las franquicias partidistas. Es fácil entender por qué: se encuentran políticamente a la deriva, huérfanos de propuestas en un momento de enorme incertidumbre.
¿Pueden republicanos y demócratas cambiar ese sentimiento a tres meses de las elecciones del próximo 3 de noviembre?
La respuesta no es evidente. Los latinos pueden inclinar la balanza en la carrera por el Senado en al menos seis Estados: Texas, Arizona, Nuevo México, Nevada, Georgia y Carolina del Norte. También serán decisivos en decenas de distritos para definir el control de la Cámara de Representantes, como el 4º distrito del Estado de Washington.
Se trata de un distrito rural y agrícola, tradicionalmente conservador. Allí se encuentra el condado de Yakima, donde los latinos representan más del 50% de la población. Muchos son jornaleros de las granjas locales. Trump lo ganó cómodamente en 2024, pero sus políticas migratorias han tenido un efecto devastador. Los agricultores tienen cada vez más dificultades para encontrar mano de obra debido al miedo provocado por las redadas del ICE.
Aun así, Trump ya dio su respaldo a la comisionada de Yakima, Amanda McKinney, quien se ha declarado integrante del movimiento MAGA. Su contendiente será el demócrata John Duresky, un veterano de la Fuerza Aérea que perdió su empleo en la reserva nuclear de Harford debido a los recortes del programa DOGE, impulsado por Trump y ejecutado por Elon Musk.
Ambos candidatos ven una oportunidad en Yakima. Pero mientras McKinney apuesta por la visión nacionalista y antinmigrante MAGA, Duresky debe haber comprendido que la golpeada comunidad latina podría llevarlo al Congreso. “Necesitamos encontrar la forma de comunicarnos con estas áreas rurales y competir como si realmente nos importaran”, declaró a NPR. Quizás sin saberlo, estaba describiendo la necesidad de alinear expectativas y propuestas: el problema señalado por Mike Madrid.
Aunque los demócratas mantienen hoy una ventaja apreciable en la carrera por el Senado en varios Estados clave, nada garantiza que logren imponerse en Míchigan y Wisconsin, también indispensables para controlar el poder legislativo y restablecer contrapesos frente a Trump.
Los latinos también son decisivos allí y, sin embargo, tampoco favorecen claramente a los demócratas. Lo que esto indica es que, si bien la mayoría de los latinos ya no está con Trump, tampoco está con sus adversarios.
Sin embargo, no todos los latinos han dado la espalda al presidente ni están homogéneamente descontentos con la agenda MAGA. En el sur de Texas siguen respaldando a los republicanos en materia de seguridad fronteriza y mantienen dudas sobre la economía. Florida continúa siendo un bastión republicano donde los cubanoamericanos permanecen sólidamente alineados con Trump y sus candidatos. Provocar un viraje allí luce altamente improbable.
Dado que apartarse de Trump acarrea escarnio y equivale a un suicidio político, resulta difícil imaginar que los republicanos aprovechen estas elecciones de medio término para tomar distancia de él, incluso si eso implica asumir costos de largo plazo, como perder las presidenciales de 2028. Además, a Trump parece importarle cada vez menos todo aquello que no tenga relación con su enriquecimiento o su gloria personal.
De modo que los demócratas tienen una ventana abierta entre los latinos en muchos otros lugares. Una encuesta de UnidosUS encontró que uno de cada cinco votantes latinos sigue indeciso de cara a noviembre.
¿Qué habría que hacer para consolidar el viraje demócrata y el reencantamiento político entre sus bases observados en Nueva Jersey, Virginia, Nueva York y, más recientemente, en las primarias de Míchigan?
A pesar de los triunfos del ala progresista con Zohran Mamdani en Nueva York y Abdul El-Sayed en Míchigan, muchos demócratas siguen prefiriendo una agenda pragmática centrada en necesidades inmediatas.
La mayoría de los votantes latinos, también. Y si el alfa de esa agenda es el rechazo a la política migratoria, el omega debería ser la búsqueda de soluciones y paliativos para la crisis económica. Los latinos siguen quejándose de que se sienten excluidos de las políticas que los afectan directamente.
Así que si yo fuera estratega demócrata, haría tres cosas.
Primero, no hablaría de las redadas del ICE únicamente como una cuestión de derechos humanos, sino también por sus consecuencias económicas. En Yakima, un condado predominantemente conservador, Duresky no podrá ganar solo con la indignación moral. Necesita recordarles a los votantes que, si la cosecha se pudre por falta de jornaleros, la vida de todos será peor.
Segundo, blindaría a los candidatos pragmáticos y de tono moderado en los distritos donde el voto latino decide —como han hecho Rubén Gallego en Arizona y James Talarico en Texas— y dejaría que la ola progresista de Mamdani y El-Sayed librara sus propias batallas en las grandes ciudades. Los demócratas no pueden darse el lujo de profundizar una guerra ideológica interna que separe aún más a Yakima de Detroit o del sur de Texas.
Tercero, invertiría de inmediato en publicidad política en español con políticas concretas que conecten con los votantes latinos. Ese 71% de los latinos que no ha visto un solo anuncio representa un enorme segmento del electorado que sigue completamente desatendido.
Aunque es poco probable que alguien la adopte, diría que los republicanos también tienen una salida para recuperar parte del terreno perdido a causa de Trump: reducir el perfil de las redadas. Es un ajuste operativo que permitiría evitar una ruptura suicida con el expresidente. Pero para eso Tom Homan, el zar fronterizo, y Markwayne Mullin, secretario de Seguridad Nacional, tendrían que creer que existe vida política después de noviembre o después de Trump. Lo primero es probable. Lo segundo, al menos para ellos, parece imposible.


