Península de Nicoya: la región de Costa Rica en la que viven más centenarios a pesar de no tener mayor riqueza económica
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Benerando López es un agricultor que a los 99 años de edad aún sembraba arroz para consumo familiar en Sámara, un distrito costero de la Península de Nicoya, en Costa Rica. Ahora tiene 103 y no puede ver, pero sobrevive con salud envidiable, como muchos otros centenarios que hacen de esta zona del Pacífico norte costarricense una “zona azul”: es decir, una región donde se concentran personas de vidas largas. De ahí también es José Flores, un hombre de 119 años a quien investigadores intentan acreditar como la persona más longeva del mundo.
López vive en Sámara en medio de la marea turística, donde su esposa aún camina descalza por su parcela; Flores lo hace en un poblado pequeño y rural llamado Obandito de Sardinal. A unos cuantos kilómetros, en Nandayure, también vivió una mujer llamada Teresa Ruiza, que murió en 2021 a los 102 años después de una vida de trabajo constante en la que crió 19 hijos, según los registros de la Asociación Península de Nicoya Zona Azul. En esta región, parte de la provincia de Guanacaste, hay 61 personas centenarias y podrían ser 73 al acabar este 2026. A todos los conoce Jorge Vindas, fundador de la asociación mencionada, que se encarga de documentar e investigar a los pobladores más longevos de la península. Nicoya comparte la misma categoría con otros cinco lugares del mundo destacados por una alta densidad de personas centenarias. Sin embargo, la región costarricense tiene un elemento particular: la pobreza relativa.
“Es cierto que es la más pobre de todas las ‘zonas azules’, pero definamos pobreza”, relativiza Vindas, señalando que son generaciones nacidas a inicios del siglo XX y que crecieron con trabajo físico y con comida básica suficiente a pesar de las carencias. Además, lo hicieron en ambientes tranquilos, vida en comunidad con familia cercana y un entorno de fe que les permitió superar experiencias duras, como enterrar a los hijos. Si Costa Rica nunca ha sido un país con abundancia, Nicoya lo fue menos. Aún hoy la pobreza es mayor que el promedio nacional. “Éramos pobres, pero siempre comimos bien”, decía a Vindas un centenario llamado Panchito Villegas en el municipio Nicoya. Las otras ‘zonas azules’, catalogadas así por la organización internacional Blue Zones, se encuentran en Estados Unidos, Europa y Japón, en entornos diferentes a esta región calurosa y seca donde viven poco menos de 100.000 personas en cinco municipios.
También lo tiene claro Luis Rosero-Bixby, el principal investigador demográfico de Costa Rica desde el Centro Centroamericano de Población (CCP), en la estatal Universidad de Costa Rica (UCR). En 2005, tras presentar una ponencia académica en Francia sobre la mortalidad excepcionalmente baja de adultos mayores en toda Costa Rica, el demógrafo belga Michel Poulain, uno de los pioneros del concepto de “zona azul”, le preguntó si en el país centroamericano había lugares aún más excepcionales por su alta longevidad. Rosero le respondió que, en efecto, existía una zona al noroeste del país, la Península de Nicoya, donde los adultos mayores morían a tasas 20 % menores que en el resto del país. En un estudio publicado en la revista científica Demography en 2008, Rosero demostró que en Nicoya la probabilidad que tiene un hombre de 60 años de llegar a ser centenario era cuatro veces mayor que la del resto de costarricenses, siete veces más grande que la de un japonés o 10 veces más que la de un estadounidense.
Una peculiaridad de la región era que se trataba de un lugar de bajo desarrollo socioeconómico, sin grandes facilidades de atención con medicina especializada, pero con un robusto sistema de atención primaria de salud que incluye visitas periódicas a los hogares de las personas longevas. Poulain y el periodista Dan Buettner de la revista National Geographic hicieron varias expediciones a Nicoya en 2007 y 2008 para verificar que no fuera otro caso más de comunidades que exageran la edad y que carecen de documentación confiable. Concluyeron que las estimaciones eran válidas e incluyeron esta región en el club de “zonas azules”.
“Lo que se destacaba de la Península de Nicoya era que se trataba de una región de un país relativamente pobre, con gente que vivía en casas con piso de tierra. Después vinieron a investigarlo y vieron que las condiciones económicas difíciles no impiden tener vidas duraderas si hay otros factores favorables”, dice Rosero a EL PAÍS.
¿Cuáles son esos factores? Hay pistas, pero no respuestas definitivas. Se juntan variables genéticas y culturales. Se han mencionado elementos como las redes familiares fuertes, la actividad física, la baja obesidad, los alimentos naturales y elementos más concretos de la dieta. Por ejemplo, la tradición ancestral del maíz, con ciertas particularidades locales, como la preferencia por el tipo amarilla o ‘pujagua’, color púrpura o negro, además de un proceso llamado nisquesado, que consiste en cocer los granos en agua con ceniza del fogón para quitarle la cáscara. Eso eleva el calcio de las comidas, sustancia que también es más alta en el agua de la zona y quizás tenga algo que ver con la menor incidencia de fracturas de cadera a edades avanzadas, cuenta Rosero, sin dejar de advertir que son hipótesis.
Pistas en el material genético
Sí se ha probado algo, agrega el experto, y es que los mayores de 60 años en la región tienen más extensos los telómeros, el extremo de los cromosomas que sirven como indicador de envejecimiento y que pueden asociarse al estrés; cuanto más cortos, menos expectativa de vida adicional. Podría decirse que el lema costarricense “pura vida” tiene un reflejo en la información genética. “Por alguna razón en esta área geográfica tienen telómeros más largos, como 10 años de más”, añade el especialista. Según las investigaciones de Rosero, hay una mayor ascendencia indoamericana, de indígenas chorotegas, sobre todo en la gente de mayor edad y sobrevivientes de duras enfermedades en la primera mitad del siglo, antes de la expansión de los servicios básicos del sistema sanitario estatal.

“Estas son pistas, nada definitivo”, reitera el demógrafo, obsesionado con las pruebas a tal grado que se permite dudar de que José Flores haya cumplido 119 años, aunque así lo evidencien el Registro Civil de Costa Rica y las actas bautismales de la Iglesia Católica. Señala que hay un vacío de información sobre él entre el año 1907, año de nacimiento registrado, y 1956, cuando inscribió su primer hijo. “Es demasiado raro que un hombre de las costas tenga su primer hijo a los 50 años de edad”, observa. Vargas, por su parte, las explica como consecuencia de las décadas en las que Flores vivió sin mujer trabajando en otras regiones del país, como cuenta su familia. Pudo incluso haber tenido hijos antes, pero no reconocidos como propios, como era usual en la época, advierte confiando en la fiabilidad del Registro Civil oficial.
Él, junto a un investigador español llamado José Antonio Rabadán, de la Universidad de Alicante, trata de certificar documentos para que se reconozca a Flores como la persona más longeva del mundo. A Rosero le preocupa. “El problema de promover el relato de don José es que, si internacionalmente se destapa que no es cierto, cae un desprestigio sobre todo el trabajo serio que hemos hecho para documentar la excepcional longevidad de Nicoya”.
En cualquier caso, Flores y los de su época son ejemplos de generaciones nacidas antes de los años 40 en la península de Nicoya que vivieron más tranquilas y con condiciones que no son aún claras sobre por qué tienen una ventaja de longevidad. Una que, sin embargo, se empieza a perder en las generaciones posteriores, como ha mostrado en estudios posteriores Rosero. Los cambios en estilos de vida han sido constantes en la segunda mitad del siglo XX y se han acelerado por fuertes transformaciones de la economía regional, ahora dependiente del turismo y del desarrollo inmobiliario asociado al deseo de miles de foráneos de conocer o quizás experimentar algo del secreto que convirtió a la península de Nicoya en ‘zona azul’.


