La salud mental adolescente deja de ser tarea solo de los psiquiatras en Uruguay
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Una madre joven entra con su bebé de pocos meses en brazos a la policlínica pública de Barros Blancos, una localidad del departamento de Canelones, en el sur de Uruguay. Es un control de rutina. La enfermera pesa al niño, mide su altura, revisa que las vacunas estén al día y observa cómo evoluciona su desarrollo. Después llega el turno del médico de familia. La consulta parece girar en torno al bebé, pero pronto se amplía. “¿Cómo está durmiendo la madre? ¿Tiene con quién dejar al niño si necesita salir? ¿Cómo lleva el posparto? ¿Quién la acompaña en los cuidados?“.
En ese consultorio, la salud mental casi nunca entra por la puerta con ese nombre. Suele aparecer camuflada en un dolor abdominal que no encuentra explicación, mareos, dolores de cabeza. Pero también hay síntomas que no son de la medicina tradicional. Un adolescente que dejó de asistir al secundario, una madre sobrepasada por las tareas de cuidado o paciente que abandona un tratamiento, porque detrás de una dolencia física hay ansiedad, depresión o un sufrimiento que todavía no sabe poner en palabras.
“Los problemas de salud mental no son responsabilidad exclusiva del psiquiatra”, explica el psicólogo de la policlínica, Fabián Cabrera Martínez. “Lo colaborativo implica que cada disciplina aporte desde su especificidad, pero que todos compartamos la responsabilidad del cuidado”, dice. En algunos casos se hacen consultas donde él participa junto al médico, para escuchar y poder desde otro punto de vista hablar con un paciente que consulta por un síntoma físico.
Los datos uruguayos en salud mental son los peores en la región. Con una tasa de 23,4 muertes por cada 100.000 habitantes, el país presenta una de las cifras más altas de América Latina y solo es superado por Cuba, según la Organización Mundial de la Salud. Se trata de una tasa casi tres veces superior al promedio regional, lo que convierte a la salud mental en uno de los principales desafíos sanitarios del país.
Los intentos de autoeliminación también muestran una tendencia preocupante. En 2024 la tasa fue de 161,74 por cada 100.000 habitantes, frente a los 132,42 registrados en 2023.
En este contexto, aprender a reconocer esas señales antes de que desemboquen en un suicidio, forma parte del trabajo del equipo de Medicina Familiar y Comunitaria de la Universidad de la República, que trabaja en esta policlínica de la Administración de los Servicios de Salud del Estado (Asse), el sistema público y gratuito de atención sanitaria en Uruguay.
Allí, la consulta médica no termina con un diagnóstico: muchas veces es el punto de partida para detectar un problema invisible y activar una red de apoyo antes de que sea demasiado tarde.
Esa mirada integral del paciente, está en el centro de una de las experiencias más recientes del programa ECHO Uruguay (Extension for Community Healthcare Outcomes). El equipo de Medicina Familiar y Comunitaria de la policlínica de Barros Blancos forma parte de la capacitación por teleconferencia en salud mental que impulsa este programa.
La iniciativa nació en la Universidad de Nuevo México (Estados Unidos) y fue impulsada en Uruguay hace 11 años por el médico Henry Cohen desde la Facultad de Medicina de la Universidad de la República. Su objetivo es democratizar el conocimiento especializado: en lugar de concentrarlo en un pequeño grupo de expertos, busca compartirlo con los profesionales que trabajan en el primer nivel de atención para que puedan identificar de forma precoz los problemas de salud mental, intervenir en los casos que pueden resolver y derivar a tiempo.
ECHO Uruguay puso en marcha el programa de formación gratuito y abierto a todo el que tenga interés, porque no está reservado para el personal de la salud: “Del Cerro a Bella Unión: hablemos de salud mental”, un nombre que resume su propósito: llevar herramientas y conocimiento a todo el país. Desde el Cerro, un barrio de Montevideo marcado por décadas de vulnerabilidad social, hasta Bella Unión, la ciudad más al norte de Uruguay, en la frontera con Brasil y Argentina y una de las zonas con mayores índices de pobreza del país.
La idea es que un docente, un médico de familia, un pediatra, un ginecólogo, una enfermera o cualquier interesado pueda aprender a reconocer las primeras señales de un problema de salud mental y actuar antes de que ese malestar se convierta en una urgencia.
Los especialistas sostienen que las primeras alertas pueden aparecer en una consulta pediátrica, durante una visita al médico de familia, en una escuela o incluso en una conversación con un docente. “Queremos que cualquier profesional identifique una luz amarilla y sepa cuándo derivar”, explica Henry Cohen, coordinador de ECHO Uruguay.
Para Cohen, ese cambio resulta indispensable en un país donde la demanda por atención en salud mental crece desde hace años y donde buena parte de los especialistas se concentran en los grandes centros urbanos.
El rol de la escuela y la comunidad
El principal antecedente para medir la salud mental infantil en Uruguay sigue siendo el Primer Estudio Epidemiológico Nacional sobre Salud Mental Infantil, realizado entre 2006 y 2007 por la Universidad de la República. El trabajo reveló que el 22% de los niños de entre 6 y 11 años que asistían a escuelas urbanas presentaba algún trastorno de salud mental, principalmente ansiedad, depresión o problemas de conducta. Otro 14,5% se encontraba en una zona de riesgo, mientras que el 63,3% no presentaba alteraciones psicopatológicas.
Casi dos décadas después, la Universidad de la República proyecta repetir el estudio para actualizar el diagnóstico y medir el impacto que dejó la pandemia en niños y adolescentes.
Para la psiquiatra infantil Gabriela Garrido, una de las referentes del proyecto, el desafío no pasa solo por aumentar la cantidad de especialistas. “Si pensamos que los problemas de salud mental solo se resuelven en ámbitos especializados, no nos van a alcanzar los psiquiatras”, afirma.
Según explica, muchos adolescentes que luego desarrollan cuadros graves consultaron antes. “No llegan diciendo que quieren morirse”, resume. De ahí la importancia de que los equipos del primer nivel de atención incorporen la salud mental a las consultas cotidianas. “No preguntar también es un mito, el profesional tiene que preguntar. Existe la idea de que hablar de suicidio genera la idea, y eso no es cierto”.
Por su lado, la médica de familia Elizabeth Olavarría destaca que el vínculo continuo con los pacientes permite detectar señales tempranas que podrían pasar desapercibidas en una consulta aislada. Ese trabajo se complementa con visitas domiciliarias, contacto con escuelas y actividades comunitarias.
Para Cohen, ese es el cambio de paradigma que impulsa el programa: que la salud mental deje de depender exclusivamente de los especialistas y se convierta en una responsabilidad compartida entre quienes integran el primer nivel de atención. Porque, antes de una crisis, casi siempre hay una consulta, una conversación o una señal de alerta que alguien puede aprender a reconocer.

