Repetir o no el examen de acceso: la UNAM se enfrenta a un dilema sin precedentes con todos los focos sobre la decisión
El verano se ha convertido en una tortuosa cuenta atrás para estudiantes y profesores universitarios. Las pruebas de acceso de la UNAM, la mayor casa de estudios de México y América Latina, realizadas por primera vez en línea y a distancia, han arrojado resultados tan atípicamente excelentes que han obligado a las autoridades académicas a hacer un alto para analizar si hubo o no trampas con inteligencia artificial durante su realización. El dilema ahora es mayúsculo y no tiene precedentes. Una comisión de 16 expertos decidirá esta semana si valida las calificaciones o se repiten los exámenes con el tiempo encima por el inicio de curso, al que se deberán incorporar los nuevos estudiantes. “Esto puede sentar precedentes a nivel jurídico, tecnológico, educativo y evaluativo. Nos va a dar muchas lecciones”, resume Juan Manuel Flores Ayala, experto en monitoreo y evaluación en educación. Hay más de 158.000 aspirantes afectados y están en juego 22.000 plazas y la reputación de la universidad de referencia en la región.
El problema al que se enfrenta la comisión es un laberinto que no dejará satisfecho a todo el mundo. Los estudiantes que accedieron a su plaza reivindican las horas de estudio y el estrés acumulado para salvar unas pruebas que definen su futuro, pero la mancha de duda que se extiende sobre una parte de los aprobados obliga a tomar medidas. “Yo me decantaría por repetir la prueba y recorrer el semestre lo necesario para dar credibilidad y certeza a las personas a las que responde [la UNAM] como institución pública. Hay un costo político y de litigios en hacerlo, pero creo que se gana más de lo que se pierde”, argumenta el especialista, que augura una oleada de reclamos en caso de que vuelvan a tener lugar. Si optan por validarlas, agrega, deberán explicar con claridad cuál fue el problema y qué se hará con los casos fraudulentos en concreto.
El problema radica, precisamente, en cómo discernir quirúrgicamente y a posteriori cuáles son los exámenes contaminados. De la posibilidad de lograrlo dependerá la necesidad de repetirlas con carácter general o no, considera también Daniel Hernández Gutiérrez, coordinador de la Licenciatura en Educación y Tecnologías Digitales de la UAM. Si es imposible discernirlo con los datos recabados, desarrolla, “se tendría que repetir y, por supuesto, no bajo las condiciones actuales de un examen en línea, porque marcaría nuevamente un proceso que está viciado desde el inicio”. Todo apunta hacia la presencialidad, el papel y la pluma.
Aunque el tiempo corre y la decisión no puede hacerse esperar mucho más, ambos profesionales consideran que el margen es suficiente para reconducir la situación sin dañar el prestigio de la institución. No sería la primera vez que se retrasa el inicio del curso, explican: ya se ha hecho como consecuencia de paros o huelgas y también la pandemia de covid obligó a hacer algunos ajustes. Es precisamente en el aciago 2020 cuando, forzados por las circunstancias, se comenzaron a implementar este tipo de evaluaciones en línea que han pasado a formar parte de la nueva normalidad académica. La experiencia acumulada, sin embargo, todavía es incipiente y su capacidad real de implementación sigue en pañales. Los sistemas de inteligencia artificial avanzan a velocidad de la luz y las respuestas no siempre llegan a tiempo.
Hay otras experiencias en las que fijarse. La Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), en la que trabaja Daniel Hernández, también ha elaborado pruebas de acceso en línea y a distancia en los últimos años sin grandes problemas. “No hemos tenido un número de casos extraordinarios ni hemos visto que hayan aumentado los intentos de hacer trampa o de usar alguna herramienta de IA”, apunta el responsable. “Pero lo cierto es que no se puede ser demasiado inocente y pensar que esto no se podría burlar”, matiza después. La UAM utiliza un sistema de doble candado que implica usar dos dispositivos: la computadora donde se realiza el examen, con el software de control incorporado, y otro más pequeño —una tablet o un móvil— donde se realiza una videollamada simultánea. Eso garantiza, explica el experto, que no todo recaiga en la eficacia del primer mecanismo.
En el caso de la UNAM, solo se contemplaba el uso de un único dispositivo controlado mediante inteligencia artificial, más una persona por cada 150 estudiantes monitoreando a distancia. Todavía se desconoce si el fallo estuvo en el sistema de supervisión durante el examen, si hubo una filtración de las pruebas o si todo funcionó como debía y, aun así, hubo quienes lograron sortear los candados implementados. Averiguar dónde estuvo la grieta es la clave para determinar cuál es la solución más idónea. “Al menos a nivel macro, sí es posible saber lo que pasó”, alega Flores Ayala.
Otras experiencias exitosas se desmarcan en algunas variables de los exámenes cuestionados, como el Ticómetro implementado por la propia UNAM, una prueba de diagnóstico que evalúa las habilidades digitales de los estudiantes. Su universo es muy menor, de en torno a 35.000 alumnos, y no tiene un gran impacto en el futuro académico de quienes lo realizan, por lo que los incentivos para la trampa se ven muy reducidos o prácticamente anulados.
La prueba se realizaba en línea y presencialmente hasta la irrupción de la pandemia, que obligó a realizarla desde los hogares. El cambio no modificó la distribución de notas, explica Marina Kriscautzky, exdirectora del departamento encargado, pero sí observaron una brecha en la infraestructura con la que contaba cada alumno para realizar el examen, especialmente en las colonias populares, donde las condiciones de ruido y convivencia familiar no siempre alcanzan las exigencias de los sistemas de control digitales. Un 2% de los exámenes de la UNAM han sido cancelados por “conductas contrarias a lo establecido en la convocatoria”. Ante la falta de mayores detalles, se desconoce si alguno de los eliminados podría formar parte de este supuesto.
En el episodio sometido al ojo público confluyen todos los desafíos posibles: la masividad de un examen al que se presentaron 158.000 aspirantes y que tensiona todos los mecanismos de vigilancia; la relevancia de los resultados para los potenciales nuevos egresados, que ven su futuro definido en apenas unas horas; y el reto de añadir a la modalidad en línea, la distancia de las viviendas, cada una con sus propias circunstancias. La UNAM ha exhibido músculo con los mecanismos tradicionales a la hora de garantizar un acceso limpio a sus aulas, puesto de golpe en entredicho tras el salto a la modalidad digital. El reto para la comisión de expertos es doble: encontrar la fórmula menos dañina para los aspirantes que se sometieron con transparencia al calvario de unos exámenes cruciales para ellos y mantener la credibilidad de un proceso que marca la pauta en el resto del subcontinente.
