Polarizar o la hojarasca que envuelve la cotidianidad de la política
La hemos vivido antes. La han practicado. Con denuedo y hostigamiento. Intencionada, ergo, dolosamente. El cálculo político sucumbe a la mediocridad. Apenas hay país que quede indemne. El retroceso intelectual, ético y moral continúa, sin apenas margen para la esperanza. El mundo bascula hacia los extremismos, henchidos todos ellos de demagogia. Probablemente la peor de las formas de gobierno como nos enseñaron los griegos. El espejo más fiel de una sociedad indolente, atrabiliaria y permisiva con todo. Tal vez inconsciente y pasivamente todos la hemos facilitado y permitido. En nuestro día a día, con nuestros comportamientos pasivos y aceptaciones de un statu quo que nos ha debilitado como ciudadanos. Categoría esta última que en no todos los países existe siquiera. O tal vez, por qué no, hemos insuflado a esa pira brisas despechadas, avivadoras de viejos fuegos.
Flaco favor a la democracia y los valores institucionales. Nunca como hasta hoy, desde el período de entreguerras, la democracia ha experimentado mayor debilidad, y con ello, hostigamiento, cuestionamiento y vulnerabilidad. Europa ha sido testigo de dictaduras y de guerras, de terrorismo y crueldades atroces que ―salvando la guerra de los Balcanes en los noventa, genuina vergüenza para Europa, y ahora la locura desatada por Moscú en Ucrania―, y sin embargo ha vivido las mejores décadas de su historia desde finales de 1945. América vio colapsado su esplendor por dictaduras y revoluciones, guerrillas y terrorismo, y hoy bascula hacia un populismo a derecha e izquierda, que fagocitará tarde o temprano la política misma, pues la ideología se ha debilitado hasta el nihilismo más iconoclasta, mas, ¿cómo hemos llegado a este punto?, ¿qué fue del sueño americano, por ejemplo, en Estados Unidos?, ¿qué queda de aquel hito hoy, a 250 años de la independencia?
Cuando el pensamiento dormita o es inane, triunfa el sectarismo, la polarización, el cainismo inmoral de trincheras absurdas, que reducen el diálogo y la palabra a un muro de intolerancia para con el otro, de incomprensión para todos y de vergüenza de una nación.
No necesitamos paladines ni defensores, y sí mucho sentido común. Posiciones sólidas, argumentadas, valientes y firmes. Sea en el gobierno, sea en la oposición. Cuanto más útil y verdadera sea esta, más se robustecerá nuestra democracia. No entremos en juegos solipsistas y estériles. No confundamos la esencia como lo insustancial y superfluo. Hojarascas caducas y pésimos abonos de un futuro incierto. La costra y la hojarasca, simplemente, nos impide ver sea o no con anteojeras. Se acaba un orden, una forma de entender la partitocracia ya sin partidos ni élites políticas, sino económicas. Espejo de una sociedad tan amnésica como impenitente, tan hedonista como vacua. Ausente por incomparecencia la sociedad civil, nunca articulada, nunca enhebrada la raíz de su poder ser y su fuerza. Nunca ha interesado en este país que exista una sociedad civil abierta, fuerte, dinámica y proactiva.
No hemos sabido valorar la democracia. Y corremos el riesgo de perderla. Silencios y complicidades. Demasiados con los ojos puestos a día de hoy y la indiferencia de la arrogancia de pretéritos ayeres. Aciertos y errores que han generado hoy desprecio y hartazgo. El lodazal y la ciénaga en que algunos han convertido el sistema con su deprimente espectáculo es capaz de cambiar, de traer un nuevo momento y una nueva realidad. Exigirá lo mejor de todos, de políticos y no políticos, de nosotros mismos como sociedad o parte de una sociedad desacomplejada que empieza a estar más comprometida con lo público frente a la pasividad y el silencio cómplice de muchas décadas donde el distraimiento y el desdén hacia la política ha sido manifiesto.
Cada vez la sociedad, las personas, están más desencantadas con países y Estados de porcelana. Nos ahoga la corrupción, también la mentira y el trampantojo. Terrible el cáncer y la carcoma corruptora, tanto del corrupto como de quien lo ampara, quien lo financia y quien carece del mínimo escrúpulo moral en una decadencia sin freno que arrastra a la ciénaga lo público, pero también, de paso, lo privado. No hay una causa general contra la misma, sino una sociedad que acepta generalizadamente la mentira. ¿Qué fue de la virtud pública, de la ejemplaridad, de la crítica, del servicio, del recto obrar público?
Vivimos sociedades y momentos donde nadie se atreve a pensar y reflexionar de verdad. La sociedad quejumbrosa que mira hacia la indiferencia. Mimbres retorcidos por el implacable e inmisericorde paso del tiempo y por el relativismo moral. La ética de cristal. La ética ahogada por larvas mordientes de una pasividad costrosa. Pautas, comportamientos, actitudes. Demasiada hojarasca. La que no nos deja ver bajo su alfombrado manto caduco de un otoño permanente. La hojarasca que envuelve la cotidianeidad de la política. De la ausencia de crítica. Del lamento vano y vacuo, la reflexión estéril y el cinismo mordaz. La que no nos deja ver, tampoco respirar. La hojarasca que nos devora.
Dignifiquemos la política, el espacio de lo público, donde estamos todos, gobernantes y gobernados, Estado y sociedad. Recuperemos la credibilidad, la convicción, la capacidad, la confianza. Que prime el servicio y la democracia, no el partidismo y la autocracia interna.
Es hora de asumir una responsabilidad ética, límpida, objetiva y veraz. No esperemos más, mañana es tarde. La decadencia y el descreimiento acechan. Después de la democracia solo hay totalitarismo y autoritarismo. Los extremos y, con ellos, la banalidad, la zozobra y la esterilidad absoluta de una sociedad adormecida en su propia estulticia y la náusea. Degradación paulatina. Espectáculo esperpéntico. Hastío permanente. Levantemos la costra. Sin miedo. Porque el desencanto ha llegado para quedarse. Recelemos de los políticos.
Regeneremos con firmeza y cirugía. Bisturís claros, también en las cúpulas, los ábsides y los contrafuertes, bóvedas y arquitrabes. Empecemos desde las raíces. Busquemos la ejemplaridad, la decencia, la honestidad, el comportamiento valiente y constructivo, y erradiquemos la mediocridad y el cinismo inmisericorde, el miedo y la cobardía, la atonía intelectual y la letargia de crítica y valores.


