Pogacar Nº 5: el mejor ciclista del siglo entra en el olimpo del Tour de Francia al ganarlo por quinta vez
¡París! ¡Montmartre! ¡Campos Elíseos! ¡Le Moulin Rouge, sus enaguas y su cancán! El quinto Tour del quinto que llega a cinco. Como dicen del perfume, el cinco es el número más guay, y el Pogacar Nº 5 recién llegado al mercado más exclusivo y exigente, a la vitrina en la que ya están los quintos de los más grandes de la historia, Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Miguel Indurain, aumentará aún más el prestigio de la marca, y su aroma que invade y contagia todo, que en la última etapa, por la rive droite del Sena majestuoso, entre la selecta rue de Rivoli y las bohemias cuestas y callejones empedrados de Montmartre, alcanza su máxima expresión.
“Estoy extremadamente orgulloso de haber ganado el quinto Tour”, dice. “Un objetivo alcanzado. Y este ha sido el Tour que más he disfrutado. Ni una duda. Ni un día malo”.
Nunca se habla de la última etapa del Tour en las crónicas, aburridos festivales de fotos y sonrisas hasta que en los Juegos Olímpicos del 24 París redescubrió la rue Lepic, bajando desde el Sacré Coeur, que en la posguerra albergaba carreras de aficionados y que, aplastadas su piedras verticales e irregulares por dos fuerzas de la naturaleza desatadas llamadas Mathieu van der Poel y Tadej Pogacar, y su voluntad de ganar de cualquier manera, alcanzan en sus escasos 1,000 metros al seis por ciento la categoría de absoluta expresión del ciclismo. Allí, en la calle y en las piernas y las cabezas de quizás los dos mejores ciclistas de la década, codo a codo, dos boxeadores que colaboran contra el pelotón de los cuerdos que exigen sprint, se resumen el Tour y todos los Monumentos. El maillot amarillo contra el nieto de Poulidor. El descenso del Poggio de San Remo, los muros de Flandes, el pavés de Roubaix, los repechos de los Mundiales que ambos han ganado, las cuestas de Lieja y Lombardía. Allí está todo. Pogacar, generoso de una manera diferente del Tour que acaba más alegre que nunca, más niño libre, autónomo, independiente, se entrega entero a la tarea, sin temor a la derrota. Solo teme no intentar ganar. Poseído, loco, frenético, y ligero en su bici amarilla, lo intenta en la primera subida, en la que ya se le une el holandés, y repite en la tercera y última subida, donde es Van der Poel, obsesionado en el duelo y en su amor a las piedras y al Tour que termina tan fuerte, quien da el primer golpe. Después, en el descenso a la plaza de Clichy y en los largos bulevares que les regresan al Arco del Triunfo y de nuevo la gran avenida de los Campos Elíseos espléndida, se saludan, se sonríen, se reconocen como campeones únicos, se relevan y resisten hasta el último kilómetro el regreso del monstruo que quiere a todos iguales. Es entonces, a 500 metros, cuando Van der Poel encuentra aún energía para sus músculos velocísimos, para su fuerza y su sed, y se lanza solo para aguantar hasta la fotofinish, donde lanza la bici y gana por una rueda, sin tiempo siquiera para levantar los brazos, delante de su amigo Jasper Philipsen.
“Llevaba un año pensando en esto; el año pasado estuve enfermo y tuve que ver esta etapa por televisión. Ya estaba pensando en este momento y, tal como se dieron las cosas… es un sueño”, dice Van der Poel, que da a la victoria y a la pelea con Pogacar el valor de una gran clásica, y a la cierta forma en la que, buen hijo, venga a su padre, Adri, derrotado por Bernard Hinault en los Campos Elíseos en 1982, la última vez que un maillot amarillo ganó la última etapa del Tour “Fue durísimo estar ahí arriba con el mejor ciclista del mundo. Todo mi respeto para Tadej. Pensé que nos iban a alcanzar, pero yo solo pensaba en este momento. Simplemente bajé la cabeza en los últimos 500 metros y di todo lo que pude. Esperaba ver aparecer una rueda a mi lado, pero no sucedió”.
Es el gran ciclismo, el abrazo de las clásicas y del Tour en la exaltación del campeón del siglo, Tadej Pogacar. Y su Número 5.
Cuando persiste y firma Van der Poel, el maillot amarillo no puede ya más. “Qué honor haber compartido con Van der Poel, el grande, pero le espero el año que viene en la París-Roubaix”, dice. “Tengo que ganarla”. El único momento en todo su Tour extraordinario en el que levanta el pie agotado. Salvo 500 metros en los Campos Elíseos, todas las anteriores etapas de lo que comenzó y terminó siendo el Tour más caluroso, y acabó como el Tour más rápido de la historia y el de menos duración (no necesitó el esloveno ni 74 horas para recorrer los 3.197 kilómetros a una media de 43,237 kilómetros por hora) fueron una forma de emanación de la voluntad de Pogacar, cuyo dominio determinó desde el segundo día –honor al amarillo fugaz de Vingegaard desgraciado en la contrarreloj por equipos de Montjuïc–, la estrategia de todos los demás. Dos intentaban ganar; cinco jovencitos peleaban por el podio a rueda de sus hermanos mayores, y se crecían a lo Evenepoel feliz y a Del Toro humilde; un par de equipos se organizaba para los sprints, y el resto, los de más presupuesto del mundo, se estructuraba para introducir a sus líderes en las fugas, que hasta hace nada se mutaba en guerra de guerrillas y que este año se ha librado entre ejércitos regulares, tres y cuatro por equipo organizado, y solo grandes ciclistas, como Carapaz –supercombativo y rey de la montaña–, Pedersen –maillot verde– o Van der Poel, podían ganar finalmente.
“No, no estoy más fuerte que en 2024 y 2025”, reflexiona el quinto quíntuple ganador, simpático y dicharachero todos los días, dueño de todos los resortes del Tour. “Los números son los mismos, pero soy mejor ciclista. Todo es pequeños detalles. Y el estado emocional”.
El duelo con Vingegaard lo resolvió Pogacar, que aún no ha cumplido 28 años, en dos golpes pirenaicos, uno de aviso, en Les Angles, y uno de KO, en el Tourmalet y su descenso. Fue la sexta etapa. Quedaban 15 para disertar sobra la bondad para el ciclismo de la existencia de uno que gana siempre y por gran diferencia, como lo hacía Usain Bolt o lo hace Mondo Duplantis, lanzar diatribas y dudas sobre el sistema antidopaje, abuchear al campeón, y rendirse finalmente soñando que Remco Evenepoel, segundo y ganador de dos etapas, algún día podrá ser el Rival, o Paul Seixas, cuarto a los 19 años, o que Isaac del Toro será capaz algún día de ser el amigo del alma para ser el enemigo. Solo la ilusión de la resurrección de Vingegaard, el único capaz de ganarle, y dos veces, el Tour, mantuvo la tensión, derrotada un domingo cualquiera en una rotonda anodina en una carretera comarcal al pie de la subida a un col.
La caída y retirada de Vingegaard liberó finalmente al Pogacar amigo y compañero, capaz de dedicar más tiempo a trabajar por el podio de Del Toro que por sus objetivos egoístas, y para construir espíritu de equipo de una manera que ningún otro gran campeón, patrones despiadados, quiso hacer. “Cuando tienes a tu alrededor un equipo que te apoya, que lo da todo por ti, y somos como ciento y pico de personas, no se trata solo de ganar, sino de todo el equipo, siempre.
Y eso me da la motivación para seguir ganando”, dice, y es tan diferente al Pogacar del 25, que hablaba de aburrimiento y de ganas de terminar y olvidar. “El año pasado, bueno, tenía buena moral hasta, no sé, La Plagne, cuando me estaba congelando en la sala de prensa justo después de la etapa, con la lluvia. Me dolía la rodilla y simplemente me alegré de que se hubiera acabado”.
