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¿Qué queda tras la muerte de la edad dorada de las series y su pico de popularidad? Una industria herida, inflada y perdida


Cuando se emitía Los Soprano, y después también con Breaking Bad y hasta con Juego de tronos, se repitió hasta la saciedad el término “edad de oro de las series”. Este prestigioso latiguillo denominó una época en la que, tras muchos años a la sombra del cine, la ficción televisiva abrazó nuevas temáticas (y presupuestos), contó historias rompedoras de diversos géneros y convirtió las series en la conversación global por encima del cine. Pero Hollywood y el mundo del entretenimiento han cambiado de arriba abajo desde principio de siglo. La industria televisiva ni siquiera es comparable a la de hace una década. La era dorada de las series acabó y también lo hizo el pico de popularidad y calidad de su industria. Ahora se abraza la era de la disminución.

“Veo la televisión como si Mad Men jamás hubiera ocurrido. Estamos de vuelta a donde estábamos. Salvo que hay más”. Es una de las conclusiones del libro Pandora’s Box, de Peter Biskind, un repaso desde sus entrañas a la historia de cómo la televisión dejó de ser “la caja tonta”. El guionista Matthew Weiner (creador de la serie sobre los publicistas) es uno de los citados en más de 300 páginas en las que se detalla cómo se construyó esta edad dorada hasta su punto final con el desembarco de las grandes tecnológicas y el streaming.

El periodista llevaba décadas retratando el cine, como hizo en el libro Moteros tranquilos, toros salvajes a través del nuevo Hollywood en los setenta o en Sexo, mentiras y Hollywood, centrado en el indie de los noventa y Harvey Weinstein. Pero en 2024 eligió la televisión como su campo de estudio. Al fin y al cabo, esta se había convertido en la meca que interesaba al espectador y a los creadores. Pero su historia termina con una nota pesimista: series como Colegio Abbot, Emily in Paris y Ted Lasso volvían a abrazar la televisión amable y cándida de siempre, y cada vez se optaba menos por la creatividad y elementos rompedores. La televisión y las plataformas regresaban a lo que siempre había funcionado, y lo hacían con una industria herida que tampoco poseía las ventajas económicas y comerciales que antes las fortalecían. Porque la televisión ya no era la única pantalla.

El libro desmenuza aquella edad de oro desde que David Chase (escritor que llegaba muy quemado por una televisión inane) logró que le compraran una serie que se salía de los cánones encorsetados del caso de la semana, las pausas publicitarias y los personajes amigables. Nacía Los Soprano, y lo hacía en HBO, cuyos éxitos fueron expositores de los tiempos. En palabras del propio canal, no hacían televisión (al menos no como la que se conocía hasta ese momento): Sexo en Nueva York, Oz, A dos metros bajo tierra, The Wire… rompían con esa definición. Por ejemplo, enseñaban desnudos y proferían tacos. El western Deadwood, otra producción rompedora, soltó el prohibido fuck 2.980 veces, una media de 1,73 fucks por minuto. Pero además despedazaban los cánones narrativos. Crecieron los antihéroes, las historias complejas a las que el espectador debía prestar atención y los personajes y tramas que evolucionaban durante años. No se podía ver un capítulo cualquiera y entenderlo. La revolución fue televisada, así tituló Alan Sepinwall el maravilloso libro sobre esta época donde repasó, hablando con sus equipos, cómo aquellas series, así como Buffy, 24 o Galáctica, dieron un giro al modo de hacerlas y percibirlas.

Un entorno nuevo

Quizás la época estuviera demasiado definida por antihéroes masculinos que acabaron siendo repetitivos y tópicos, pero después llegaron Weeds, Big Little Lies, Homeland o El cuento de la criada. Había relevo porque un grupo de creadores por fin tenía abierta esa puerta y un equipo de ejecutivos estaba dispuesto a arriesgarse y poner el dinero en sus proyectos. Hoy HBO, que sigue produciendo grandes series, apuesta mucho más por franquicias como Juego de tronos, los superhéroes de DC, Dune, It o Harry Potter. Apple TV ha heredado su prestigio, aunque con mucho menos alcance.

Después de la edad de oro, llegó el desembarco de las plataformas y la peak TV, término que describía la ingente producción y que fue acuñado por John Landgraf, jefe del canal FX, que también rompió moldes con The Shield, Fargo, Justified, The Americans o American Horror Story. La explotación televisiva alcanzó un pico anual de 600 series en EE UU en 2022, contaba Landgraf, después de que Netflix, Amazon o Apple abrieran su cartera sin fondo. Pero, desde entonces, la producción ha bajado hasta aproximadamente la mitad. Algunas de las productoras y canales que empujaron el cambio (como Showtime) están extintas.

Fue el estreno de Lilyhammer en 2012 en Netflix lo que dio el pistoletazo de salida. Y House of Cards empujó este desembarco de Silicon Valley en la producción propia hasta convertirlo en un fenómeno. Netflix llegó para arrasar todo, y pronto las plataformas se hicieron reinas globales.

Sin grandes fenómenos

Unos 15 años después, la guerra se ha saldado con Netflix y YouTube en lo alto, y la ficción ya solo es un apartado dentro del negocio de unos gigantes que apuestan cada vez más por el true crime o los videopodcasts, más baratos y con tantos o más espectadores. Así, en 2026, cuesta encontrar series fenómeno. Un estudio de Bloomberg apunta que los grandes éxitos de Netflix pierden entre un 30% (One Piece) y un 70% (Bronca) de público en su segunda temporada. Y este año les está costando lanzar producciones que cautiven (de ahí los finales abruptos de The Boroughs, El problema de los siete cuerpos, Avatar o El refugio atómico). Por eso no es extraño que estén apostando por vídeos cortos y podcasts llegados de YouTube. Las series que copan la conversación global son las más inesperadas, y suelen tener fecha de caducidad temprana: El juego del calamar, Adolescencia, Mi reno de peluche… el resto, se limita a un público de nicho. Prime Video, por ejemplo, ha encontrado su camino dedicándose a las series de adolescentes, rápidas y sin aportar nada más que el visionado pasivo de la antigua televisión. Y además han vuelto aquellas pausas publicitarias odiadas por Chase.

El futuro no parece optimista para la producción de series, dado que esta reflexión llega en un momento en el que la industria del entretenimiento deshoja su porvenir. En EE UU, Paramount busca cerrar la compra de Warner y fusionar sus plataformas: Paramount+ (en España, la mitad de SkyShowtime), Pluto TV y HBO Max. Prometen que no reducirán la producción, pero las anteriores fusiones (como Disney y 20th Century Fox) cuentan lo contrario. Por otro lado, Comcast desliga de su matriz el entretenimiento de NBCUniversal, con visos de vender a Netflix o Apple. Y Lionsgate (productora de Mad Men o Los juegos del hambre) se vende al mejor postor. Esta reunificación y bajada de la producción es algo que pasa allí y aquí. En el Reino Unido, BBC anuncia un plan de despidos de hasta 2.000 personas, y queda por sufrir los efectos de la fusión entre Sky e ITV.

Y en España, los canales en abierto dan las series casi por imposibles mientras Movistar Plus pasa por una reconversión que ha dejado fuera a muchas cabezas directivas que hicieron grande su ficción, si bien promete estrenar hasta 16 series originales al año. El dinero ya no fluye igual, y los deportes, los seudodocumentales y la telerrealidad barata parecen más provechosos. Casi lo único salvable industrialmente son las miniseries cortas. Ya no hay interés en la complicación o en la serialización alargada. Esto es, nada de lo que han hecho siempre a las series, series.

A los periodistas siempre nos gusta atribuir nomenclaturas a las épocas y los fenómenos. La edad dorada de las series, la peak TV, la consolidación de las plataformas, las guerras del streaming… Hoy, en plena posguerra, bienvenidos a la era del repliegue.

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