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23 niños frente un hipopótamo de Pablo Escobar: la batalla legal para llegar a la escuela

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Hay 23 niños que, de camino a la escuela, no despegan los ojos del agua turbia del río Nare. Juran haberlo visto. La ruta escolar se ha convertido en una especie de safari en el que señalan por la ventana de la chalupa y escudriñan el horizonte. Todos en el municipio tienen alguna historia con él: que sus heces espantan al pescado, que se come los cultivos de plátano, que sus huellas miden tres palmos, que les pasó por debajo de la canoa… Nadie habla de otra cosa que no sea el hipopótamo de Puerto Nare. Para Luis y su hermano Diego, no es alguien extraño. Es ‘Selmo’. Su madre sacude la cabeza y les pide que no le cojan mucho cariño porque al vecino le quedan 60 días para el desahucio. Al menos eso dijo un juez.

Lo vieron por primera vez el 27 de julio. Cuando Luis llegó a casa del colegio, le contó a su madre.

-¿Un qué?

-Un hipopótamo, mami. Para que le diga a Diego que vaya con cuidado por si se lo encuentra.

Nancy Tabares Arbelaez sintió que le fallaban las piernas. Cuando tenía cinco años, tuvo el primer encontronazo con uno en Doradal, a 55 kilómetros de Puerto Nare y junto a la Hacienda Nápoles, el zoológico ilegal de 80 especies que creó el capo narco Pablo Escobar hace más de 40 años. Entonces Nancy montaba en bicicleta cuando lo vio bostezando a escasos metros de ella y tuvo que salir corriendo y echarse “la bendición”. Pensar que uno de esos animales merodea hoy cerca de sus hijos es su peor pesadilla. Por eso decidió aunar fuerzas con los vecinos y presentar una tutela para que el Estado tome medidas contra ese mamífero de unas tres toneladas.

Puerto Nare está ubicado entre los departamentos de Antioquia y Boyacá, en el centro de Colombia, por donde atraviesa el río homónimo al municipio, que desemboca en el río Magdalena, la principal arteria fluvial del país durante siglos. Aquí la vida está ligada completamente al agua. Los pescadores faenan desde niños y beben directamente de los afluentes, las mujeres limpian las ropas de la familia en la orilla y este es también el parque de los niños, que juegan a tirarse en un punto y dejar que se los lleve la corriente. El río es la avenida principal por la que llegan al médico, entierran a sus muertos o van a la escuela. Es, como dicen ellos, su riqueza.

Juber Martínez, abogado y expersonero de este municipio rural rodeado de ceibas, yarumos y plataneras, fue el responsable de recurrir a este rápido mecanismo constitucional que busca blindar la seguridad de los menores. El juez les dio la razón a principios de septiembre y ordenó a Corantioquia, la autoridad ambiental a cargo, tomar medidas en 60 días; un fallo que apeló con rotundidad. “Dos meses nos parece un tiempo muy amplio para la ejecución de una medida que puede poner en riesgo real a los niños que están cruzando por el lado del hipopótamo dos veces al día”, cuenta. Y añade: “Ya hay planes de manejo que prueban que la mejor opción es una medida letal. De nada sirve volver a plantear opciones que ya fueron descartadas por los científicos”. Corantioquia rechazó la entrevista con este medio.

El debate sobre qué hacer con los hipopótamos lleva casi medio siglo vigente. Con la caída de Escobar, estos mamíferos pasaron a ser responsabilidad del Estado, quien los mantuvo en la Hacienda Nápoles, el zoológico que montó el jefe narco a principios de los ochenta con especies traídas ilegalmente del extranjero. Otros animales de menor porte fueron trasladados a zoológicos del país, pero el control de esta especie introducida se les salió de las manos. Los hipopótamos se reprodujeron con gran facilidad, pues no tenían depredadores ni estaciones de sequía como las de África, y empezaron a colonizar gran parte de esta región del Magdalena medio. Actualmente, se reproducen un 4% más que en los países de donde son endémicos y suman unos 200 ejemplares distribuidos en un área de 2.000 kilómetros cuadrados. Una superficie mayor al tamaño de Bogotá. Recientemente, se encontró un hipopótamo en Barrancabermeja, a más de 300 kilómetros de la hacienda.

La ‘papa caliente’ del Estado

Los hipopótamos se mueven en clanes. En algún momento, dos machos se enfrentan y uno de ellos es expulsado y obligado a buscar otro territorio. El que habita el río Nare tiene rasgaduras en el lado derecho del lomo y la oreja izquierda, posible evidencia de una agresión. Esto hace sospechar a los expertos que pronto podrían terminar siendo un grupo y no un solo ejemplar. Las estimaciones son apabullantes. De seguir en este limbo, para 2050 podrían ser 1.000 hipopótamos y ocupar unos 13.000 kilómetros cuadrados. Unas siete bogotás. “El manejo de estos individuos ha sido una papa caliente de un gobierno tras otro”, asegura Germán Jiménez, biólogo, profesor de la Universidad Javeriana y experto en especies invasoras. “Mientras nadie hace nada, este problema no hace sino crecer”, dice.

¿La razón? Los costes económicos y políticos. Por un lado, ser el Gobierno que sacrificó a decenas de estos animales carismáticos no es buena propaganda. Los animalistas del país llevan también años hilando un discurso que los humaniza y que apoya su conservación, a pesar de los impactos ambientales ya constatados por la ciencia y los propios pobladores afectados. Además, actualmente hay unas 8.000 personas en Antioquia que se benefician directa o indirectamente del turismo asociado con el avistamiento de hipopótamos, según estimaciones de Jiménez. Otro puñado de personas se lucra de la venta ilegal de las crías y de los colmillos. “La decisión de aprobar la eutanasia es muy necesaria para conservar nuestros ecosistemas”, asegura Nataly Castelblanco, bióloga y miembro del equipo de Biodiversos Colombia.

Durante décadas, se valoraron todas las opciones posibles: crear una reserva, castrarlos, caza de control y eutanasia. Cada posibilidad ha abierto un cisma entre ecologistas y animalistas y entre diferentes grupos políticos. En abril, la exministra encargada de Ambiente Irene Vélez aprobó, a la carrera y casi al fin del mandato de Gustavo Petro, un plan de manejo que incluía el sacrificio de los hipopótamos que representen un peligro para las comunidades y castraciones del resto de la población y aseguró haberlo dejado ya presupuestado. El Gobierno de Abelardo de la Espriella y el nuevo ministro de Ambiente, Fabio Arjona, dieron un nuevo giro de 180 grados.

En una entrevista con EL PAÍS el mismo día de su nombramiento, Arjona no solo rechazó la posibilidad de “matarlos”, sino que auguró un “santuario” al estilo de “Jurassic Park” que, además, estaría financiado por el multimillonario indio Anant Ambani, quien meses antes se había comprometido con el traslado de 80 ejemplares a la India. Dos meses después de estas declaraciones y con el avivado debate tras conocerse en el país el caso de Puerto Nare, Arjona bajó el tono y prometió nuevas mesas de diálogo y una app de monitoreo. Del santuario, ni las autoridades ambientales consultadas ni los vecinos entrevistados tienen más detalles. Mucho menos, el presupuesto.

Juan Aguirre se funde en un suspiro. “¿De qué más quieren que hablemos?“, se pregunta. ”Necesitamos que resuelvan, no que le den vuelta a lo mismo. Es un problema del berraco”, critica. A pocos metros de su casa hay una especie de tobogán gigante —ellos los llaman canelones— creado por los hipopótamos cada vez que suben a la tierra en busca de alimentos. Este es uno de los múltiples deterioros que dejan en el ecosistema. Cada individuo se alimenta diariamente de unos 70 kilos de pasto y expulsa alrededor de 50 kilos de heces al río. El hambre los obliga en ocasiones a acercarse a las fincas de los ganaderos o a comer los cultivos de banano.

Las andanzas diarias de individuos de tres o más toneladas también tienen consecuencias ambientales desastrosas en el suelo y su presencia está empezando a desplazar especies autóctonas como el manatí antillano, el chigüiro y las nutrias. “¿Cómo vamos a crear un santuario para una especie que no solo no es endémica, sino que está afectando así nuestra flora y fauna? Seríamos el primer país en hacer algo así de descabellado para una especie invasora y ese dinero podría invertirse en proteger nuestra diversidad“, explica Castelblanco.

El impacto también es económico. En esta región hay muchos pescadores, como Marcelino Salazar, quien dejó de pescar por miedo y que busca ahora cómo traer comida a la casa. Para otros, como Álvaro Sacra Molina Pérez, un pescador de Las Angelitas, una comunidad a 40 minutos en lancha de Puerto Nare donde conviven diariamente con una quincena de hipopótamos, es un riesgo que tienen que correr. “Los pescadores somos como los ladrones. Los dos sabemos que si nos cogen nos matan, pero seguimos. ¿Pero qué más voy a hacer yo siendo analfabeto? ”, lamenta mientras enmienda una malla de pesca. Hace dos semanas, un hipopótamo se tropezó con esta red que buscaba enredar bagres y bocachicos y la destrozó en segundos. Sacra calcula que se demorará ocho días en coserla.

“Están esperando a que muera alguien”

La novedad para los habitantes de este municipio de poco menos de 15.000 habitantes es el hipopótamo Selmo. El plan de cada día desde que apareció es ahora asomarse al puente y tener la cámara encendida por si se deja ver. Muchos lo hacen directamente desde la moto. Todos suben videos a Facebook con el zoom al máximo y celebran haberlo avistado. Vanessa Arango, secretaria de la junta de acción comunal, critica a los animalistas y a quienes lo ven como un atractivo turístico. “Eso está muy bonito desde arriba. Como ellos vienen y se van en su carro. Pero yo ando en canoa. Y le aseguro que así de cerca no se ven tan bonitos”, narra. El miedo no es una exageración.

Los hipopótamos son muy temidos en África, donde causan 500 muertes al año. En Colombia, hay al menos cuatro personas que han tenido accidentes directos; una de las víctimas tiene ahora problemas de movilidad. “Están esperando a que muera alguien. Ahí sí van a decir que hay que hacer algo corriendo”, dice la joven. La agresividad de los hipopótamos —tanto hembras como machos— se debe al nivel de testosterona que producen, una hormona que aumenta cuanto mayor es la población. Eso explica que los ejemplares colombianos sean aparentemente más dóciles que los africanos. Sin embargo, si la población llega a los 1.000 animales para 2050, como se estima, nadie se atreve a afirmar que seguirá siendo así.

Cuando atardece en el Doradal, Leonardo espera apoyado en su moto a que su novia salga de la cárcel en la que trabaja a escasos pasos de la Hacienda Nápoles. Se adelanta 30 minutos para sentarse frente a uno de los lagos donde hay más hipopótamos. Es un estanque abierto a la carretera en el que se presume que hay una veintena. La idea de la eutanasia le hace reír condescendientemente. “Imposible. Aquí nadie va a dejar hacer algo así. Ni los paisas ni los grupos armados”, zanja. Cuando su pareja sale del trabajo, se emociona al ver cuatro hipopótamos mostrando medio rostro y uno de ellos bostezando. “Quedémonos un ratico más, que hacía rato no salían tantos”, le pide. Leonardo no tiene miedo. Asegura que a ellos no les hará nada. “Es raro de explicar, pero con uno son tranquilos. Es uno de los nuestros”. Eso mismo piensan Luis y Diego de Selmo.


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