MI CIUDAD

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Rotas, pero avanzando

El sábado no empezó como una catarsis, empezó como empiezan las cosas que prometen ligereza: un cumpleaños, unas cervezas frías, mujeres adultas que estudian la Licenciatura en Psicología intentando recordar que también saben reír sin analizarlo todo. La mesa era larga, las risas sonaban fuerte y por un momento éramos solo eso, mujeres celebrando, mujeres que se permiten un respiro en medio de agendas apretadas y responsabilidades que no se delegan.

Pero las mesas —cuando hay confianza— se convierten en refugio.

Entre brindis y anécdotas apareció la primera grieta, luego otra y otra más; historias de pérdidas que no se superan del todo, duelos que no se publican, amores que dejaron marca, abusos de poder que no siempre tuvieron justicia. La carcajada fue bajando el volumen hasta transformarse en un silencio respetuoso y después en lágrimas que rodaban sin permiso. No eran lágrimas débiles, eran lágrimas acumuladas, lágrimas que habían esperado una mesa segura para salir.

Y ahí, mientras escuchaba, me hice una pregunta que no me ha soltado desde entonces: ¿cómo le hemos hecho para seguir aun rotas? Porque sí, estábamos rotas, algunas por dentro, otras por fuera, otras en lugares que ni sabíamos que dolían, y sin embargo ahí estábamos estudiando, trabajando, criando hijos, emprendiendo, pagando cuentas, sosteniendo familias, riendo cuando se puede. Funcionales. Avanzando.

Tal vez la pregunta correcta no sea cómo seguimos rotas, sino cómo hemos aprendido a avanzar con cicatrices, como ese arte japonés que no esconde las grietas sino que las rellena con oro para recordar que algo se rompió y fue reparado con dignidad. No volvimos a ser las mismas, nos volvimos otras, más conscientes de nuestras fracturas pero también del brillo que dejaron, porque la herida trabajada no desaparece, se transforma.

Se acerca el 8 de marzo y el calendario parece recordarnos que somos mujeres en un mundo que todavía nos mide distinto, pero aquella noche entendí algo más amplio: antes que género, somos personas habitando un mundo lleno de vicisitudes, y romperse no es exclusivo de nadie. Me imagino —porque sería ingenuo pensar lo contrario— que los hombres también cargan sus propias fracturas silenciosas, quizá no siempre las nombran, quizá no siempre encuentran una mesa donde llorarlas, pero las tienen; el dolor no distingue cromosomas, la pérdida no pregunta identidad, el miedo no revisa actas de nacimiento.

El 8 de marzo sirve para recordar luchas, conquistas y pendientes, para agradecer a quienes antes que nosotras abrieron camino, pero también puede servir para algo más íntimo: reconocer que sanar es una alternativa que no conoce género, que acompañarnos importa, que escuchar salva y que reconocer nuestras grietas no nos hace menos fuertes, nos hace profundamente humanos.

Aquella noche no resolvimos la vida de nadie, no salimos intactas ni reparadas por completo, no hubo frases mágicas ni soluciones definitivas, solo hubo algo profundamente poderoso: estar, sostener, permitirnos quebrarnos sin dejar de avanzar. Tal vez eso sea la verdadera resistencia, no la de quien nunca se rompe, sino la de quien se recompone y sigue caminando con cicatrices visibles y dignas.

Seguir, aun cansadas, aun con miedo, aun con dudas. Seguir.


Dedicada con amor a todas las personas que han vivido situaciones difíciles y, a pesar de las grietas, siguen avanzando.