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ReconoceR: la resaca del 14 de febrero

El 14 de febrero ya pasó y cumplió su misión: hubo flores, chocolates, memes, mensajes copiados, cenas improvisadas y uno que otro “igual para ti” enviado con precisión milimétrica. La fecha se obedeció con entusiasmo, con cariño o con puro sentido del deber romántico, y ahora queda el silencio después de la algarabía, los globos medio desinflados y la vida retomando su ritmo sin filtros ni envolturas.

Y justo ahí empieza lo interesante.

Porque, pasada la fiesta colectiva, también vale una felicitación por todo lo que no publicas: por lo que sostienes día tras día, por las decisiones que tomas sin aplausos, por la constancia silenciosa que mantiene en marcha familias, proyectos y vidas enteras. La vida adulta tiene poco de espectáculo y mucho de continuidad, de resolver, de adaptarse, de seguir avanzando aunque nadie esté narrando el proceso.

Este es un brindis —con café, con agua o con lo que tengas a la mano— por quienes cuidan, proveen, acompañan, trabajan, educan, reparan, escuchan y siguen presentes incluso cuando están cansados. Por las madres y los padres que hacen malabares con el tiempo, por las mujeres que sostienen más de lo que se reconoce y por los hombres que cargan responsabilidades enormes con la misma discreción. Cada quien desde su trinchera, muchas veces sin reflector y sin pausa.

La resaca del 14 no es tristeza ni vacío: es el regreso a lo esencial, a lo que permanece cuando se guardan los adornos. Y en ese terreno más sobrio, más honesto, aparece algo profundamente valioso: la certeza de que seguimos construyendo vida —en femenino, en masculino y en todas sus formas— con lo que somos y con lo que hemos aprendido en el camino.

Que la algarabía haya sido solo el preludio. Lo verdaderamente admirable es todo lo que continúa después.

Leticia Pérez Medina
Autora de la columna ReconoceR