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Las lecciones del estudio Milgram, el perturbador experimento sobre la obediencia ciega que se sigue replicando hoy en día

En junio de 1961, apareció un anuncio en el periódico de Connecticut New Haven Register, reclutando a personas para un experimento en la Universidad de Yale que sonaba inocuo: “Te pagaremos US$4 por una hora de tu tiempo. Se requieren personas para un estudio de la memoria”.

Se buscaban trabajadores de fábrica, barberos, empresarios y una amplia variedad de otros profesionales, según el anuncio. No se necesitaba educación especial ni experiencia. Los interesados debían enviar sus datos por correo a Stanley Milgram, profesor del Departamento de Psicología de Yale.

Cuarenta hombres terminaron inscribiéndose a la prueba inicial del experimento. Entraron en un laboratorio, bajo el pretexto de una tarea de aprendizaje de palabras, se les pidió que administraran descargas eléctricas a un desconocido, que podían llegar hasta un nivel potencialmente letal.

La mayoría de los hombres -26 de los 40, o el 65%- acabaron aplicando la descarga máxima y letal. En estudios posteriores con otros voluntarios, la mayoría aplicó la máxima descarga incluso si la víctima se presentaba como paciente con un problema cardíaco o si se la oía suplicar para ser liberada.

Los hombres no tenían ni idea que los shocks eran en realidad falsos y que todo el estudio estaba amañado. No se trataba en absoluto de la memoria. En cambio, era un estudio sobre la obediencia y la crueldad, que se convertiría en uno de los ejemplos más conocidos de personas comunes haciendo cosas brutalmente impensables cuando se les ordenaba hacerlo en un laboratorio.


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