MI CIUDAD

RECONOCER Los desafios de conectar y su impacto en la salud mental

¿Cuántas veces hemos dejado de escuchar a alguien porque estamos convencidos de que ya sabemos lo que va a decir? Nos ocurre entre personas, se reproduce entre instituciones y adquiere una complejidad todavía mayor cuando cambia un gobierno, porque entonces no solamente entran en juego nuestras diferencias de opinión, sino la continuidad de programas, servicios y decisiones que afectan la vida de otras personas. Y aunque parezca que hablamos de asuntos distintos, quizá estemos frente a una misma dificultad humana: reconocer que nuestra manera de comprender la realidad no es la única.

Hace poco, el profesor Mantilla compartió una reflexión que me sigue acompañando: la verdad existe, pero nuestra perspectiva sobre ella es parcial, aceptar que jamas seremos dueños de toda la verdad, me parece una idea particularmente necesaria en tiempos en los que confundimos con facilidad nuestras convicciones con la totalidad de los hechos, porque cada persona mira desde su experiencia, sus conocimientos, sus heridas y sus intereses, y aunque esa mirada pueda ser legítima, difícilmente alcanza para comprender por sí sola la complejidad de lo que sucede alrededor. Escuchar al otro no implica darle la razón, como reconocer una perspectiva diferente tampoco significa renunciar a la propia; significa admitir que puede haber algo que todavía no hemos visto.

En las relaciones personales, las consecuencias de no hacerlo pueden ser el distanciamiento, los malentendidos o las conversaciones que nunca llegan a producirse. En las instituciones, el problema adquiere otras dimensiones: cada dependencia tiene atribuciones, procedimientos, recursos y responsabilidades específicas, una organización necesaria para distribuir el trabajo, pero insuficiente cuando los problemas que enfrenta la población atraviesan varias áreas al mismo tiempo. La Organización Mundial de la Salud ha insistido en la importancia de integrar y coordinar los servicios de salud alrededor de las necesidades de las personas, precisamente porque esas necesidades no se presentan divididas según la estructura de las instituciones.

Pensemos en alguien que necesita atención en salud mental. Su situación puede involucrar servicios médicos, acompañamiento psicológico, condiciones familiares, dificultades laborales o necesidades de apoyo comunitario, cada instancia puede cumplir correctamente la parte que le corresponde y, aun así, la persona enfrentar obstáculos si no existen mecanismos para dar continuidad a su atención. No necesariamente porque alguien haya decidido desatenderla, sino porque la suma de esfuerzos individuales no equivale automáticamente a una respuesta coordinada.

Y entonces aparece un desafío todavía más complejo: los cambios de gobierno. Una administración termina y otra comienza con nuevas prioridades, equipos de trabajo y propuestas; esa renovación forma parte de la vida pública y puede abrir oportunidades para corregir, ampliar o transformar políticas. Sin embargo, también obliga a resolver preguntas que deberían trascender las diferencias políticas: ¿qué programas han demostrado resultados?, ¿cuáles necesitan ajustes?, ¿qué capacidades institucionales deben conservarse?, ¿cómo asegurar que los cambios administrativos no interrumpan innecesariamente la atención de quienes dependen de un servicio?

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ha señalado la importancia de contar con responsabilidades claras, mecanismos de coordinación y capacidades administrativas para traducir las prioridades políticas en acciones coherentes, incluso durante las transiciones de gobierno. El desafío, por tanto, no consiste en impedir que cada administración tenga un proyecto propio, sino en construir instituciones capaces de evaluar lo realizado, aprender de la experiencia y sostener aquello que sigue siendo útil para la población.

Durante septiembre, en este espacio, hablamos del suicidio y de la necesidad de mirar más allá de las cifras para reconocer la complejidad de las circunstancias humanas. En octubre hemos reflexionado sobre las instituciones que intervienen en la atención de la salud mental, sus atribuciones, sus límites y la importancia de conectar esfuerzos. Al llegar al cierre de esta serie, encuentro que ambas reflexiones nos conducen al mismo lugar: ninguna persona, institución o administración posee por sí sola todas las respuestas, y reconocerlo no representa una debilidad, sino una condición para construir soluciones que respondan mejor a la realidad.

Conectar no significa pensar igual, compartir una ideología ni renunciar a las diferencias. Tampoco significa conservar indefinidamente cualquier programa por el simple hecho de que ya existe. Significa contar con la disposición de escuchar, con información suficiente para evaluar y con mecanismos que permitan distinguir entre lo que debe cambiar y lo que merece continuar. Significa comprender que los servicios públicos no son una conversación privada entre quienes llegan y quienes se van, sino una responsabilidad frente a personas cuyas necesidades no se suspenden mientras cambian las autoridades.

¿Y qué sucedería si conectamos? Quizá descubriríamos que no necesitamos pensar igual para hacernos bien, ni borrar las huellas ajenas para dejar las nuestras. Y quién sabe, entre tantas verdades a medias, terminamos haciéndole el amor a las coincidencias y aprendiendo a seducir nuestras diferencias.

Escrita por Luisa Pérez, fiel admiradora de las vicisitudes humanas.