RECONOCER.
La salud mental también se refleja en el presupuesto
En nuestra columna anterior reflexionamos sobre la fragmentación de los servicios de salud mental y las dificultades que enfrentan las personas cuando sus necesidades no encuentran respuesta en una sola institución. Hoy resulta necesario mirar otro elemento de esa realidad: los recursos públicos, porque la posibilidad de recibir atención oportuna también depende de las prioridades que establecemos como sociedad.
En México, el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP) advirtió que la propuesta presupuestal para 2026 contemplaba una reducción real del 2.5 % en los recursos federales identificados para salud mental respecto de 2025, una disminución que adquiere mayor relevancia cuando reconocemos que la atención psicológica y psiquiátrica requiere profesionales, infraestructura, prevención y continuidad en los tratamientos.
En Querétaro, las cifras permiten observar el trabajo que se realiza desde los servicios públicos. Durante 2025, los siete Centros Comunitarios de Salud Mental y Adicciones reportaron 9 mil 600 consultas, mientras que las actividades de prevención y sensibilización alcanzaron a más de 148 mil personas en los 18 municipios. Son esfuerzos importantes, aunque el número de atenciones no permite conocer por sí solo cuántas personas permanecen sin acceso a los servicios o si quienes reciben atención encuentran el acompañamiento que necesitan.
El presupuesto no es solamente una expresión económica, también refleja decisiones sobre el bienestar colectivo, sin embargo, disponer de recursos y contar con instituciones especializadas no garantiza que las personas encuentren respuestas integrales, particularmente cuando las necesidades emocionales, familiares y sociales trascienden las competencias de cada servicio.
¿Y si comenzamos por conectar y reconectar? Entre individuos, comunidades e instituciones, recuperando algo de aquellas sociedades donde las personas no solamente se conocían, sino que también se reconocían, se acompañaban y se cuidaban unas a otras. No se trata de idealizar el pasado, sino de reflexionar sobre nuestra capacidad de construir vínculos en un tiempo en el que podemos vivir rodeados de personas y, aun así, sentirnos profundamente solos.
México atraviesa tensiones que no son exclusivamente políticas. También se manifiestan en la manera en que nos relacionamos, discutimos, juzgamos y, en ocasiones, dejamos de escucharnos. Las diferencias de pensamiento, de condiciones económicas, de generaciones y de experiencias siempre han existido, pero preocupa cuando esas diferencias se convierten en motivos para descalificar o excluir al otro.
Quizá el desafío no consista únicamente en destinar más recursos o ampliar los servicios, sino también en recuperar la capacidad de encontrarnos, reconocernos y comprender que el bienestar de los demás nunca debería resultarnos ajeno.
Escrita por Luisa Pérez, fiel admiradora de las vicisitudes humanas.



