México, el reducto de la izquierda en una América Latina que se pliega a la ultraderecha
Los cuatro líderes lucen sonrientes en la foto que les tomaron, hace escasos dos años, durante la Cumbre del G-20 celebrada en Brasil. En ella, las manos del chileno Gabriel Boric, del colombiano Gustavo Petro y del brasileño Luiz Inácio Lula da Silva se juntan en señal de alianza con las de la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, que entonces celebraba el encuentro con sus “amigos” en la región. La imagen, testimonio de un momento político que se ha evaporado en un suspiro, es hoy el triste recordatorio de la soledad cada vez mayor que rodea a la mandataria, la única dirigente progresista, junto con el uruguayo Yamandú Orsi, en una región que se pliega a marchas forzadas a la ultraderecha. Antonio Kast, Abelardo de la Espriella, tras su victoria en primera vuelta, muy posiblemente, Flávio Bolsonaro, han borrado de la foto de familia a cada uno de los aliados naturales del México morenista.
El año 2026 ha sido aciago para la izquierda latinoamericana y Sheinbaum se ha quedado en un rincón especialmente incómodo después de que este domingo, contra lo vaticinado en las encuestas, el hijo del expresidente Bolsonaro —quien está preso por un intento de golpe de Estado y arropado por el mandatario estadounidense, Donald Trump— se impusiera al izquierdista Lula. Queda la segunda vuelta, ante la que Sheinbaum se ha mostrado cautelosa, habida cuenta de que el escenario puede ser realmente adverso para ella, pero sí ha apuntado claramente al riesgo de injerencia en los próximos comicios presidenciales, en 2030. “La derecha internacional quiere intervenir, lo hemos estado denunciando permanentemente”, ha dicho sin ambages, en referencia a la embestida del gigante anglosajón en los países del sur del río Bravo: a veces en forma de presión, a veces en forma de apoyo o rechazo económico, a veces, como en Venezuela, interviniendo directamente.
“El partido gobernante y sus seguidores del partido han recrudecido una narrativa que, si bien tiene un cierto asiento en la realidad, se está convirtiendo en una teoría de la conspiración”, señala Mario Santiago, experto en ultraderecha del Instituto Mora. “Hay esta idea de que lo que está pasando en Brasil confirma que hay una intervención absoluta del imperio estadounidense y que va a pasar acá. Eso va a condicionar discursos y prácticas cada vez más radicalizadas”, añade. México ha sido y sigue siendo un dique contra la ultraderecha en el plano político. El régimen de partido único del PRI, que abarcaba corrientes de todo el espectro, blindó al país frente a esa grieta que en los últimos años se ha ido ensanchando en todos los países. Otra cosa es el plano social y cultural, donde las grandes discusiones de la política occidental han permeado y tienen eco también en la sociedad mexicana.
Ningún evento corresponde ya solo a la esfera internacional, las fichas internas se mueven al tiempo que lo hace el tablero exterior. Así, mientras el Gobierno de Sheinbaum se prepara para hacer frente a cualquier intento de Trump de hincarle el diente a México —no por casualidad acaba de impulsar una reforma que prohíbe la doble nacionalidad a los cargos públicos—, la derecha mexicana se cobija en la victoria de Bolsonaro e intenta subirse a la ola ultra.
El dirigente del conservador PAN, Jorge Romero, ha consumado su rendición a la corriente ultraderechista con una felicitación al líder brasileño que deja poco margen a la duda. “¡Enhorabuena, Flávio! Cuentas con Acción Nacional como tu aliado en México”, ha escrito el panista, que busca desesperadamente un hueco para su partido dentro de la apisonadora morenista y trata de replicar las fórmulas que están triunfando fuera. Lejos ha quedado la polémica Carta de Madrid, la declaración institucional con la que el líder ultra español Santiago Abascal buscó aunar en 2021 a las derechas de Hispanoamérica. El apoyo de algunos miembros del partido, como el senador Julen Rementería, que entonces coordinaba el grupo parlamentario, forzó la condena y el deslindamiento de la dirigencia nacional, que cinco años después ha abrazado a su sector más radical.
El giro ha sido gradual, apunta el experto, pero tuvo su punto de inflexión tras la debacle electoral de 2024, que arrinconó a la oposición mexicana a un papel totalmente marginal. La siguiente oportunidad está en las elecciones locales y estatales de 2027, que serán cruciales para definir el marco político mexicano de los próximos años. El problema al que se enfrenta la derecha, dice Santiago, es que “no hay un espacio que articule” el rechazo al Gobierno morenista, como sí lo hace el bolsonarismo con las diversas corrientes antiPT en Brasil. “Varios de los otros candidatos menores [brasileños], cuyos porcentajes son testimoniales, serán clave en la segunda vuelta, y no son extrema derecha, pero sí son anti PT”, detalla.
México está lejos de ese escenario a nivel partidista, pero las aguas subterráneas se mueven y pavimentan el terreno para una potencial sacudida. En ese terreno actúa el empresario Ricardo Salinas Pliego, que hace política desde su propia tribuna mediática y agita las redes y el descontento. “En el cálculo de Salinas Pliego no está la candidatura. Algo que ha aprendido su equipo, que está vinculado a los de Trump, Milei o Bolsonaro, es que el candidato se puede hacer a última hora. Es lo menos importante. Lo que interesa es crear las condiciones. Ahí tenemos que poner la atención, porque el PAN no está creando condiciones para hacer un frente político, en cambio, Salinas Pliego, sí”, argumenta Mario Santiago.
Salinas Pliego es, desde hace tiempo, uno de los principales rostros reconocibles de la oposición a Sheinbaum, al menos en el plano mediático, en el que se ha volcado con disciplina a la polémica diaria. La mandataria mexicana, fuerte en aprobación dentro y fuera del país, ve cómo sus principales aliados caen en algunos de los territorios más importantes para articular un frente con capacidad real para plantar la batalla. Del lado latinoamericano, Brasil pende de un hilo. En Europa, el Gobierno de Pedro Sánchez, con quien Sheinbaum se ha congraciado tras superar los desencuentros por la Conquista, ha adelantado el llamado a las urnas para este noviembre. En ese mes se concretará cuán sola se ha quedado Sheinbaum y qué le espera a un México que ya es, quizá, el último faro de la izquierda en un mapa teñido de azul.


