Lo que todavía nos enseña Ayotzinapa
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Hace 12 años de uno de los acontecimientos que más hondo ha atravesado política y emocionalmente a México durante los últimos tiempos. La desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa despertó algo medio dormido: se había rebasado el límite de lo tolerable y una ola de indignación marcó el principio del fin de aquel gobierno priista, retratado como el símbolo de la impunidad ante el horror. Más de una década después, tres gobiernos diferentes, más 150 detenidos entre policías, políticos, militares y supuestos narcos, lo único que se ha encontrado de los 43 muchachos son los restos de pequeños trozos de hueso de tres de ellos.
La marcha de este sábado, como cada 26 de septiembre, ha sido encabezada por los padres y madres de los 43, que avanzaban por las principales avenidas de la capital escoltados por cientos de estudiantes de otras escuelas rurales. Mi compañera Sara España cuenta en su crónica de la marcha que, a su llegada al Zócalo, desplegaron una gran manta roja y unas placas con forma de ataúd con la palabra justicia inscrita en la tapa. Volvieron a sonar los lemas de rabia y justicia —“Vivos se los llevaron, vivos los queremos”— y regresaron también los choques con la policía en algún tramo de la marcha.
El recorrido había comenzado en la plaza del Ángel de la Independencia. Muy cerca de allí, a cuatro calles sobre el mismo Paseo de la Reforma, hay un edificio abandonado. Un cascarón hueco de 16 plantas con una fachada de espejo mugrienta cayéndose a pedazos. Era el cuartel general de la Procuraduría General de la República, los primeros en encabezar la investigación del caso. El fiscal del gobierno priista de entonces, José Murillo Karama, pasa sus días en arresto domiciliario acusado de desaparición forzada, tortura y prevaricación por orquestar un montaje para cerrar apresuradamente el caso.
Frente al edificio en ruinas, todavía quedan también restos del campamento que levantaron algunos familiares de los 43 estudiantes. Hay carteles amarillentos con la cara y nombre de los muchachos y alguna tienda de campaña. Es la imagen del abandono del caso, empantanado pese a los intentos por avanzar de los últimos gobiernos morenistas. Pero también es la prueba de la tenacidad y persistencia de los familiares, un ejemplo de dignidad que ha resistido los golpes del tiempo, la frustración por la falta de resultados y el desamparo institucional. Una lección de Ayotzinapa que, esta sí, continúa en pie y encarnada por tantos familiares de personas desaparecidas que siguen respondiendo ante lo intolerable.
Las últimas han sido decenas de mujeres llegadas desde Michoacán, Jalisco, Tamaulipas o Veracruz. Llevan semanas plantadas frente a la puerta de un nuevo edificio de la Fiscalía Federal. No muy lejos de la antigua sede, han montado un campamento, incluida una cocina improvisada bajo una carpa, muebles improvisados en pequeñas mesas o bancos de plástico con varios celulares cargando al mismo tiempo. Todo cubierto de listones colgados sobre los que hay retratos de hombres y mujeres, algunos jóvenes, otros más mayores. Todos desaparecidos hace años.
Mi compañera Erika Rosete estuvo con ellas y le contaron sus historias de abandono por parte de las instituciones de sus Estados. Tampoco parecía que fueran a tener respuesta de la Fiscalía federal. Pero hace una semana, tras casi un mes de plantón y un recurso de amparo mediante, un juez obligó a la fiscalía, por lo menos, recibir las más de 50 denuncias de estas mujeres que no están dispuestas a tolerar lo intolerable.

