La rabia de los jóvenes por la vivienda activa la cuenta atrás en el reloj de Sol: 48 horas para un decreto real
La rabia acumulada en España desde hace unos años por la permanente crisis de acceso a la vivienda, sobre todo entre los más jóvenes, ha tomado el centro de Madrid. Miles de ellos que siguieron la semana pasada por televisión el desahucio de una mujer de 87 años a manos de una empresa de inversión se manifestaron por las calles del centro de la ciudad, al acabar, muchos desplegaron sus tiendas de campaña en la Puerta del Sol. De ahí no se van a mover, como los que abanderaron el 15-M hace 15 años. A la mañana siguiente, el domingo, quedó claro que habían logrado crear una pequeña república, con sus políticas y lógicas internas, para canalizar sus frustraciones. La sensación de que el mundo no es inamovible y se puede cambiar lo invadió todo.
A David Suárez le dijeron que si estudiaba y se esforzaba en la vida conseguiría todo lo que se propusiera. Él dice que cumplió, que se sacó una carrera universitaria, un máster y que ha trabajado estos años en empresas importantes. Sin embargo, a sus 32 años comparte piso con dos amigos y ve muy difícil, al menos a corto plazo, tener una casa para él solo. Conseguir una entrada para un piso le parece imposible. “Te sientes un fracasado”, explica con los ojos vidriosos. El caso de Maricarmen, la anciana sola y en silla de ruedas a la que expulsaron de su casa, le indignó hasta ponerse rojo, pero al mismo tiempo le conmovió ver a toda esa gente que intentó que la policía y la comitiva judicial no lo lograran. Sintió que de esa fricción brotó algo que puede llegar a ser muy poderoso. “Y aquí estoy. Y no me pienso ir hasta que haya cambios de verdad”, dice sin dudar.
El campamento levantado ahora en Sol es casi idéntico al del 15-M, el movimiento espontáneo de indignación que llevó a la juventud en 2011 a instalarse precisamente aquí en protesta contra la clase política y el sistema. Aquello paralizó el país durante meses. Esa sacudida, vitaminada por las redes sociales, transversal y sin afiliación partidista en un inicio, acabó con el bipartidismo y con la forma de entender el ejercicio de la política hasta ese momento. Aquello generó movimientos espejo en Barcelona, Valencia y Vigo; en Bruselas, Londres y Nueva York. La protesta de ahora no tiene de momento esa dimensión, todavía resulta imposible saber hasta dónde llegará. Lo que tiene, y puede ser la clave de su éxito, es un objetivo concreto en un tiempo limitado: cambiar las políticas de vivienda en las próximas 48 horas.
Los acampados, reunidos en asamblea, han acordado exigir al Gobierno que no haya más casos como el suyo. Le piden al presidente Pedro Sánchez y a sus socios de investidura que dejen sus diferencias y aprueben este martes en el Congreso lo que ya llaman el decreto Maricarmen, que contiene varias reformas profundas. El borrador que regula el mercado inmobiliario permanecía guardado desde julio, cuando no logró una mayoría para salir adelante, pero parece que la presión social puede llevar a los partidos políticos a no querer salir retratados esta vez. Ahora cuentan con la presión de la calle. Las posturas de los partidos están muy alejadas. Mientras Sumar o Podemos hablan de expropiaciones y congelación de los alquileres, Junts y PNV abogan por facilitar la construcción de vivienda y las desgravaciones fiscales a los propietarios. Llegar a un acuerdo que contente a todos y no decepcione a los jóvenes en Sol va a ser un trabajo de ingeniería política contra reloj.
Del Congreso de los Diputados a Sol no hay más de seis minutos andando, en línea recta. Aquí han levantado otra especie de parlamento en el que nadie tiene el tratamiento de excelentísimo. Se pide el turno levantando la mano, se aplaude agitándola y se rechaza algo cruzando los brazos en alto sobre la cabeza formando una X. Las asambleas se celebran en mitad de la plaza, a veces junto al Oso y el Madroño, a veces bajo la estatua ecuestre de Carlos III. En el centro hay un punto neurálgico en el que se centraliza toda la información. Hay chicos y chicas con chalecos naranjas por todas partes. Son los miembros del Sindicato de Inquilinas, unas activistas por la vivienda, clave en conseguir difundir a nivel mundial el desalojo de Maricarmen y en organizar todo lo que ocurre en estos momentos.
El gabinete de prensa lo conforma un muchacho con un teléfono móvil y un ordenador, sentado en una silla de plástico junto a una farola —sus reportes son instantáneos y precisos—. Se organizan continuamente talleres de todo tipo, de desobediencia civil o salud mental.
—Yo no quería vivir, mi cabeza no funcionaba.
Dice un muchacho de unos 30 años delante de una multitud. Forma parte de un colectivo que denuncia la violencia psicológica que conlleva sufrir un desahucio o no tener una vivienda siendo ya adulto. Rebeca Romero, de 34 años, ha venido con él y lleva un cartel en el que explicita un tema que suele ser tabú. Rebeca estudió música y canta. Pasó 14 años en el conservatorio. Como profesora no gana más de 15 euros la hora y no da las suficientes clases para juntar un sueldo digno. No tiene otra que seguir viviendo con sus padres, con lo que eso supone para todos. “Me he sentido muy sola, pero ahora veo que este es un problema que tenemos casi todos los jóvenes. Aquí encuentro con quien hablar y desahogarme. Tengo la sensación de que juntos sí podemos conseguir algo”, se muestra optimista.
Los organizadores tratan de que llegue más gente. Son conscientes de que el peligro de que la llama se apague es muy real. María y Pablo, una pareja de veinteañeros, vieron anoche en redes sociales todo lo que estaba pasando y compraron unos billetes de tren en Granada para llegar a Madrid a mediodía. Han entrado a Sol con bolsas del Mercadona y un altavoz Bose. No van a acampar, se quedan en casa de unos amigos, pero la idea es ayudar a mantener viva la protesta hasta que haya cambios de verdad. (Horas después llegó Pedro Almodóvar, pero sin compra). “Nosotros no hemos vivido revoluciones como las de antes, violentas. Quizá ni haga falta. Venimos aquí y resistimos pacíficamente. Los poderosos no nos hacen caso, ok, muy bien, pero nos van a tener que aguantar”, se ríe Pablo. Junto a ellos, unas amigas han desplegado una manta y leen libros de Delphine de Vigan.
El sindicato de inquilinas reparte crema solar. En todas partes hay botellas de plástico cortadas por la mitad que hacen de cenicero.
Maricarmen va camino de convertirse en icono pop, si no lo es ya. Hay fotos de ella encima de las tiendas de campaña y estampadas en camisetas. “Eres nuestra abuela”, se lee en una pancarta. La mujer permanece ingresada en el hospital Gregorio Marañón desde que la sacaron en camilla de la casa en la que vivía desde los años 70. La gente que le rodea le enseña fotos de la acampada para animarla y la tiene al tanto de lo que pasa. Estos días han grabado un vídeo sobre ella que estaba previsto proyectar en la madrugada de este domingo en la fachada de Correos, la sede de la Comunidad de Madrid. Su caso se ha convertido en un emblema y ha desatado una ola de indignación en jóvenes que podrían ser sus nietos.
La empresa que compró su casa y provocó el desahucio, Urbagestión, ha asegurado ahora que su intención es devolvérsela llegando a algún acuerdo con la empresa municipal de la vivienda. El Ayuntamiento dice que esa propuesta es inviable, pero se ha ofrecido a mediar entre las partes para que la mujer regrese a su barrio de toda la vida, el de Retiro.
Susana Vera (REUTERS)


JUAN BARBOSA




Susana Vera (REUTERS)



Susana Vera (REUTERS)






Pedro Sánchez siguió desde Nueva York el desahucio de Maricarmen, que alcanzó un nivel de exposición pública impresionante. A su regreso se ha encontrado con unos jóvenes molestos con lo poco que se ha hecho en vivienda en estos años de su mandato, aunque la mayor parte de las competencias sean autonómicas. El presidente del Gobierno se ha dirigido directamente a ella este domingo en un acto en Getafe, donde se han presentado las candidaturas del PSOE en Madrid de cara a las próximas elecciones municipales y autonómicas: “Maricarmen, tengo un mensaje para ti: el Gobierno está trabajando contrarreloj para llevar el martes el decreto ley de vivienda”. No lo tiene fácil: de manera exprés tiene que convencer a sus socios de investidura de llegar a un acuerdo en un asunto tan espinoso. La derecha y un sector de la izquierda lo responsabilizan de no haber atajado la crisis habitacional en sus años como presidente. En su gabinete ven la crisis como una oportunidad para retomar la iniciativa después de un verano muy difícil por Ceuta, al que le ha seguido el señalamiento del juicio por la imputación de su esposa, Begoña Gómez.
La chispa que ha encendido el caso de Maricarmen tampoco se entendería sin algo que ocurrió en abril. A finales de ese mes, el Gobierno de la Comunidad de Isabel Díaz Ayuso ejecutó la compra de un ático de lujo por 6,3 millones de euros en uno de los barrios más exclusivos de Madrid, el de Chamberí. La administración autonómica ocultó la operación, que no se conoció hasta que EL PAÍS la reveló a finales de julio. En cuestión de horas, el equipo de la presidenta de Madrid lo volvió a poner a la venta. En todos estos meses, la líder madrileña del PP no ha dado todavía una explicación clara y sí muchas versiones confusas de por qué se compró a discreción un inmueble de lujo a través de una inmobiliaria de alto standing, ni ha quedado claro para qué lo iba a usar.
El caso del ático, que ha puesto en aprietos a Ayuso como nunca antes, rezuma poder y privilegio, sobre todo si se compara con el de Maricarmen. Horas después de que expulsaran de su casa a la mujer octogenaria, los manifestantes se congregaron frente al ático comprado por Ayuso, que su Gobierno todavía no ha logrado vender. Que el tema de la vivienda atravesara la actualidad política española no era lo que más necesitaba Ayuso en estos momentos.
A Sol se han acercado los veteranos del 15-M, que con sus bebés o vestidos de running para superar la crisis de los 40 querían apoyar a los que han tomado ahora el relevo. “Ojalá logren que no nos sigan gobernando los fondos buitre”, dice Emilio García, que pasó mes y medio acampado hace 15 años, cuando tenía 26. Mucho ha llovido. Después, no pocos se decepcionaron con que las cosas no cambiaran tanto como querían. “Pero dimos un empujón, algo quedó. España fue un poco diferente desde entonces”, dice, a punto de irse con sus suegros a almorzar. Como si quisiera recordar viejos tiempos, grita al aire: “Ni un desahucio más”. Nadie le ha secundado, puede que ni siquiera le hayan oído. Da igual. El testigo ya ha sido dado.



