El huracán ‘Polo’ y el fantasma de ‘Otis’ alteran de nuevo la vida de Acapulco: “Hay mucho miedo”
Teófilo Lorenzo Viviano es la única persona este miércoles en lo que queda del pueblo donde nació. Desde las ruinas de un restaurante observa la lluvia y el retumbar de las agitadas olas mientras recuerda todo lo que se han llevado los huracanes de los últimos tres años: “Primero nos pegó Otis, luego llegó John y ahora este”. “Este” es Polo, uno de los huracanes más intensos que han pasado por las aguas mexicanas y que desde el lunes avanza lentamente subiendo y bajando de la intimidante categoría 5. Aunque no se acerca a las costas, los habitantes de Acapulco (Guerrero) no pueden evitar regresar a la madrugada del 25 de octubre de 2023, cuando Otis devastó la ciudad y se llevó 70 vidas e innumerables daños materiales. “Hay mucho miedo después de lo que pasó”, dice Lorenzo: “La gente se prepara para que esta vez por lo menos no la agarre por sorpresa”.
El lugar donde nació Lorenzo hace 67 años es Revolcadero, el pueblo que dio nombre a la icónica playa que hace frontera con Acapulco Diamante, la zona más adinerada del puerto. Antes de Otis, Revolcadero estaba lleno de vida con comercios, restaurantes y mucho “turismo nacional”, recuerda. Hoy esa playa ya no existe y Polo remueve los escombros, que nadie ha limpiado en tres años, de lo que un día fueron casas y locales de artesanías. Aunque Revolcadero quedó detenida en el tiempo, otras zonas de la ciudad se han podido rehabilitar. Es el caso de la casa de María Teresa Tapia Macías, mesera de 53 años, que vive cerca de Lorenzo, en la colonia Colosio. “Nos quedamos sin nada con Otis, pero nos recuperamos y ahora estamos muy espantados. No queremos volver a pasar por lo mismo”, comparte.
Josué Suárez, que se dedica al turismo acuático en Puerto Marqués, no se despega de las noticias desde el sábado, cuando Protección Civil advirtió desde los altavoces de un auto de la inminente llegada de un nuevo huracán. Allí se ha enterado del cierre de las escuelas, las restricciones a las embarcaciones en los puertos y el avance del fenómeno. “Primerito fuimos rápido por la despensa y a cargar gasolina. Luego a tapar todas las puertas y entradas para que no se meta el agua y mover los muebles porque estamos a pie de playa”, comparte. Su vecina Luz Torres Fernández, madre de dos hijos de 1 y 8 años, puso en marcha el mismo protocolo de prevención, aunque no tuvo suerte con la comida: “Ya no había arroz, frijoles y todo eso que uno compra en estos casos. Nos surtimos con lo que se pudo”, explica.
Polo no ha necesitado tocar tierra para alterar la vida cotidiana de Acapulco. Ha bastado con que se estacione a unos 250 kilómetros durante tres días para que los comercios bajen sus cortinas, los turistas se alejen y las familias acumulen alimentos y agua. La temporada de huracanes llega cada año y la esperan con algunos ahorros en el bolsillo, pero las pérdidas que dejan las inundaciones aumentan la preocupación de los comerciantes. Torres atiende una tiendita de artesanías, que estos días solo abre “para sentir que hago algo”, dice. “Uno aquí vive del turismo y sin turismo no nos queda otra más que aguantar”, lamenta Suárez. Su sobrino, Giovanny, de 40 años, es quien navega las lanchas en las que pasea a los turistas bajo el sol. Estos días no aparta el ojo de su pequeña embarcación, para asegurarse de que el mar “no se la trague”.
Pese a la sorprendente fuerza de Polo, los efectos no han ido más allá de inundaciones, olas elevadas y caída de árboles. La expectación y el fantasma de Otis alimentan la sensación de que Acapulco puede volver a ser el centro de la emergencia. El Gobierno estatal reportó este miércoles de vientos de entre 50 y 60 kilómetros por hora, con rachas de hasta 90, y olas de seis a ocho metros en las costas del Estado. Los vecinos festejaron por la tarde que el huracán se degradó a nivel 4, pero tras un día completamente gris y de intenso viento, volvió a alcanzar la categoría más alta a las 19.00 horas.
La prevención y los mensajes de calma son la rutina de las autoridades. El Estado habilitó 64 refugios temporales en las regiones de Costa Grande, Costa Chica, la sierra y la montaña, mientras mantiene la vigilancia en las zonas susceptibles de inundaciones y deslaves. Las clases fueron suspendidas para 500.000 alumnos y el puerto está cerrado a la navegación. En las calles, los acapulqueños reciben información sobre las condiciones del monzón mientras esperan que la tendencia sea alejarse de la costa.
Para quienes vivieron Otis, la distancia entre el huracán y Acapulco no elimina el miedo. El mismo océano que sostiene el turismo, los empleos y la vida, es también la amenaza cuando llega un ciclón. “Sabemos que cada año puede venir uno de estos”, dice Lorenzo. “Pero ya nadie se acuerda de Acapulco”, reclama. El hombre se presenta todos los días al restaurante que su familia ha heredado por generaciones, aunque ya no dé servicio, para vigilar que no roben lo poco que queda. Ahora se dedica al reciclaje y sus vecinos de Revolcadero han buscado trabajo en la obra y otros campos “que han tenido que aprender”, explica. Mira el sitio donde el agua borró su pueblo y señala a las casas amplias e impecables con piscina, visibles en la colina: “Los pobres no podemos vivir en la playa”.



