La apertura diplomática exprés de Delcy Rodríguez llega a la ONU
La escala de Delcy Rodríguez en la Asamblea General de la ONU es un hito en la reincorporación de Venezuela a la diplomacia global. Hasta la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, el país sudamericano se había aislado del mundo, concentrando sus relaciones en aliados ideológicos como Rusia, China e Irán. La violenta salida del autócrata dejó el país bajo una especie de tutela de facto de Estados Unidos, entre las cosas que más rápido han cambiado, está su reapertura al mundo.
Este martes, en su primer día en el plenario, ya se ha hecho viral su saludo con el presidente español Pedro Sánchez. La presidenta encargada se recorrió toda la sala para acercarse hasta Sánchez, que en ese momento hablaba por teléfono. Ambos se saludaron con dos besos y quedaron en mantener los canales de comunicación abiertos, a diferencia de lo que ocurría con Maduro. Rodríguez cerró luego el día por todo lo alto, con un encuentro bilateral con Donald Trump, el primero entre un jerarca chavista y un presidente de Estados Unidos desde 1999.
“Va a ser muy bien recibida en Estados Unidos”, mantiene un embajador desde Caracas. “Washington ha vendido lo que ella quiere vender: la idea de que Estados Unidos y Venezuela están en un momento de colaboración intensa en lo económico. Pero hay una parte de ese viaje más incierta”, advierte. “Delcy tendrá que esforzarse en vender algo más que cifras de cooperación. ¿Cuál es la Venezuela que va a presentar al mundo ocho meses después? ¿Y cuáles son esas convicciones sobre las que pretende construir este país en los próximos meses?”.
El giro diplomático de Rodríguez tiene dos momentos: la captura de Maduro en enero y el terremoto, en junio, que le obligó a pedir la cooperación del mundo entero, incluso de países en sus antípodas ideológicas como Chile, El Salvador o Israel. Ese episodio, dice el viceministro primero de Relaciones Exteriores, Oliver Blanco, “puso a prueba la capacidad de impulsar la coordinación internacional para atender la emergencia más allá de las diferencias ideológicas entre gobiernos”. Allí, dijo a EL PAÍS, “trabajamos todos codo a codo, construyendo confianza”.
¿Es convencimiento o necesidad? “Depende de qué entiendas por convencimiento”, matiza un embajador europeo. “Yo creo que supieron leer, Delcy sobre todo, las condiciones cambiantes, el contexto distinto. Así que quizá es más necesidad”.
Hace apenas dos años, Venezuela era un país cercado por sanciones económicas, con más de un centenar de funcionarios vetados por el Departamento del Tesoro y condenado diplomáticamente por los indicios de fraude que dejaron las elecciones de julio de 2024. En 2025, Italia, Francia y Países Bajos fueron obligados a restringir su personal diplomático, mientras el chavismo denunciaba una conspiración internacional y detenía a más de un centenar de extranjeros. Pocos reconocían al Gobierno de Maduro y la diplomacia se movía por canales clandestinos, con embajadores buscando intermediarios para acercarse al régimen y sacar a los suyos de prisión. “Objetivamente no era nada fácil”, resume uno de los embajadores consultados.
“Desgaste diplomático”
Las relaciones han mejorado, pero los diplomáticos aún reclaman no poder seguir los procesos judiciales de sus compatriotas presos. Ha habido avances —liberaciones, visitas consulares—, “pero no hay una sistematización” de esos derechos, contemplados en la Convención de Viena, explica un embajador. “Todo es bajo una petición puntual a la que se responde positivamente, pero no hay todavía una estructura que asegure que esos derechos se cumplen de oficio sin tener que pedirlos”, explica. Cada gesto, insiste, “se produce porque hay una exigencia previa que requiere un desgaste diplomático”.
Los enviados europeos observan con cautela la concreción de los avances democráticos. “Sería muy naïf no dejar abierta la duda de si la mesa de negociación entre la Asamblea de 2015 y la de 2026 es una estrategia para ganar tiempo, como ha ocurrido en otros momentos de la historia de Venezuela”, cuestiona uno de los embajadores sobre el espacio negociador abierto entre el chavismo y la oposición. “Creo que esta es la verdadera prueba de la verosimilitud del Gobierno”.
A pesar de no existir una nueva fecha electoral en el horizonte, Rodríguez gana espacio en el terreno internacional, entre otras cosas, gracias a la palanca del petróleo. La semana pasada, el crudo venezolano llevó a la ministra de Hidrocarburos, Paula Henao, y al ministro de Desarrollo Minero Ecológico e Industrias Básicas, Héctor Silva, a la reunión ministerial del G20 en Houston, un viaje muy poco probable hace no tanto.
En la misma semana se renovó también la jefatura de la misión de la Unión Europea, con la llegada a Caracas del francés Gilles Bertrand —Rodríguez, por su parte, designó a Raúl Li Causi en Bruselas— y Reino Unido elevó el estatus de sus relaciones con Venezuela. La noticia coincidió con el viaje a Londres de Jorge Rodríguez —presidente del Parlamento y número dos del Gobierno de su hermana— y del canciller Félix Plasencia. La visita tiene un trasfondo político más profundo, el de recuperar el acceso a las 31 toneladas de oro venezolano congeladas en el Banco de Inglaterra desde 2019.
Antes de su viaje, Rodríguez había recibido en Caracas al presidente paraguayo Santiago Peña, cercano aliado de la causa opositora, que dio reconocimiento a Edmundo González Urrutia como presidente electo, lo que llevó a romper las relaciones con Venezuela. Su visita, leída como una legitimación a Rodríguez, ha causado indignación entre los opositores al chavismo.
De la mano de Trump, la mandataria también ha recompuesto su diplomacia económica. Al levantamiento de las sanciones impuestas por el Departamento del Tesoro al Banco Central de Venezuela, siguió el restablecimiento de las relaciones con el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y los bancos de desarrollo BID y CAF. Con los jefes de dos de estas instituciones ha tenido sus primeras citas a su llegada a Nueva York este lunes.
Relaciones con la Unión Europea
“Están saliendo del aislamiento, pero todavía no son relaciones completas”, matiza uno de los embajadores. “Pocos países europeos tienen embajada aquí, y Europa son 27 países. No están los escandinavos: ni Suecia, ni Dinamarca, ni Finlandia. En Bogotá hay 17 embajadas de la UE; en Caracas, apenas nueve”, resume.
En este proceso destaca la figura de Oliver Blanco, antiguo dirigente opositor al que Rodríguez ha encumbrado en esta nueva etapa. “Hasta ahora, con quien mejor hemos trabajado es con Oliver. En los temas de derechos humanos sin duda tiene sensibilidad”, reconoce el mismo embajador, aunque advierte que ni siquiera Blanco ha destrabado del todo la relación con Bruselas. Mantiene un canal abierto con el servicio de acción exterior europeo, pero “todavía no ha logrado hacer una visita, mientras su contraparte ya viajó dos veces a Caracas”. Blanco sostiene que “la reinserción” de Venezuela en el mundo parte de la premisa de que la diplomacia “debe responder a los intereses nacionales y buscar resultados concretos en beneficio de la gente”. La prioridad, asegura a EL PAÍS, ha sido la atención a los venezolanos en la diáspora, más de ocho millones que llevan años huyendo de su país, y la apertura a organismos internacionales y humanitarios.
Los movimientos de Rodríguez despiertan inquietud entre la oposición y la sociedad civil que presiona por una transición. “La apertura diplomática y económica no debería invisibilizar” el déficit democrático del interinato, advierte la ONG Laboratorio de Paz, para la que existe el riesgo de que “la normalización internacional avance más rápidamente que la normalización democrática”.



