Los agredidos en la manifestación de Ceuta: “Nunca he sentido tanto terror”
Sofía Cánovas esperaba este lunes a las puertas del Juzgado de Primera Instancia de Ceuta, con una bolsa de tela al hombro con el logo de Naciones Unidas, entidad para la que trabaja como abogada de derechos humanos. La bolsa tenía aún manchas de sangre de la agresión de hace unas horas. “Nunca he sentido tanto terror, esto está roto”, decía. Ella iba en el coche que varias decenas de manifestantes ceutíes atacaron el domingo por la noche en las inmediaciones del puerto de la ciudad. En el vehículo viajaba también la diputada de Ceuta Ya! Julia Ferreras y el abogado y activista de la Flotilla humanitaria a Gaza Rafael Borrego.
“Rafa y yo habíamos ido a la manifestación, igual que hemos ido a más sitios estos días, para ver lo que estaba ocurriendo en la ciudad”, recuerda Cánovas. La protesta fue convocada a través de grupos de WhatsApp de la Federación Provincial de Vecinos de Ceuta, para esperar la llegada a la ciudad autónoma de la asociación pamplonesa Negu Gorriak/Derecho a Techo, que había anunciado su presencia en la ciudad para “repartir ayuda humanitaria, emisiones en directo, desobediencia y resistencia”. En esos grupos, a los que ha tenido acceso este periódico, se identificaba al colectivo como proetarra, y los vecinos instaban a manifestarse contra ellos en la salida de vehículos del puerto. Descubrieron a qué hora llegaban y la matrícula del furgón con el que accederían, y estaban esperándoles.
“Yo estaba un poco alejada, y de pronto vi cómo empezaron a gritar a Rafa diciendo que él era uno de los proetarras”, cuenta Cánovas. Rafa Borrego, abogado y activista de la Flotilla de Gaza, afirma a las puertas del juzgado que los manifestantes se pusieron rápidamente violentos, zarandeándole e impidiéndole llegar hasta el coche para salir de allí: “Yo decía que no tenía nada que ver, me identifiqué, pero les dio igual”. Cánovas intentó sacarle de la turba, y los manifestantes también la emprendieron contra ella, a la misma voz de “es otra de ellos, a por ella”, relata.
La diputada de la Asamblea de la ciudad por el partido Ceuta Ya!, Julia Ferreras, esperaba en una gasolinera cercana para recogerles y continuar su labor de inspección humanitaria, y cuando se aproximó a la protesta, casi no tuvo tiempo de reaccionar. “En cuanto vieron a Rafa venir hacia el coche, se abalanzaron”, indica Ferreras. Los manifestantes, tal y como se ve en las imágenes que ellos mismos grabaron desde el interior del vehículo, se subieron al capó, lanzándoles huevos y piedras, y continuaron con los ataques pese a haberse identificado ante los manifestantes como diputada de la Asamblea ceutí, ha apuntado Ferreras en el juzgado.
“Yo iba en el asiento de atrás, detrás de Julia, y cuando rompieron la luna trasera me protegí con un paraguas, porque estaban intentando meterse dentro del coche, a través de la ventanilla y abriendo la puerta”, cuenta Cánovas. Explica que esta noche no ha dormido, aún paralizada por lo ocurrido minutos antes de declarar. Uno de los agentes que custodiaba la protesta tuvo que ponerse al volante del vehículo para sacarlo de las inmediaciones, conduciendo en dirección contraria.
“Cuando Julia pasó al asiento de atrás, tuve que quitar los cristales, estaba todo lleno, y no paraban de intentar meterse dentro a través de la luna”, explica Sofía. Tenía pensado abandonar Ceuta para incorporarse a la misión en el Congo, pero a expensas de la agresión y antes de declarar ante el juzgado confiesa que no sabe lo que hacer. “He trabajado en muchos países, muy peligrosos, en misiones humanitarias. Y nunca he visto este nivel de odio, y menos contra trabajadores de ONG”, lamenta. Cánovas se lamenta de un detalle más: “Irónicamente, hoy es el Día Internacional de la Paz, declarado por la Asamblea de Naciones Unidas”.
Las ONG, foco de la ira
Hace semanas que los trabajadores humanitarios en Ceuta viven una situación de presión inédita. Ya sea en las manifestaciones de protesta o cuando están en los asentamientos asistiendo a los migrantes, voluntarios y trabajadores sufren insultos diariamente.
“Yo, en cuanto salgo de Trampolín, me tengo que sacar el chaleco de la ONG, porque como vaya por la calle con él, el insulto está garantizado”, cuenta una de esas trabajadoras que prefiere no dar su nombre. “El principal foco de odio son los migrantes, a los que están deshumanizando, y no quiero restar importancia al acoso que sufrimos también nosotros, pero los principales afectados son ellos”, subraya.
Una de las escenas que más se repite en Ceuta, que deja patente el clima de hostilidad hacia los trabajadores humanitarios, se produce en las manifestaciones. Convocadas por las asociaciones de vecinos con lemas como “invasores, expulsión”, son habituales los insultos hacia personas que identifican con alguna organización no gubernamental, a las que acusan de “ayudar a los invasores y no a los ceutíes”. La última se produjo el mismo domingo por la mañana, antes de la agresión en el Puerto. Los vecinos, en la marcha que se dirigía hacia el Tarajal, insultaron a varias mujeres de la organización No Name Kitchen al grito de “guarras” y “zorras”. La Policía les pidió que se retiraran de allí, para evitar más disturbios. En varias ocasiones, cuando las furgonetas de Luna Blanca inician el reparto de comida caliente en los asentamientos, han sido insultados e increpados.
La tensión ha llegado hasta tal punto que cualquiera que hable con los migrantes es susceptible de ser señalado como trabajador de ONG. Ha sucedido con periodistas o con vecinos que acudían a los asentamientos, a los que identifican erróneamente como trabajadores humanitarios.
“Yo me he borrado de todas las cuotas, ya no doy ni a Cruz Roja, ni a Amnistía ni a ninguno. No pienso darles más de mi dinero para alimentar a esos animales, porque así no es como se expulsa a las cucarachas”, vociferaba una vecina en un bar cercano al juzgado este lunes. Dentro, aún declaraban Sofía Cánovas, Rafael Borrego y Julia Ferreras.
Unos metros más allá, en la Gran Vía de la ciudad, una vendedora de cupones de Cruz Roja recorría la arteria ceutí arriba y abajo, ataviada con una bandera de España. Cuenta, a aquel que le quiera escuchar, que hace semanas que los vecinos se niegan a comprarle cupones, hasta que la ONG deje de repartir alimentos diariamente en la Playa del Trampolín.



