Nacional

El penalti desganado de Dean Huijsen


Hay que observar muchas veces y a cámara lenta el penalti de Dean Huijsen en el Metropolitano porque cuántas veces no hemos querido coger el brazo así a alguien, tirar de él y quitarle la posición, ya sea en una cola del banco o en un pasillo del súper camino a la caja. Cuántas veces. Cuántas veces no quise yo agarrar así a una anciana enloquecida que, con el carro, me robó la posición en la sección de lácteos y enfiló la caja con una compra de 900 euros cuando yo llevaba unos yogures griegos. Fijándome si había cámaras, mirando de reojo la hora. Y no lo hice, Huijsen. Por si me ven y porque la discusión posterior, con intervención segura de los encargados del súper y quién sabe si de algún cliente metiche, me haría perder más tiempo que la compra eterna de la señora.

Huijsen, sin embargo, es menos discreto que nosotros. Normal: pasa más inadvertido con esa camiseta y en un derbi. Como último hombre, le agarra del brazo fuera del área y sigue dentro, casi estirándoselo a Giuliano Simeone, por si los del último anfiteatro no se enteran, y lo hace además con una pereza antológica. Casi sin mirar la jugada, como en una pachanga del recreo, en plan “he hecho esto mil veces y me han pillado, pero en esta clandestina y feliz ocasión con diez mil cámaras encima, no me pillan ni de coña”. Es un penalti desganado, un penalti que claramente no le apetece hacer y a saber si el árbitro no debería haber tenido esto en cuenta. Es probable que hasta hubiese llegado al balón Courtois, que era lo último que podía permitir Huijsen. Hasta ahí hubiéramos llegado.

El árbitro echó a Huijsen a la calle. Para entonces ya había encontrado el árbitro la roja, si bien le costó ir al VAR. Era la roja que debía haber visto Cuti Romero por pisar con euforia, como si estuviese pisando uva, la rodilla de Bellingham. Bellingham se levantó demasiado pronto, a decir verdad. Cinco minutos el partido parado, una ambulancia y dos cirujanos, y el árbitro igual le da una pensada. No se la dio: amarilla para el Cuti en cuanto Bellingham pudo andar. La roja volvió a perderse en los tremendos bolsillos del árbitro con la entrada de Kang-in Lee a Valverde: le metió Kang otro pisotón, es tiempo de vendimia. Mou salió a rueda de prensa con dos fotos de las entradas. Son entradas que zanjan un debate, lo mismo hasta hizo las fotos Robert Capa.

También dijo Mourinho que el Madrid jugó bien la primera parte. No, el Madrid no jugó bien. Se puede meter uno con el árbitro y se puede meter uno con este Madrid sin pelota, despelotado, el equipo estiradísimo, los delanteros bajando al trote, el once partido en dos y la banda derecha un colador porque Vini se ha dejado barba y la prioridad ahora mismo es acariciarla mirando al horizonte, como Tolstói. La conversión de Vinicius en Tolstói en las próximas temporadas va a ser un espectáculo para el que el Bernabéu no está aún preparado; va a haber que ampliar el estadio.

El Madrid no tiene el balón y no tiene el control. El Madrid de Mou, por lo visto hasta ahora, y por lo visto hace 15 años, es una máquina de fútbol cuando se instala en el vértigo, en las transiciones veloces, en manadas en estampida saltándose a menudo el centro del campo. Con jugadores de compromiso en vena y enchufados, eléctricos. No, en el Metropolitano esto no existió en el Madrid hasta que el partido estuvo perdido y salieron Diomande y Bernardo Silva. Antes ni rabia ni furia, ni ganas al hacer un penalti. Al menos salió Simeone al acabar el partido a decir, por Mou, que hay líneas que no se cruzan. El Cholo.


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