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“Me cuidan mis amigas”: la red de apoyo entre mujeres más allá de la familia

Desde 2021, Isabel Guerrero y Carla Marchant son parte de una pequeña red de cuatro familias que creó una planilla de Excel con turnos y un grupo de WhatsApp para coordinar los traslados de sus hijos. Gaspar, hijo de Isabel, y Helena, hija de Carla, ambos de 10 años, se conocen desde que eran bebés y tienen apenas dos semanas de diferencia. Comenzaron juntos en el jardín Planeta Azul, en Valdivia, una ciudad ubicada a unos 850 kilómetros al sur de Santiago de Chile, cuando llegó el momento de cambiarse de colegio, sus madres decidieron mantenerlos juntos. Isabel, editora, los lleva por las mañanas; Carla, doctora en Geografía, los recoge por las tardes. La posibilidad de separar a los niños a Carla la angustiaba: significaba perder una logística que les permitía compatibilizar colegio, desplazamientos y trabajo. “Se me desarma el mono [el plan ]”, dice.

La pandemia apretó todavía más esa coordinación. Las dos familias formaron una misma burbuja: un día los niños estaban en una casa; al siguiente, en la otra. Fue entonces, dice Isabel, cuando ellos “se transformaron un poco” en su familia.

Carla usa otra expresión: “familia escogida”. Ambas mantenían buenas relaciones con sus familias de origen, pero estaban en Santiago, y el día a día en Valdivia, donde viven estas amigas, debían resolverlo ellas. La confianza llegó al punto de que Helena quedara al cuidado de Isabel como una hija más. El apoyo también era emocional: cuando Carla dudaba de cuánto podía compatibilizar maternidad y trabajo, Isabel, cuenta, le ayudaba a bajar la culpa por no estar siempre presente.

Isabel no tiene hermanas. Carla, dice, es lo más parecido que ha tenido a una.

Lo que el derecho no ve

Esa distancia entre el parentesco y las personas que efectivamente cuidan llevó a la abogada e investigadora, la chilena Andrea Salazar Navia, a convertir la amistad en objeto de estudio. Desde México, donde hace un postdoctorado en Diseño Social en la Universidad Autónoma Metropolitana, cuenta que empezó a acercarse al tema mientras investigaba cómo el derecho regulaba los cuidados. Incluso las discusiones más recientes, dice, seguían concentradas principalmente en la pareja, los hijos y los padres.

La pregunta también coincidió con su propia vida. Durante la pandemia, Salazar vivió con una amiga y la hija de ella, y ambas comenzaron a hablar de una “pirámide de los afectos”: la pareja en la cúspide y la amistad varios escalones más abajo.

En julio de 2025 Salazar publicó el estudio Me cuidan mis amigas: el reconocimiento social y jurídico de la amistad, en la revista académica de Ciencias Sociales de la Universidad de Valparaíso. Allí pone el foco en una pregunta: ¿qué ocurre cuando alguien que participa efectivamente del cuidado de una persona queda fuera de los vínculos que el derecho reconoce con mayor facilidad? Los ejemplos, cuenta Salazar, van desde las decisiones médicas y las visitas hospitalarias hasta la herencia y los permisos para cuidar a alguien enfermo. El matrimonio y el acuerdo de unión civil, plantea, institucionalizan apoyo y obligaciones entre dos personas, pero están pensados para una pareja.

Ese cuidado ejercido por personas que no son pareja ni familia aparece también en otras investigaciones chilenas. El apañe, de María Sol Anigstein, Leonor Benítez y Soledad Burgos, publicado en la revista de ciencias sociales Íconos de Flacso, estudió los cuidados comunitarios en la población Juan Antonio Ríos, en Santiago, y encontró, entre sus casos, a una mujer que visitaba cada noche a una amiga mayor enferma para comprobar que estuviera bien.

Mientras en Chile esas prácticas aparecen descritas en investigaciones, Salazar encontró en Cataluña un intento por reconocer jurídicamente algunas formas de vida compartida fuera de la pareja. Su Código Civil regula las llamadas “relaciones convivenciales de ayuda mutua” entre adultos que comparten una vivienda, gastos o trabajo doméstico con voluntad de permanencia y ayuda recíproca. La figura exige convivencia, pero contempla expresamente a personas unidas por “simple amistad o compañerismo”.

Cuidar la vulnerabilidad

Para Bárbara Holzel esa diferencia entre tener una red y conseguir que esa red sea reconocida dejó de ser una discusión teórica durante una audiencia por el cuidado personal de sus hijas, en un tribunal de familia de Valdivia. Constanza Chamorro y otra amiga, Marcela, fueron a declarar como parte de la red de apoyo con la que contaba. Bárbara recuerda que entregaron testimonios concretos sobre el lugar que ocupaban en la vida cotidiana de ella y de sus hijas, aun así, las preguntas volvieron sobre el vínculo: qué tan amigas eran y por qué una amiga hacía esas cosas.

A Bárbara le llamó la atención el contraste. Mientras ellas debían explicar y acreditar esa cercanía, dice, la existencia de familiares tendía a asumirse con mayor facilidad como señal de que alguien tenía una red. “Es más difícil probar que yo tengo red de apoyo, que no estoy sola y que las niñas están bien por mi lado, que alguien venga por el otro lado y diga: ‘hay familia”, dice.

Constanza, educadora de párvulos, es precisamente una de esas amigas. Conoció a Bárbara, peluquera, en Santiago, y sus hijos, dice Bárbara, son hoy “como primos”. Esa red que tuvo que explicar ante el tribunal se expresa en cosas bastante concretas: si una no alcanza a llegar, la otra puede recoger a los niños; si alguno está enfermo, puede hacerle comida; si falta algo para el colegio, se resuelve entre ambas.

Para Bárbara, la confianza que sostiene esa organización cotidiana se juega también en otro lugar. “Todos necesitamos ser vulnerables, para bien y para mal. El punto es que a veces uno ha sido vulnerable ante gente que no cuidó esa vulnerabilidad. Y esta vulnerabilidad que te estoy dando a ti es también un gran poder”, dice.

Para Bárbara, cuidar esa vulnerabilidad también supone decir cosas incómodas. Una amiga puede decirle: “Yo creo que estás equivocada, esto no me parece”. Pero en la familia, añade, muchas veces hay cosas que se guardan para que el grupo permanezca unido, por cuidar un patrimonio o el qué dirán.

Esa mezcla de cuidado y franqueza es la que Bárbara reconoce en Constanza: “En mi vida adulta, ella ha sido una de las personas que me enseñó cómo es ser amiga, cómo es ser familia, cómo es aparecer”.

Constanza llega a una idea parecida desde la historia que ambas traían antes de conocerse. “Pienso que en la mitad de la vida vamos aprendiendo a ser lo que necesitamos, mirándonos con el cariño de una madre, de una hermana y de una esposa, entendiendo que todos estos roles no están, fallaron o los dispensamos. Somos nosotras quienes buscamos en quién confiar nuestra fragilidad y contención”, dice.

Por eso define la relación con Bárbara como “una amistad construida sobre las ruinas que dejaron otros vínculos”. De ahí, dice, nace también la responsabilidad de estar a la altura de su amiga. “Para mí, ella es una persona con desperfectos, pero mi visión periférica de ella me hace entenderla y conocer qué es lo que necesita, no porque sea yo quien más la conoce, sino porque trato de mirarla desde la niña que fue, la adolescente y la mujer que es —cuenta—. No habiendo estado en esos periodos, pero sí conociéndonos a través de sus relatos, con risa, con rabia, con emoción.

Cuando la familia vuelve

Andrea Salazar sitúa estas formas de cuidado dentro de una historia más larga. “Siempre han existido comunidades que se han sostenido por fuera de la familia nuclear”, dice, y recuerda las redes de amistad que acompañaron a personas de la comunidad LGBTIQ+ durante la crisis del VIH.

La experiencia de Isabel y Carla muestra que amistad y familia pueden integrarse en una misma red. Primero se instaló en Valdivia la hermana de Carla; después, sus padres. Isabel había sentido que, con ellos cerca, podía dejar de ser una presencia tan inmediata para su amiga. Carla lo entendió de otra manera: sus padres asumieron que Isabel y su familia ya formaban parte de la vida que ella había construido durante los años en que ellos estaban lejos.

Ahora, algunas tardes, son los padres de Carla quienes van al colegio. Pero cuando buscan a Elena, buscan también a Gaspar. “Siempre por dos”, dice Carla.


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