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El nuevo Madrid gana como siempre: campeón de la Supercopa de la Euroliga

Jugar bien, sí. Ganar, sobre todo. El Madrid cumplió con el principal mandamiento grabado en su escudo con su triunfo ante el Olympiacos en la final de la primera edición de la Supercopa de la Euroliga, celebrada en Abu Dabi. Y adornó el éxito con un juego fluido que tumbó al campeón de Europa y que comienza a dar señales de esa identidad que Pedro Martínez pretende grabar en el equipo madridista. El técnico debutó en competición oficial con el primer título, el mejor punto de partida para ganar el tiempo con el que asentar sus pensamientos en una plantilla muy renovada.

Se repetía la última final de la Euroliga pero en un marco muy diferente. De la caldera de Atenas al artificio de Abu Dabi, y con el Madrid cargado con todas sus armas en lugar de mermado y sin pívots como en la anterior cita. El clásico de Europa se jugaba en un escenario rupturista y los blancos cantaron venganza con un ejercicio muy coral que se impuso al estrellato griego de Montero, Fournier y Vezenkov. La obra de Pedro Martínez ha comenzado con buen pie y unos cimientos sólidos.

Una cosa es correr mucho y otra correr bien. Maledon fue un ejemplo de las dos caras de la moneda en un inicio de partido muy acelerado e impreciso en los dos conjuntos. Es el riesgo de apostar por un juego a toda pastilla como busca Pedro Martínez. La velocidad pura no sirve si se traduce en pérdidas como le sucedía al Madrid y también al Olympiacos. La idea del técnico comienza a ser descifrada por sus muchachos. Al frente, Campazzo, el cerebro del equipo, la pieza básica para que la teoría salte de la pizarra a la pista. El Madrid esbozaba ese nuevo estilo del preparador barcelonés: rapidez en la transición y en la circulación, carga del rebote ofensivo para ganarse segundas opciones y fe en el triple. Pradilla, Llull y Campazzo afinaron desde el perímetro para dar el mando a los blancos (15-24) en un duelo con chispas como reflejó el careo entre el Facu y Dorsey.

Montero y Fournier saltaron al rescate de los hombres de rojo. El exjugador del Valencia es un dolor de cabeza para cualquier rival por su velocidad y su manejo del balón. El francés es un artillero letal. Entre ambos comandaron una reacción del Olympiacos que el Madrid congeló con el mismo guion del primer cuarto, un baloncesto agitado y de alta intensidad. El recambio constante de piezas permitía mantener las revoluciones para defender con las filas prietas y atacar con varios registros. El conjunto blanco ganaba canastas fáciles gracias a la fórmula de robar en la zona alta y salir disparado hacia el aro con pequeños y grandes. El problema para los muchachos de Pedro Martínez fue que Tavares se cargó con tres faltas en un duelo de gigantes con Hall que no permitía reservar ni una pizca de energía. Pradilla, un alumno aventajado de las lecciones de su entrenador, lució su versatilidad para jugar por dentro y por fuera. El ala-pívot hace de todo sin alardes, con inteligencia y de manera eficaz, y su ejemplo lo siguió Jantunen, otro de los nuevos, para atrapar el descanso un peldaño por delante (43-47).

El Olympiacos prendió el fuego con un regreso del vestuario en estampida, un parcial de 7-0 que ahogó Deck con dos bingos seguidos desde la línea de tres. Luwawu-Cabarrot se sentó con cuatro faltas y el relevo anotador lo asumió Feliz también desde el perímetro, la fuente de ingresos del Madrid en unos momentos en los que sufría para encontrar buenas posiciones de tiro y acumulaba pérdidas que el Olympiacos penalizaba a la contra. El conjunto de Bartzokas pegó uno de esos acelerones que le concede su lujosa plantilla y que le permiten regresar de la cola del pelotón a la cabeza. El Madrid apretó atrás para contener la sangría y Maledon y Feliz engrasaron la maquinaria con su velocidad de pies y manos. El choque se movía en distancias muy cortas y con la tensión propia de una final europea entre dos históricos (72-75).

El joven Pradilla se ganó tres tiros libres por una falta del veterano Vezenkov. Necesitaba el Madrid toda su fortaleza interior porque Tavares sumó su cuarta falta con ocho minutos de batalla todavía por delante y calentó banquillo. El conjunto blanco exhibió la amplitud de su repertorio y un juego coral en el que todos sumaban. Luwawu-Cabarrot, también al límite de la eliminación, apuntaló un estirón madridista de 0-7. El Olympiacos no anotó en el último cuarto hasta los tres minutos y medio de juego pese a su arsenal de grandes solistas. El conjunto griego volvió al ring precisamente gracias a esos momentos de inspiración de sus figuras, primero Jean Montero y luego Vezenkov. El Madrid lucía más firme y seguro, también más hambriento para fajarse en cada centímetro. El equipo blanco había amasado una pequeña ventaja y no quería soltar la presa. Pero el Olympiacos siempre vuelve en los minutos en los que el balón más quema. Tipos como Fournier saben moverse como pez en el agua en los segundos de máxima tensión. El francés castigó por fuera y llevó el partido a un final taquicárdico. Resistió el Madrid con sangre fría para que Pedro Martínez levantara los brazos en la banda y celebrara su primer título en el banquillo blanco. Se trata de jugar bien. Y de ganar, claro.


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