Nacional

Supuesto silencio


El escritor-lector realiza ambas funciones en silencio, salvo al abordar, por ejemplo, el Soneto del amor de Lope de Vega(que no se debe recitar callado) o ese capítulo hipnótico en Rayuela, de Julio Cortázar(que podría definirse como un tiro directo). San Agustín confiesa en tinta que, al pasar por la celda de San Ambrosio de Milán, lo vio leer sin mover los labios, y el mundo entero inauguró la dualidad luminosa de poder leer en mente callada o seguir recitando a voz en cuello. Se lee en silencio o en murmullos y se escribe sin audio interno (aunque el escritor escuche a Bach para acompasar sus angustias). Quien nos mire desde la puerta de la celda o al filo del escritorio sabrá perfectamente que uno está habitando un vacío inalcanzable para el otro (hasta que acontece el milagro de la lectura), un supuesto silencio impenetrable que, sin embargo, está lleno de voces y sonidos, quiméricas ruecas de la memoria de quien va hilando, palabra por palabra, la sonatina afinada de lo que quiere decir sin hablar.

El lector-escritor puede intentar clonar la voz de El conde de Montecristo al seguir con la yema de sus cuerdas vocales la tipografía de sus venganzas (de preferencia en solitario, pues en un tren de metro o en un consultorio dental puede provocar molestias entre testigos, transeúntes o demás pacientes). Si lee sin modular las voces de los personajes o las consonantes de la trama, el lector-escritor escucha de todos modos los reclamos de una dama, la arenga heroica de un espadachín o el delirio demencial de un genio perdido en la selva de una novela, y oye a lo lejos la escenografía de los párrafos en paisaje, la voz de la lluvia o el murmullo de la nieve.

El escritor-lector parece pergeñar la columna semanal (o bien el cuento de la quincena, así como el enésimo capítulo de la próxima novela) en un silencio de responsabilidad periodística donde la extensión en caracteres y la hora de cierre conforman una cuadrícula de compromiso que ciñe la prosa con prisa. La columna ha de cobrar voz en cuanto sea leída por otro (quizá en la redacción del diario) o una vez que se multiplica exponencialmente para todos los lectores posibles, llegando incluso a ser compartida en voz alta al filo de una mesa o en el asiento de un avión. Sin embargo, el supuesto silencio que sustenta la opinión de uno, ya sea en papel o en la pantalla del periódico, envuelve inaudiblemente toda la música callada y todo el ruido ambiental que sostiene la columna (e incluso al revés: una columna callada que sostiene, como columna corintia, el ábside y el templo entero de un ensayo en ciernes o de una crónica constante).

Parecería entonces que el escritor-lector guarda silencio ante hechos contundentes o desgracias increíbles, que se calla ante dolores ajenos o hace mutis ante desahucios, desfalcos o desfiladeros. Parecería que el lector incólume no tiembla ante la narración de un incendio, la última bocanada de un náufrago o el llanto desesperado de una niña desamparada; que no se inmuta ante la apertura a ocho columnas de una violación, la crónica que transpira hambre o el reportaje sísmico cuyas letras se van derrumbando ante la mirada como un párrafo sacudido por el polvo y la taquicardia. Pero tanto el escritor que escribe como el lector que lee no se hunden en el silencio por la eventual epifanía de ser leídos o reflejados en tinta, sino sobre todo por el milagro de oír nítidamente y escuchar claramente el ruido de los hechos, la boruca de una trama, la melodía del endecasílabo al azar y ese leve ruido que hacen los ojos de quien sonríe en cámara lenta.

No es que guarde silencio ante el oprobioso crimen del día o ante los recurrentes abusos de cada hora; no es que haga mutis ante el imperio de la imbecilidad y la normalización de la mentira; no es que no tenga nada que escribir sobre los continuos despropósitos, la inefable arbitrariedad con la que se maquillan o minimizan errores imperdonables, el descaro perfeccionado con el que se simula legalidad ante las injusticias, el cinismo con el que se interpreta el pretérito como pretexto para toda pantomima del presente, la ignorancia como salvoconducto funcional o la estupidez como una nueva forma de las bellas artes. No se trata de hacer la vista gorda o ejercer la apatía como variante de la complicidad; tampoco de callarse por miedo a represalias o por evasión de un debate inútil. No se trata de abyección emanada de la abstracción ni de abulia incorregible por gracia de un placebo constante de distracciones diversas, ni de taparse los ojos, los oídos y la boca como un trío de simios de la discreción, ni mucho menos de un cíclico paliativo de inmunidad ante la impunidad que nos acecha.

Uno lee pliegos interminables de crímenes y corruptelas, pústulas de populismo y demás engañosas églogas que todos los días parecerían inducir a la réplica por escrito o exigir el grito a la cara, pero uno intenta escribir sobre los contados bienes y virtudes. Como, por ejemplo, la reciente recuperación de los libros de un anciano en el contexto del conflicto en Siria, quien, habiendo tapiado su biblioteca en Damasco (como lo padeció don Quijote en un lugar de La Mancha), fue filmado tirando a mazazos el muro blanco que sirvió como capullo de mil mariposas para volver a leer toda la maravillosa música de sus libros, habiéndolos encalado en secreto para evitar la guadaña de la censura y el horror de ser inculpado por leerlos y tenerlos en tiempos de un régimen diabólico ya desaparecido.

Y entonces uno vuelve a la ilusión del undécimo capítulo de una novela escuchada en la propia voz del autor, y vuelve al teclado telegráfico o a la callada estilográfica con tinta morada para seguir oyendo el ruido del mundo y escuchar el concierto atemperado de los diálogos inventados, los paisajes ausentes, los personajes de carne o deseo, las sílabas de cada línea que se ven sin mirar, todos los gustos y todos los decibelios que descarga en los tímpanos la diversidad de la desgracia, la interminable fragilidad de los poderosos, la miseria de los millonarios y la abundante humanidad de los humildes: un coro de esclavos en lágrimas que miran la tierra perdida sin dejar de avanzar hacia la promesa del mañana y toda su música. por supuesto, en silencio.


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