Daniela en Miami y Daniel en África, la deportación de una mujer trans: “Me vestí como un hombre para sobrevivir”
En su única vida, que parecen muchas, nació como Daniel en un municipio de la periferia habanera; se transformó en Daniela en la cresta de la adolescencia; volvió a ser Daniel para atravesar Centroamérica; y otra vez Daniela cuando por fin llegó a Miami.
Hasta que cayó en manos de los guardias y sacó una cuenta lógica: para sobrevivir a un centro de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) tenía que, por fuerza, camuflarse en la piel de un hombre. La peluca que le quitaron cuando fue detenida, solo se la devolvieron cuando aterrizó como deportada a República Centroafricana. A veces, lejos de la mirada de la gente, en la soledad del baño del Maison Confort, en un barrio céntrico de Bangui, la capital de ese país, se coloca la peluca y se detiene frente al espejo, que le devuelve la imagen de Daniela. “Ahí es cuando recuerdo quién soy”, ha dicho. Aún no se atreve a dejarse puesta la peluca.
El día en que la policía llegó hasta el motel Stardust de la Calle 8, la avenida que es casi un monumento a la nostalgia cubana de Miami, Daniela Fuentes llevaba la misma peluca de color rubio cenizo con mechas blancas. El pelo se desparramaba por encima de un enterizo de leopardo medio transparente, por donde asomaban las puntas de dos pezones sin sostén. Daniela había pasado allí la noche y estaba esperando un Uber afuera del motel con unas cuantas maletas, cuando la empleada de limpieza avisó a la policía de su presencia. “Dice que pensó que yo era homeless. Fue un error, pero un error que me costó carísimo”. Las autoridades aparecieron, hicieron una llamada y confirmaron que Daniela tenía una orden de retención del ICE: perdió su cita en una corte de Texas luego de que solicitara un cambio de locación de la audiencia y nunca le respondieron. Terminó con una orden de deportación expedita.
A pesar de vivir como una indocumentada, Miami seguía siendo un sitio mínimamente seguro: allí estaba parte de la familia, las amigas, sus clientas del salón de peluquería, las noches de transformismo en el club Azúcar. Un lugar que le permitía ser Daniela, con sus pestañas postizas de 14 milímetros, los tacones de punta fina y el rostro lleno de purpurina. Había peleado para ser lo que era: una mujer.
Daniela tenía cinco años cuando entendió que no se comportaba como el resto de los niños de La Lisa, un barrio guapo y mestizo al oeste de La Habana. A los 18 años comenzó a automedicarse con Cipresta para detener la acción de la testosterona en su cuerpo de 1.74 metros. En unos meses la piel del rostro estaba radiante, lisa, sin vello facial, y los senos habían aumentado considerablemente. No fue una decisión al vuelo, pero tuvo que asumirla: “Es enfrentarte a todo el mundo y vivir la vida como realmente tú quieres vivirla”.
Luego el cuerpo ha sido el mapa de esa decisión. Tiene, casi como testamento, dos heridas: una en el brazo que requirió cinco puntos quirúrgicos, otra de 17 puntos en la cabeza. “Solo porque siempre he sido diferente”, dice. “Sin comerla ni beberla una persona llegó y me atacó”. La policía cubana tampoco la dejó tranquila nunca. Se le quedaba mirando y la citaban a la estación local, preocupados de que no trabajara para el Estado sino en la casa que Daniela convirtió en salón de belleza para ofrecer todo tipo de tintes y cortes de pelo. Si se detiene a pensarlo, Cuba no era un lugar para ella. Siempre quiso largarse.
En 2023, cuando cumplió 30 años, dejó a un lado las faldas y se vistió de hombre otra vez. Los cubanos se estaban yendo casi en estampida. La pandemia de Covid había golpeado una economía ya en crisis, no llegaban los grupos de turistas que oxigenaban los negocios o los hoteles de Varadero, y las restricciones de la primera administración de Donald Trump habían dejado al castrismo atado de pies y manos, sin recibir remesas o cruceros repletos de estadounidenses. Hubo, además, una gran protesta masiva y el Gobierno confirmó que estaba dispuesto a condenar con años de cárcel cualquier intento de remover el poder. Cuba era un sitio inhóspito. Daniela vendió su casa, se agenció un ticket hacia Nicaragua, localizó un coyote y le dijo que se llamaba Daniel. Se puso un pantalón ancho y un abrigo que le cubriera el cuerpo lo más posible.
“Era más seguro para mí”, confiesa. Desde que emprendió el camino del inmigrante, ha transformado su apariencia como mejor ha convenido. En los días más oscuros es Daniel. Cuando el trayecto luce más leve, aparece Daniela. En realidad, nunca ha dejado de ser Daniela en ninguna de sus travesías.
Tras una semana de camino por Nicaragua, Honduras y Guatemala, llegó a México y se tatuó un corazón en el cuello que dice Love. Después de siete meses de espera, fue admitida en Estados Unidos a través de la aplicación de citas migratorias CBP One.
Llegó por Texas, siguió hasta Miami y se puso la ropa que se pone Daniela. “En Miami me sentía como en mi casa. Yo siempre estaba muy linda, muy arreglada, Miami es espectacular para eso”. Mientras estuvo libre, piensa que fue feliz, pero hubo un día en que entendió que su vida era otra irremediablemente: cuando en el Centro Penitenciario Turner Guilford Knight (TGK), en la Florida, le hicieron quitarse el enterizo de leopardo y ponerse la ropa de recluso de un hombre. Ahí empezó, dice, “a destrancisionar”.
“Sentía que todo lo que había logrado lo había perdido. Eso fue letal. Es muy duro que te traten como a un hombre”, asegura. “Cuando sentí que me estaban metiendo en una prisión de hombres, dí gritos de horror. Les decía no, por favor, no. Me quitaron la peluca y me sentí horrible. Desde ese momento todo el trato ha sido el de un hombre”.
Cuando un barbero del Centro de Detención del Condado de Lake, el segundo por donde pasó, le dio el primer tijeretazo en el cabello que le había crecido hasta mitad de la espalda, ya estaba casi resignada. “Sentí dolor, pero yo estaba en modo supervivencia”. Empezó a caminar con menos gracia, se adaptó a saludar con la mano y no con besos en la mejilla, moderó el tono de la voz.
“En el centro tenía muchas personas encima de mí, los guardias me preguntaban mucho sobre mi seguridad, me tenían que acompañar al baño, me pareció más cómodo cortarme el pelo. Pero fue lo mejor que hice, como mejor pude llegar a África. Nunca me vi en la obligación de vestirme como un hombre para sobrevivir”.
Las “preocupantes” deportaciones de personas trans
Daniela se acercó a un supermercado en el barrio bullicioso de Lakouanga y se dispuso a comprar unos limones. Llevaba puesto una bermuda y el mismo pullover ancho y azul que casi siempre viste desde hace unas semanas. “De momento me señalaron los senos”, cuenta. “Me dijeron que no, que los limones no me los iban a vender a mí”.
Había llegado a Bangui en medio de la noche del 31 de agosto de 2026 junto a un grupo de hombres atados de pies y manos en un vuelo operado por el ICE, un trayecto de 22 horas, el más largo de su vida. “Estaba loca por bajarme de ese avión, estaba jorobada, acalambrada por tantas horas de vuelo”, dice.
Nadie nunca le dijo para dónde iba. El día anterior, antes de expulsarlos del país desde Texas, llegó un grupo de oficiales armados al centro de detención Alvarado. “Llegaron con escudos, pistolas, máscaras, chalecos, fue feo. Sentí miedo porque sabía que me iban a deportar, lo que nunca imaginé fue que fuera para África”. Luego de cinco horas de vuelo, y ante la desesperación del grupo de migrantes, los oficiales confirmaron que los estaban trasladando a más de 10.000 kilómetros de donde se encontraban. “A mí no me dieron la opción de irme a Cuba”, dice Daniela. “Si me ponen a elegir, me hubiese ido para mi país”.
Ninguno de los hombres deportados junto a Daniela encuentra una explicación de por qué recalaron tan lejos, pero ella menos. “Aquí hay mucha homofobia, la gente se burla, me señalan. Yo me siento muy insegura aquí, por eso quiero irme rápido”.
El Departamento de Estado de los Estados Unidos, que firmó un acuerdo de deportación con la República Centroafricana y destinó 85 millones de dólares en fondos para las operaciones de deportación a ese país, publicó un informe hace tres años sobre prácticas de derechos humanos donde destacaba que en la República Centroafricana la ley, que no permitía el reconocimiento legal de género, tipificaba como delito “las relaciones sexuales consentidas entre personas del mismo sexo en público o en el ejército”. La condena por este tipo de “manifestación pública de afecto” puede ser de entre seis meses a dos años de prisión y una multa considerable.
“Aquí yo no me siento bien, en un lugar donde no puedas ser tú misma no estás bien. Es ilegal e injusto cuando uno tiene que dejar de ser uno por una mala medida administrativa”, dice Daniela. “Si saben que yo soy trans, ¿cómo me van a mandar para el centro de África donde es tan vedado este tema?”
Bridget Crawford, directora de derecho y políticas de Immigration Equality, la organización nacional de defensa de los derechos de los inmigrantes LGBTIQ+ y seropositivos en Estados Unidos, dice que han detectado “lo que parece ser una cantidad desproporcionada de personas LGBTQ+” deportadas a terceros países. “Este patrón plantea serias preguntas sobre si las personas están siendo seleccionadas intencionalmente para ser trasladadas a países donde el Gobierno sabe —o debería saber— que podrían enfrentar persecución y tortura debido a su orientación sexual o identidad de género”, asegura.

Lo que, según Crawford, hace que estos traslados sean particularmente preocupantes “es que muchos de los países que reciben a personas refugiadas LGBTQ+ son, a su vez, países de los que huyen refugiados”. La gran contradicción es que el gobierno estadounidense reconoce en sus tribunales que una persona LGBTQ+ necesita protección, cuando al mismo tiempo las envía al país del que salieron huyendo.
Desde el inicio, el Gobierno de Trump desmanteló las protecciones específicas para personas LGBTQ+ en manos del ICE. Entre ellas, revocó el Memorando de Atención a Personas Transgénero de 2015, que establecía cómo debían ser tratadas en detención migratoria. Enseguida el ICE comenzó a modificar los contratos en los centros para eliminar medidas de protección para personas transgénero, y el Gobierno dejó de publicar cifras de la cantidad de detenidos transgénero, intersexuales y de género no conforme bajo su custodia. De acuerdo con datos procesados por el Instituto Vera, el último informe de ICE publicado en enero de 2025 registraba 47 personas transgénero en manos del ICE y confirmaba que 69 personas transgénero habían sido ingresadas en centros de detención durante el año fiscal 2025 hasta ese momento.
En Immigration Equality han tratado casos de personas transgénero a las que se les niega el tratamiento hormonal, o que son alojadas en espacios que no corresponden con su identidad de género. Algunas han sufrido episodios de acoso y agresiones sexuales. “Hemos hablado con personas transgénero a quienes el personal médico les dijo que el tratamiento hormonal ya no estaba disponible debido a las nuevas políticas”, cuenta Crawford. Hasta hoy, también se desconocen las cifras de cuántas personas transgénero han sido deportadas por el ICE y a dónde son enviadas.
La travesía interminable
En el Aeropuerto Internacional Bangui M’Poko, en Bangui, a Daniela y al grupo de deportados los vacunaron, les entregaron una mochila con aseo personal y algunas mudas de ropa, y los condujeron en una camioneta hasta el Maison Confort. Una vez allí, fueron acomodados por trabajadores de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Un portavoz de la organización confirmó a EL PAÍS que, normalmente, brindan apoyo inmediato las 24 horas del día durante toda la semana a las personas deportadas.
Se aseguran de que tengan un lugar donde alojarse, alimentos y un chequeo médico. Les ayudan a contactar a la familia y les explican a cada uno cuáles son sus opciones para permanecer en la República Centroafricana, regresar a su país si así lo solicitan o irse a otro sitio. Uno de estos funcionarios de la OIM se acercó a Daniela y preguntó cuál era su identidad de género.

“Yo dije que era trans. Ahí me preguntaron si quería que me pasaran para el edificio de las mujeres”. Daniela eligió quedarse junto a los otros cuatro cubanos deportados con los que comparte cuarto en el Maison Confort, que la protegen, bromean con ella todo el tiempo, incluso le han puesto todo tipo de apodos. Le dicen “la bebecita”, la “demonia”, “la perversa”, ella se ríe, les vira la cara, los regaña por cuán desorganizado tienen el apartamento del Maison Confort, repleto de zapatos dispares y ropa tirada. “Son unos animales feroces”, dice Daniela. “¡Demasiada testosterona! Llevo ocho meses rodeada de puro hombre. Es complicado, tengo ganas de pintarme las uñas y ponerme las pestañas, de hacer lo que me gusta”.
Les ha dicho a los chicos con los que comparte cuarto que ella no es eso que tienen delante. “Los muchachos de la casa me entienden, saben que yo soy una jeva, como dicen en Cuba, pero estoy disfrazada”.
No quiere permanecer en la República Centroafricana, así que solicitó a las autoridades consulares de la embajada cubana en el Congo que la enviaran para Cuba. Daniela no tiene pasaporte, no cuenta con ningún tipo de identificación, pero una funcionaria aseguró que le tramitarían un salvoconducto. “Me dijo que no sabe cuánto puede demorar”. Por el momento apenas sale del apartamento, se la pasa pendiente del teléfono, a veces muy deprimida. El lunes 14 de septiembre cumplió 32 años lejos de todo lo que conoce y quiso salir al día siguiente a tomarse, al menos, una cerveza.
El plan es el siguiente: saldrá de África vestida como Daniel, llegará a La Habana, a la casa de su hermana, porque la de ella la vendió. Se pondrá aretes, una peluca, pestañas y uñas de acrílico. Saldrá a la calle como sale Daniela, a buscar clientas para abrir otra peluquería. Cuando reúna el dinero suficiente se comprará un boleto. “A donde sea me voy”, dice. “A donde sea que pueda sentirme segura, porque Cuba cada día está peor, cada día se violan más los derechos de todos”.
Probablemente volverá a vestirse como un hombre, dice, porque la vida -lo sabe bien- nunca va a ser tan fácil para Daniela.



