Santiago Mazarrasa, filósofo y escritor: “Nuestra generación vive un fracaso enorme y no somos conscientes de hasta qué punto”
Desde que era muy niño, a Santiago Mazarrasa (Santander, 38 años) de pronto le invadía algo que él con el tiempo empezó a llamar la sensación. “Era una especie de náusea espiritual que me hacía consciente de que me iba a morir en cualquier momento. Cuando la tenía de pequeño me sentía muy mal, muy incómodo, pero era algo que me ocurría muy de vez en cuando, de forma muy espaciada”, explica con un tono afable y risueño, muy alejado de la angustia que describe. Sin embargo, ya frisando la treintena, cuando vivía en Berlín, ciudad donde, entre otras muchas cosas, trabajó como “cocinero de hamburguesas”, la cuestión se le fue de las manos: “Me empezó a ocurrir muy a menudo, cada vez era peor, hasta que se convirtieron en ataques de pánico que me hacían sentir una pérdida de contacto con la realidad. No me pasaba nada grave ni peligroso pero recuerdo mirarme y no verme las manos, no sentir el suelo bajo los pies. Llegué a un punto en el que me resultó completamente insoportable”.
Entonces fue cuando decidió regresar a su ciudad natal, en el Norte de España y allí, en ese mismo lugar, a orillas del Cantábrico, es donde arranca su última novela, Casilla vacía (Alianza Voces), un título que dice tanto de lo que contiene el libro como de lo que no. Todo comienza el día que una pandilla de amigos se reúne para pescar. Tras el encuentro, todos consiguen regresar a casa, menos uno. A partir de ahí para el protagonista, que acaba de tomar la decisión de abandonar la cosmopolita y prometedora Londres para aceptar un puesto de trabajo en una empresa familiar, se desata una tormenta existencial tan tumultuosa como sigilosa.
Se trata de un relato en el que, efectivamente, el protagonista parte de una casilla vacía, pues acaba de regresar a casa, donde no solo tiene que reconstruir su vida hacia el exterior sino su propia identidad. “No es una novela de trama. Está escrita desde una fisura”, describe Mazarrasa, para quien lo que el lenguaje muestra y oculta siempre ha sido una obsesión. De hecho, confiesa, es uno de los motivos por los que decidió estudiar Filosofía: “El XX es el siglo en el que se estudia el lenguaje como una manifestación esencial de lo humano, por eso en los años universitarios me fascinó Gilles Deleuze. La novela, de hecho, abre con una cita de su Lógica del sentido. ”Para mí es fundamental porque me interesa el lugar tan extraño que ocupa el lenguaje entre la realidad y su dimensión inmaterial. Las fallas que tiene el lenguaje son las fallas que se trasladan después de nuestra vida”.
Pero nada de esto quiere decir que Casilla vacía sea una obra pedante o difícil de comprender: de hecho, aborda problemas generacionales clásicos de un millennial, como el viaje del emigrado y su retorno, que aparece como un proceso de vaciamiento de expectativas y de deseos, donde todo tiene que redefinirse. “Nuestros padres vivieron en un mundo donde las promesas se cumplían y las aspiraciones de progreso estaban relacionadas con las posiblidades que tenían. Pero nuestra generación no tiene este tipo de aspiraciones y las herramientas para construir otras se han acabado. Vivimos en un fracaso enorme, y no somos conscientes de hasta qué punto es así”, explica el autor, quien admite que para él la búsqueda de propósito en la vida es una de sus grandes heridas. “Empecé a estudiar Filosofía para entender qué hacía yo en el mundo, por qué me tenía que morir… preguntas clásicas para las que no he encontrado respuesta. Aunque sí he encontrado maneras de formularlas muy interesantes”.
Y algunas de esas formulaciones están en su obra, donde también hay espacio para otras cuestiones como el mundo laboral, sus ramificaciones, las promesas que contiene, las obligaciones y sus efectos. “En la novela no se plantea el trabajo exactamente como un lugar de alienación sino como un espacio aspiracional, donde uno cree que puede arreglar las cosas”, explica Mazarrasa, quien en la vida real sí ha encontrado su sitio volviendo a su lugar de origen, donde ahora tiene un trabajo de oficina que le hace feliz. “En realidad, soy muy poco optimista si me pongo a pensar en las condiciones materiales que verdaderamente se dan, pero en la vida soy mucho de tirar para adelante”. Como reza la biografía que distribuye su editorial, Mazarrasa vive en Santander desde 2021, donde “pasea a su perro, mima a su gato y contempla un Excel infinito. Ese año, participó en un concurso televisivo para pagar sus deudas”.
Casilla vacía no es su primera novela. Antes ha publicado las novelas El aspirante (Ediciones Franz, 2021) y Caníbal sin dientes (Altamarea, 2023). En 2024, en colaboración con la Fundación Gerardo Diego, estrenó la obra de teatro Reflector en sombra. Si desean leerla, está publicada bajo el título Poeta intrascendente (Ulises, 2025). Casilla vacía es, sin embargo, la propuesta en la que mejor captura la sensación.



