Política

Ceuta: la viva estampa de una derrota


El Santo Oficio de la Polarización ha dictaminado que la tragedia de Ceuta solo puede definirse de dos maneras excluyentes entre sí. Según se sitúe quien habla a uno u otro lado del muro, dirá que es un ataque y una violación de la integridad territorial de España, como Pedro Sánchez dijo al principio, o una crisis humanitaria, como el mismo (¿el mismo?) Pedro Sánchez dijo después en el Congreso.

Como tantas otras querellas lingüístico-ideológicas, esta es un falso dilema que busca reducir lo complejo a la consigna de una pancarta, ocultando que lo de Ceuta es un ataque y una violación de la integridad territorial de España, al mismo tiempo, una crisis humanitaria. Rechazar uno de los dos términos o disociarlos es lo que ha provocado este desastre crónico. La mejor manera de contraatacar no estaba en las películas de Rambo que excitan a los machotes de Abascal: resolver lo humanitario era indispensable para salir triunfante del lío geopolítico.

Es obvio que quienes propiciaron la llegada de 80.000 personas los días 30 y 31 de julio buscaban el colapso de Ceuta y poner a prueba la fortaleza del Estado español, encizañándolo todo. Lo grave es que lo consiguieron. Tras unas primeras horas de aparente eficacia, las incomprensibles pasividad y lentitud del Gobierno, unidas a la bronca política, han dado la victoria a los instigadores.

La forma más eficaz de demostrar que España es un país fuerte y una democracia sólida era poner todos los recursos del Estado en marcha para resolver con mucha celeridad los expedientes de los menores y de los inmigrantes que han solicitado asilo. Esa habría sido una respuesta digna de una democracia comprometida con la declaración de los derechos humanos y de un Estado serio que no se deja intimidar por poderes espurios y marrulleros. ¿Creen que pueden desestabilizar nuestro territorio tan fácilmente? Pues ya ven que tenemos un aparato bien engrasado y ágil, con funcionarios competentes y políticos decididos que se remangan cuando toca y ordenan el caos con diligencia.

En vez de eso, España ha transmitido una imagen de fragilidad extrema, con un Gobierno cerrado por vacaciones, y evasivo, contradictorio y falaz en la hora (muy tardía) de las explicaciones. Añadamos una clase política oportunista que solo ve en la crisis un caladero de votos, una ciudad descompuesta que no comprende cómo se ha cronificado la emergencia y unos refugiados esperando a Godot bajo lonas que recuerdan tiempos de guerra, víctimas primero de los miserables que los empujaron hacia la frontera, con promesas vanas, y de una administración desbordada e incapaz de resolver nada: la viva estampa de una derrota.


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