Política

Cuerpo electoral


El Gobierno de coalición se dirige al final de la legislatura, en una situación cada vez más complicada. Su presidente, Pedro Sánchez, está en el poder desde el 2 de junio de 2018. Pocos primeros ministros (y menos de izquierdas) aguantan tanto en estos tiempos. No solo eso: en la actualidad, el PSOE de Sánchez es uno de los partidos socialdemócratas europeos con mayor apoyo popular (junto con el partido socialdemócrata sueco).

A pesar del clima político tan viciado que reina en España, Sánchez puede presumir de logros importantes: estabilidad política, unos resultados económicos envidiables en el contexto europeo, la defensa de los derechos humanos en la escena internacional, reformas a favor de los trabajadores, la modernización del sistema productivo, una apuesta clara por las energías renovables, la normalización política de Cataluña tras el ciclo represivo anterior y un largo etcétera.

Aparte de la vivienda, lo que más ensombrece la gestión de Sánchez son los escándalos de corrupción que afectan a dos secretarios de Organización del partido, así como la oscura trama en torno a Leire Díez y sus colaboradores. En ocasiones he defendido en estas páginas que la mejor manera de rendir cuentas por estos escándalos consiste en que el presidente anuncie que terminará la legislatura, pero no se presentará de nuevo a las elecciones. La corrupción que afecta a cargos de su más estricta confianza debe tener efectos políticos, no porque pueda decirse que el propio Sánchez se ha beneficiado de dicha corrupción, sino porque fue él quien nombró a los secretarios de Organización de su partido.

Creo que en otros países europeos la estrategia de resistencia a ultranza que practica Sánchez no habría podido salir adelante. Por lo demás, es comprensible que, ante el acoso judicial contra miembros de su familia, se revuelva y no quiera dar su brazo a torcer. Ahora bien, si se toma un poco de perspectiva, hay buenas razones para concluir que Sánchez no debería empeñarse en presentarse a las próximas elecciones. Todas las encuestas (incluida la de la empresa que acertó en las elecciones de 2023 en este periódico) indican que la probabilidad de que haya una mayoría absoluta de PP y Vox es muy elevada. En caso de derrota de las izquierdas, Sánchez arrastrará al PSOE a una crisis profunda por no haber asumido en su momento responsabilidades políticas ante la corrupción.

Por supuesto, nada está escrito, y Sánchez podría (una vez más) protagonizar una remontada. Con todo, parece cada ve más difícil que sea el propio Sánchez quien salve a las izquierdas de una coalición PP-Vox. Su figura se ha vuelto enormemente divisiva y sufre un desgaste importante después de tantos años en el poder. No en vano, ha sido víctima de la mayor campaña de desprestigio político que se recuerda en este país desde la época de la Transición.

No hay por qué considerar que la permanencia de Sánchez como candidato electoral sea un hecho inevitable. Lo lógico es que se ponga en marcha un debate abierto al respecto, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que hay en juego en esta ocasión para la democracia y la sociedad españolas.

Según lo veo, hay dos formas de abordar la sucesión de Sánchez. Una pasa por buscar un candidato alineado con el estilo y la estrategia políticas del propio presidente que pueda presentarse como sucesor natural. Óscar Puente o Félix Bolaños podrían encajar fácilmente en ese perfil.

Otra forma consistiría en un cambio de orientación, bajo el supuesto de que la etapa de Sánchez ha llegado a su fin y es preciso escapar del acoso inmisericorde al que políticos, jueces y periodistas de las derechas someten al presidente. Mediante dicho cambio, el PSOE podría superar algunos de los lastres que arrastra, reconectando con electores que se han alejado del partido, en muchos casos porque no soportan la política del enfrentamiento permanente basada en el y tú más.

En este sentido, me parece que debería plantearse seriamente la posibilidad de lanzar a un candidato como el actual ministro de Economía, Carlos Cuerpo. Cuerpo no es miembro del partido, por ello, los hedores que proceden del interior de la organización no le afectan tanto como a otros potenciales candidatos. Y cuenta además con dos grandes ventajas.

Por un lado, su gestión al frente de la economía solo puede calificarse de exitosa. Su ministerio se asocia a uno de los aspectos más brillantes del Gobierno. Tan exitosa es dicha gestión que la oposición ha optado por evitar la cuestión económica: las derechas prefieren hablar en el Congreso de la familia del presidente que de asuntos como el crecimiento, las exportaciones, la creación de empleo o el cambio de modelo productivo. Por algo será.

Por otro lado, Cuerpo ha demostrado tener la habilidad de evitar las provocaciones de la oposición. No practica el y tú más y no se altera ante las acusaciones truculentas que ha recibido últimamente en el Congreso. Ya sea por personalidad o astucia, consigue situarse por encima del ruido circundante, transmite calma y determinación y no proporciona combustible para la polarización abrasadora que consume la política española (en claro contraste con la facilidad con la que Sánchez entra al trapo). Ante una oposición desatada, tiene más eficacia un político que no se deja arrastrar por el clima de deslegitimación que otro que responde con parecida o superior dureza a los ataques recibidos. Ante Cuerpo, la oposición se queda sin sus habituales recursos retóricos.

Alguien como el ministro de Economía podría atraer a una masa importante de votantes que están hartos del clima creado por el PP y Vox: las sesiones de control en el Congreso y las comisiones de investigación en el Senado se han convertido en una especie de espectáculo taurino, con el presidente y los suyos como animales lanceados.

Entre las características de Cuerpo destaca su templanza. Eso supone una gran ventaja, pues le permite tanto reconectar con votantes de querencia centrista (sin tener que apelar a la nostalgia resentida de Felipe González) como dejar margen suficiente para que las fuerzas a su izquierda cosechen buenos resultados con un discurso ideológicamente más afilado. Si la candidatura de Cuerpo llegara a darse, el PSOE podría crecer no a costa de votantes antiguos de Podemos o Sumar, en un juego de suma cero que condenaría a las izquierdas a una posición perdedora, sino mediante un electorado moderado que se siente incómodo con algunas de las políticas de Sánchez.

Para neutralizar el desafío que supone la coalición PP-Vox, algo difícil pero no del todo imposible, será necesario arriesgar en todos los terrenos y apostar por estrategias que permitan a las izquierdas conseguir una mayor base electoral. Cuenta el Gobierno para ello con una gestión más que presentable que desarma el discurso delirante de que nos encontramos en medio de una mutación que nos conduce al “autoritarismo sanchista”. Carlos Cuerpo es el ministro mejor valorado del Gobierno (según el barómetro de julio del CIS) y no provoca tanto rechazo en el electorado no socialista como otros ministros o el propio Sánchez.

Si el PSOE se atreviera a presentar como candidato a un independiente (pero claramente afín y comprometido con el proyecto), mandaría una señal potente de que se toma en serio los problemas de corrupción, a la vez que destacaría el principal activo del Gobierno, sus resultados objetivos en materia económica.


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