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La calidad ética del buen vivir


La frase “lo importante no es vivir, sino vivir bien”, atribuida a Sócrates y transmitida por Platón en el Critón, condensa una de las ideas fundamentales de la ética: la vida humana no debe medirse únicamente por su duración, sino por su calidad ética. Para Platón, “vivir bien” no es solo mantener las funciones biológicas activas. Se trata de vivir bajo la luz de una brújula interior que guía nuestras decisiones y acciones; de un filtro a través del cual decidimos lo que está bien y lo que está mal. Sin ética, nuestras acciones estarían guiadas tan solo por impulsos, deseos o intereses personales. Seríamos como barcos que van a la deriva, sin rumbo fijo.

Los nuevos conocimientos de la neurobiología y de la genética son muy alentadores, ya que confirman que nuestro cerebro goza de una gran plasticidad que nos facilita superar cualquier reto. Pero lo más novedoso es que, cuando actuamos éticamente, tendiendo hacia lo bueno, llevando una vida prosocial llena de sentido, nuestros genes reaccionan produciendo unos patrones neuronales que favorecen nuestra salud.

Del mismo modo que el ser humano es por naturaleza social, lo que implica que solo podemos ser felices siendo solidarios y contribuyendo con nuestra vida al bien común, también debemos entender que estamos orientados, dadas nuestra naturaleza, nuestra biología y nuestro espíritu, hacia una vida buena, en definitiva, humanitaria.

Aunque es cierto que los genes no nos dicen en qué consiste llevar una vida buena, al vivir con esa actitud y tender hacia el bien, se ha confirmado que las prolongaciones de las neuronas de nuestro cerebro segregan unas sustancias a las que podemos considerar “abono para el cerebro” y que denominamos “sustancias mensajeras neuroplásticas”, que nos capacitan para vivir con ilusión y entusiasmo. Una de las derivadas más fascinantes de este proceso es que, al comprender cómo se puede perder la alegría, también podemos entender cómo recuperarla.

Pero para que nuestro cerebro alcance un buen funcionamiento, es necesario cumplir cinco requisitos indispensables.

El primero es la seguridad, y deriva del principal papel del cerebro: protegernos de los peligros. Cuando no nos sentimos seguros, nuestro cerebro se encuentra en modo de alarma o supervivencia, lo que puede derivar en ansiedad o ataques de pánico.

El segundo es la vinculación. Somos seres sociales y nuestro cerebro necesita vivir en un modo de pertenencia. Yo pertenezco, al igual que tú. No estamos solos. Lo cual no quiere decir que debamos tener mil amigos en Facebook. Se trata de mantener buenas relaciones analógicas con un cierto número de personas.

El tercero es la práctica de ejercicio físico. Todo lo que le sucede al cuerpo repercute en el cerebro, ya que están unidos por medio de millones de fibras nerviosas. De este modo, el ejercicio físico contribuye a que el cerebro abandone el estado de supervivencia o alarma y el cuerpo se armonice. No se trata de hacer deporte de alto rendimiento, sino más bien de practicarlo de manera moderada: pasear, correr, bailar, nadar, hacer bicicleta. Lo importante es que la sangre fluya para segregar endorfinas que produzcan la sensación de felicidad, de placer y de alegría. También mediante el ejercicio se consigue el llamado factor neurotrófico derivado del cerebro, que es clave para la neuroplasticidad, además de la memoria y la supervivencia neuronal (BDNF, brain derived neurotrophic factor).

El cuarto es la búsqueda de sentido. El cerebro es un órgano que busca sentido. Necesita saber qué es lo importante para cada uno de nosotros. Las cosas tienen la importancia que les queremos dar. Decía Víctor Frankl que no es la vida, sino que somos nosotros los que hemos de encontrar un “sentido profundo” a nuestra existencia. Pero se trata de conocer cuál es la meta por encima de las metas; de saber cuál es el verdadero título del libro de tu vida.

El quinto consiste en evitar el estrés crónico, ya que encoge el hipocampo, que es una estructura central del cerebro para la memoria y la regulación de emociones.

Pero hay un sexto requisito que tiene que ver más con el ámbito social que con nuestro cerebro. El ser humano necesita vivir en un entorno saludable. Y regresamos a los griegos. Lo que afirmó Platón, que para “vivir bien” no solo debíamos mantener las funciones biológicas activas, sino que era preciso hacerlo bajo la luz de una brújula interior que guiara nuestras decisiones y acciones, no podemos llevarlo a cabo sin un entorno sano, verdadero. Entendiendo verdadero en el sentido que le otorgaron el mismo Platón y su maestro, Sócrates, para quienes verdad, bondad y belleza constituían una tríada inseparable e imprescindible para la vida plena, la eudaimonía. Por eso mismo, no podemos vivir en un entorno saludable sin líderes que intenten decir siempre la verdad, con conocimiento y conciencia.

En su libro Entusiasmo y delirio divino (Begeisterung und göttlicher Wahnsinn), Josef Pieper critica a aquellos oradores o líderes para los cuales el contenido no es lo más importante, porque buscan únicamente fascinar, impresionar, conseguir el favor del público. Agradar, en definitiva.

Para ello se concentran en la forma, la retórica mal entendida. Buscan frases o conceptos que suenen a verdad, eslóganes publicitarios. Se transforman en “persuasores eficaces”, pero faltos de verdadero sentido. Lo describe muy bien Pieper al citar otro diálogo de Sócrates con Gorgias: “La retórica se comporta de ese modo: ni necesita conocer la cosa en sí ni saber cómo se comporta; solo tiene que dominar la técnica de la persuasión”.

Lo que nos indica Pieper al final de esta obra es de gran importancia y debería llevarnos a una profunda reflexión: este tipo de discursos, sin pretenderlo en realidad, lleva a la sociedad a la destrucción, a la desintegración, porque una doctrina que no es tal, pero pretende serlo, corrompe.

El auditorio, la sociedad, con frecuencia siguen teniendo, en su mayoría, una “intuición de verdad”, que resuena muy profundamente en su ser. Cuando la verdad se sustituye por la persuasión, la sociedad termina convirtiéndose en descreída y desconfiada, sin valores y sin fe en lo que le dicen los que deberían ser los mayores defensores de la verdad (del bien común auténtico)., peor aún, se convierte en una sociedad resentida que reacciona con cierta agresividad, y termina radicalizándose y polarizándose.

En todo lo humano, para “vivir bien” no basta con el esfuerzo personal (evitar el estrés, hacer ejercicio, entusiasmarse…), sino que es necesario también y quizá en mayor medida, el “esfuerzo colectivo”. Es decir, necesitamos líderes sociales que amen, por encima de todo, la verdad socrática, que busquen siempre el bien común. Persuadir, con el único objetivo de agradar para mantenerse en el poder, no es propio de un líder responsable. Al actuar así, poco a poco, sin prisa, pero sin pausa, corrompen la sociedad y el sistema democrático en su raíz más íntima: el amor a la verdad.


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