Templanza contra los destemplados
Claudia Sheinbaum usa templanza contra los destemplados. Un liderazgo político hecho de reflejos para esquivar sin públicos manotazos tanta ocurrencia obradorista. Al filo de su segundo informe de gobierno ha toreado la primera rebelión interna; salió airosa, mas es temprano para decir que fortalecida. Parece condenada a ser la única con madurez en un entorno de improvisados con iniciativa.
La presidenta de México tiene doble jornada. Carece de un equipo que le evite desaguisados en el Gobierno, y en el partido. El bastón de mando con extremos a cual más de emproblemados. El partido no genera buenos cuadros para el Gobierno; en los mandos del Gobierno están esos con méritos en el movimiento antes que gente de habilidades en la administración. En medio, ella, desfaciendo entuertos.
Es mucho pueblo, suficiente presidenta y pobre movimiento. Rubén Rocha Moya es ejemplo (hay más como él). Solo que este se atrevió, en el momento más inopinado pero se atrevió, a exhibir sin pudor su ambición, agenda y ego. Cuando se busca explicar su intento por retomar y retener la gubernatura de Sinaloa, se habla de que teme ser detenido, y acaso extraditado. Es una explicación incompleta.
En el movimiento hay muchos padres y madres de la victoria. Compañeros de la compañera presidenta; coautores de la épica —así se ven ellos— de haber retenido y aumentado el poder en 2024. No pocos de ellos actúan como quien pide ser reconocido porque venían remando desde antes de que la presidenta ganara hace dos años, e incluso creen que sin ellos ella no hubiera ganado… O no tanto.
Rocha es uno de esos. Regresó sí, seguramente, al calcular que desde Palacio de Gobierno podría maniobrar más. De que el embate o incluso la resistencia son mejores con el título de gobernador en funciones. ¿Quién le iba a regatear algo? A él, que capturó un Estado complicado y complejo en 2021, a él que en la boleta lo puso Andrés Manuel López Obrador, a él que lo arroparon porque se lo merece.
Rocha pudo haber sido el primer sorprendido con el aislamiento que se fue consolidando en torno suyo poco después de que el viernes anunciara su retorno al poder, cosa que ejecutó en cuestión de minutos. Su confusión tendría algo de fundamento. Si por años, y desde abril, todo desde la Federación fue trato con guante de seda, por qué tendría que avisar o solicitar permiso para reasumir funciones.
En su cálculo de que nada malo pasaría pesó que Estados Unidos no envía las pruebas, que las acusaciones en México son de opositores y fueron desestimadas desde el sexenio pasado, que Morena sabía cómo se tiene que operar en un territorio como el suyo, que de cara a la elección lo necesitan, a él y a su gente, porque durante cinco años extinguió a otros grupos, se hizo del Estado, y del movimiento.
La presidenta no podría prescindir de él. Morena no tiene con quién operar sin él. Al cuarto para las doce de las encuestas que no son encuestas para destapar las candidaturas, el gobernador, el hombre fuerte, el dueño de la plaza, el profe Rocha no puede estar en una hamaca, ni en una ranchería, así sea bailando. No, su lugar no es ese, sino ahí donde se cierran los acuerdos y amarran los pactos.
El motín de Rocha estaba cantado semanas atrás en Sinaloa, a cuya gubernatura volvió tan campante. En la entidad con más soldados, agentes federales y “atención a las causas”, la Federación fue la última en enterarse que el rochismo estaba harto de la sombra, que fuera máscaras y nada de gobernar tras bambalinas. Sheinbaum dice que se enteró en las redes, lo peor es que no hay forma de no creerle.
Porque lo contrario sería una confesión de parte. Un reconocimiento de que el Gobierno federal carece de inteligencia para detectar una movida así, una aceptación de que en las reuniones de seguridad nacional se les pasó revisar el escenario de qué les decimos a los americanos si Rubencito se envalentona, una confesión de que el Gobierno no gobierna, la Segob es tigre de papel, y la presidenta…
Y la presidenta aguanta. Porque el nuevo presidencialismo no ha nacido. El expresidente López Obrador no es un modelo (dicho sin ironía). Y la presidenta descubre a la mala que sin instituciones no se puede gobernar, ni tampoco disciplinar a los compañeros. En el viejo PRI, el que se movía no salía en la foto, y el gobernador que desafiaba a un presidente, sabía que había tentado al destino.
Un partido en el que la presidenta de la República tiene que recibir todos los días a las dirigentes para palomear cada decisión de las preprecampañas es una fachada. ¿Entonces cuando alguno de las o los aspirantes salga con escándalos, la culpa será de Palacio Nacional, que no detectó pecados y corruptelas de los ungidos? Y por si fuera poco, la mandataria se echará encima la campaña por todos.
La presidenta heredó un castillo de naipes, demasiados con esquinas podridas. Si una de esas cartas se cree con vida propia, atenta contra el necesario equilibrio. Y la corrupción y la burla a los principios —¿qué queda del “no robar, no mentir…” tras 97 viajes en jet privado de la gobernadora Mara Lezama?— hacen temblar a toda la estructura. Solo les resta negar, a costa de volverse más cínicos, los abusos.
Y hoy lo único que sostiene ese tinglado es la presidenta. Esa misma que demasiado a menudo se ve obligada a optar por el recurso del “no sabía”, “no fui informada”, “me enteré en las redes”, “lo leí en la prensa”, “ya lo informará la Fiscalía”, “voy a pedir un reporte”, “no estoy de acuerdo”, “es una decisión personal”, “que explique él/ella”… Templanza entre tanto destemplado de su Gobierno y su partido.

