Sara Curruchich, cantante maya: “Cantar en kaqchikel es un ejercicio de liberación”
San Juan del Obispo, una aldea de Antigua Guatemala conocida por sus calles empedradas y su vista privilegiada del volcán de Agua, guarda una casa pintada de amarillo intenso con frases del poeta Luis de Lión escritas sobre la fachada. Ahí, en la Casa Museo que hoy resguarda la memoria del autor de El tiempo principia en Xibalbá —secuestrado y desaparecido por el Ejército en 1984—, la cantante maya kaqchikel Sara Curruchich recibe a EL PAÍS. El lugar no fue casualidad. La cantautora está musicalizando algunos de los poemas de De Lión para su próximo disco y quiso que la charla ocurriera precisamente ahí, entre los murales y la biblioteca que el propio poeta fundó en 1962.
Sara nació hace 33 años en San Juan Comalapa, Chimaltenango, una comunidad indígena ubicada a unos 80 kilómetros al noroccidente de la capital. Es la menor de seis hermanas e hija de una familia campesina: su padre, Eladio Curruchich, trabajaba la tierra; su madre, María Cúmez, es tejedora y trabajó también en casas particulares. De ellos heredó, dice, el canto cotidiano que acompañaba las tareas del hogar. “Mi mamá silbaba, mi mamá cantaba, y cantaba cosas que ella se inventaba”, recuerda Sara. “Con el paso de los años comprendo que eran formas maravillosas de composición, que ocurren cotidianamente en los pueblos originarios”, explica.
Su padre también cantaba mientras trabajaba, y ella y una de sus hermanas jugaban a “ser cantantes”. A los siete años le pidió a su papá que la dejara tomar clases de canto con una instructora que llegó al pueblo para dirigir coros religiosos. Fue a esa edad cuando por primera vez pensó en que su sueño era ser solista, aunque su padre le dijo que aún era muy pequeña para eso.
Don Eladio murió cuando ella tenía nueve años. “Siento, y he aprendido con la música, que también es una manera maravillosa de poder vincularnos con otras dimensiones, como la de él ahora”, comenta. Años más tarde se trasladó a la ciudad para estudiar música, carrera de nivel medio de la que se graduó.
De Comalapa a escenarios de Europa
Sara empezó a escribir canciones en 2011, en un momento en que viajaba constantemente entre Comalapa y la capital guatemalteca para estudiar. Fue ahí donde tomó conciencia, según cuenta, de un trato distinto hacia ella por ser mujer indígena: “Al final era racismo disfrazado de chistes, que atravesaba mi cuerpo y atravesaba mi sentir como mujer maya”, explica.
Escribir se volvió un proceso íntimo de sanación antes que un oficio público: “Fue un proceso de canalización, de sanación —que ahora puedo nombrar así— y un maravilloso proceso de reafirmación de identidad”, dice.
Cantó su primera canción propia en un restaurante de Comalapa que ya no existe, El Adobe, punto de encuentro de un movimiento cultural local. En 2015 compartió esa canción en redes sociales, el 25 de noviembre de ese mismo año, dio su primer concierto formal en la capital, en la pizzería L’Aperó. Desde entonces construyó, junto a un equipo de tres mujeres, un camino que la ha llevado a festivales y escenarios de España, Portugal, Finlandia, Francia, Alemania, Italia y Sudáfrica.
“Hay un discurso que, además de querer invisibilizarnos, trata de inmovilizarnos. Hacerle frente a eso es una acción disruptiva”, dice sobre el esfuerzo de abrirse paso en espacios donde, admite, todavía hay quienes creen que “los pueblos mayas ya no existen”.
Su música, que ella describe como world music —aunque prefiere llamarla “música raíz que camina”—, combina exploraciones rítmicas contemporáneas con sonidos tradicionales como la marimba, el tambor y los instrumentos de barro. En 2019 grabó Somos, su álbum debut, entre Guatemala, Francia y España, bajo la producción artística de Gambeat (bajista de La Ventura, de Manu Chao) y con la colaboración de Amparo Sánchez, exvocalista de Amparanoia.
En 2021 llegó Mujer Indígena, producido por la propia Amparo Sánchez para el sello Mamita Records, con colaboraciones de Lila Downs, Rosalina Tuyuc, Carmen Cúmez y Muerdo. Ese mismo año recibió el premio MTV MIAW Transforma por su trabajo artístico y social en favor de la igualdad de género.
En mayo de 2026 sumó una nueva colaboración internacional: Quisiera ser, un sencillo grabado junto a Andrea Echeverri y Héctor Buitrago, de la banda colombiana Aterciopelados.
Hoy la acompaña en directo una banda integrada solo por mujeres: Sandra Moreno en la marimba, Moty en la batería y Karla Molkovich en el bajo, todas mexicanas. “Es evidente que existe un asombro muy grande en la audiencia porque somos una banda de mujeres”, cuenta la artista. “Tratamos de tomar espacios que históricamente han sido bastante reducidos para nosotras”, explica.
Cantar en kaqchikel a públicos que no lo entienden
Uno de los relatos que más la marcó ocurrió durante una gira de conciertos por comunidades guatemaltecas alejadas en 2017, un proyecto pensado para descentralizar el acceso al arte. “Llegamos a comunidades muy distantes donde solo había mujeres, porque los hombres, a partir de los 13 años, migraban”, recuerda. En una de esas comunidades, la gente se resistía a sentarse en las sillas dispuestas para el concierto: pensaban que esos asientos no eran para ellos.
“Vemos ese resabio de violencia histórica que todavía sigue existiendo en el país”, señala. Pese a la timidez inicial, terminaron bailando, cantando y hasta improvisando una canción juntos. “Eso tiene un valor enorme para reafirmar que la música sí nos permite sanar, acercarnos y acompañarnos”, explica.
Cantar en kaqchikel fuera de Guatemala tampoco ha sido un obstáculo, sino “un ejercicio de liberación e incluso de encuentro. La gente está contenta y canta en kaqchikel”. La cantautora ha aprendido inglés y un poco de francés para comunicarse con el público internacional, aunque insiste en que sus canciones no tienen una traducción literal y prefiere compartir, en el idioma de cada país, “cuál es el mensaje o el corazón de la canción”.
Ese compromiso también ha tenido un coste personal. “El hecho de hacer estos abordajes me ha expuesto muchas veces a agresiones digitales, discursos de odio e intentos de amenaza”, relata. En esos momentos, cuenta, su madre ha sido un sostén fundamental al recordarle “constantemente que nosotras, como mujeres, también tenemos mucho que decir. Y que hay personas que puedan sentirse incómodas también es importante: hay que incomodar a quienes no nos quieren escuchar”, comenta.
Un tercer álbum con la voz poética
La artista atraviesa ahora una nueva etapa. Además de componer, ha comenzado a producir la música de otras colegas indígenas. Actualmente trabaja con Paola, una cantautora maya kaqchikel de San Antonio Aguas Calientes (Sacatepéquez), porque sostiene que es necesario “crear o fortalecer espacios para escuchar a otras voces y a otros artistas indígenas, para que puedan expresarse desde su propia historia”.
Su proyecto más personal en este momento es su tercer álbum, todavía sin título, en el que musicaliza poemas de Luis de Lión. “Ha sido una experiencia muy hermosa, porque para mí es una invitación a escuchar cuál es el sonido de la poesía, particularmente de las palabras que forman la obra de Luis de Lión”, cuenta sentada en la misma casa donde el escritor nació y donde hoy funciona el proyecto cultural que dirige su hija, Mayarí de León. La idea es terminar la grabación y ofrecer después una residencia de conciertos en esa misma casa, para luego llevar el nuevo repertorio a distintas comunidades del país entre octubre de 2026 y junio de 2027.
Fuera de los escenarios, Sara Curruchich guarda pequeños rituales. A su guitarra —el instrumento que más la acompaña junto a su voz— le gusta colgarle pulseras y tejidos: “Siento que es una forma de traer mucho color”.
En su lista de reproducción de Spotify combina distintas generaciones y geografías: escucha a la chilena Ana Tijoux, al argentino Milo J y a la cantautora mapuche Daniela Millaleo. “Las canciones y todas las propuestas musicales nos pueden dar mucha fuerza y mucha calma”, explica, y añade que encontrar esa serenidad “en medio del caos diario es algo maravilloso”.
Cuando no compone, produce o viaja, apenas le queda tiempo para actividades ajenas a la música. Antes tejía en telar de cintura, un oficio que su madre le enseñó a los seis años y que espera retomar en algún momento.
Entre viajes y giras, cursa la carrera de Sociología, tras haber estudiado dos años de Música en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Su próxima meta geográfica es Sudamérica: tras haber visitado Colombia y Bolivia, a finales de agosto viajará al Festival Orígenes, en Colombia, y sueña con llegar también a Ecuador, Perú, Brasil, Chile y Argentina. “Compartimos mucho de la raíz y me encantaría conectar con las raíces hermosas de esos territorios”, dice.
Al preguntarle qué les diría a las niñas de los pueblos originarios que sueñan con cantar o seguir cualquier otro camino, responde sin dudar: “Que abracen mucho sus sueños, que abracen lo que hace latir su ser; que sean tercas, que se aferren a sus metas y que recuerden que su voz y su camino son muy importantes. Necesitamos escucharlas. Que nadie les haga creer que no son importantes”.


