La nube que los une
Cegados por el neblumo de su discusión, Ella y Él van deshilando ramificaciones infinitas para llevarse la contraria, rebatirse e intercalar uno o dos silencios que parecen conciliatorios. La cosa empezó andando, pero la intensidad de ambas intenciones frenó los pasos y el paseo pasó a ser pódium ante un improvisado semicírculo de espectadores que no sólo prestamos oídos al debate, sino que pronto manifestamos abiertas inclinaciones y preferencias cambiantes sin que ninguno de los testigos se atreviera a intervenir o interrumpir el coloquio caliente entre Ella y Él.
De una anécdota compartida pasaron a un enredo sobre aranceles y quién paga o no paga impuestos indirectos; luego, la defensa irrestricta de una destacada política mexicana por el solo hecho de ser mujer y el remanso conflictivo y ya muy arruinado en torno al mundo del narcotráfico… pero de pronto, uno de los dos (creo que Ella) alabó el color azul y lo que se había construido como diatriba y disturbio se fue suavizando deliciosamente en una conversación estética sobre el azul de los cielos y los distintos azules del mar. La voz de Él se quebró en cuanto evocó el azul de los ojos que hacía apenas unos minutos parecían inyectarse de bilis amarilla y Ella —lapizlázuli en retina— recordó unas viejas mancuernillas en camisa de lino.
Azul la rapsodia que ambos calificaron como fondo musical a su diálogo derivado de discusión: el ruido sincronizado de los metales como si fuesen los autos que pasaban al vuelo, los violines de sus respectivas voces y esa mirada compartida entrelazando una armonía indescriptible como se eleva la estela del oboe o el clarinete en el primer comentario que se le ocurrió a Ella en cuanto salieron a andar las calles de la ciudad donde parecían arremolinarse todas las tristes noticias del mundo, las cifras del hambre, el horror de los horrores. Suave rapsodia que permite aclarar que en realidad Ella y Él no existen.
Los he dibujado bajo su nube compartida para simular el diálogo constante entre Dos como si fueran Uno, como si por hoy no quiero escribir de las desgracias que me hinchan el hígado y me refugio en el ya muy viejo pacto de pergeñar prosa como placebo. Palabras para una pantomima imaginaria en medio de cualquier ciudad donde dos personajes arman sobre sus cabezas una nube entrañable, neblina envidiable, para evadir todo telón.



