Los jóvenes chilenos no creen en la Iglesia: tarot, reiki y astrología crean una nueva espiritualidad
La chilena Gabriela Strahalm tenía 18 años, en 2008, cuando consultó el tarot por primera vez. Su madre, cuenta, tenía problemas con el alcohol y ya habían hablado con un psiquiatra sobre internarla. Gabriela debía decidir si se quedaba en Santiago, la capital, o se iba a vivir con su abuela. Recurrió a la tía de su mejor amiga, que leía las cartas, y le preguntó cómo estaría su madre si ella se iba.
La lectura, recuerda, la ayudó a decidirse y Gabriela se fue. Tres meses después su madre murió. Con los años, aquella primera consulta la asoció a una manera distinta de buscar orientación en momentos difíciles.
Desde entonces, han pasado casi dos décadas y la pertenencia religiosa ha cambiado con fuerza en Chile, sobre todo entre los jóvenes. En 2006, el 19% de las personas de 18 a 34 años decía no tener religión; en 2025 ya era el 51%, según la Encuesta Bicentenario UC. En ese mismo grupo etáreo, solo un tercio se declara católico.
Si abrimos el zoom, la foto es parecida. En 2002, por ejemplo, el 8,3% de las personas de 15 o más años decía no profesar ninguna religión o credo. En el Censo de 2024 fue el 25,8%. Quienes no tienen religión son, además, casi ocho años más jóvenes en promedio que quienes sí pertenecen a una.
La encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP) 2024 muestra una separación entre pertenencia y creencia. Entre quienes se declaran sin religión, el 55% todavía cree en Dios y el 67% dice tener una manera propia de conectarse con él.
Maureen Neckelmann, socióloga del Programa Interdisciplinar en Estudios de la Religión de la Universidad Católica, dice que una visión tradicional de la secularización suponía que la pérdida de influencia religiosa iría acompañada por un mayor predominio de explicaciones científicas. A su juicio, lo que ocurre hoy desborda esa explicación. “Más que un proceso de secularización -en el sentido de un reemplazo por visiones científicas, racionales-, crecientemente las personas, especialmente los jóvenes, empiezan a cultivar formas espirituales individualizadas”, dice.
Esa forma individual de creer aparece también en el conjunto de la población. La misma Encuesta CEP 2024 muestra otro dato: el 76% de los chilenos cree en Dios y el 74% dice relacionarse con él sin necesidad de la iglesia.
Para Neckelmann, el cambio también está en quién tiene autoridad sobre la creencia. Lo que antes llegaba como doctrina, hoy puede convertirse en un camino elegido a la carta por cada individuo. “Lo que aparece como inconsistente, en realidad tiene una consistencia, pero que es individual”, dice la socióloga. “Si tú le preguntas a alguien cuáles son sus creencias, probablemente va a intentar hacer un discurso consistente de por qué cree en Dios y cree en la astrología, por ejemplo”.
Un camino propio
Antes de aquella primera consulta, el único acercamiento de Gabriela a algo espiritual había sido la Iglesia católica: hizo la primera comunión. A los 15 años empezó a frecuentar a una amiga de colegio con la que hablaba de ovnis, extraterrestres, energía, reiki y chakras.

El giro mayor ocurrió durante la pandemia: un primo le dijo que podía comunicarse con su madre fallecida y le mencionó recuerdos que le ayudaron a sanar. Ese, dice, fue su “despertar espiritual”.
Alrededor de esas búsquedas se han organizado también cursos, encuentros y congresos. Majo Arévalo, por ejemplo, psicóloga y productora de eventos, llegó al tarot por una búsqueda propia y terminó organizando espacios para otros.
Con el tiempo, esa búsqueda se cruzó con algo que ya sabía hacer: producir. Organizó cursos de astrólogos que visitaban Chile y encuentros de tarot y oráculos. De ese recorrido nació el Congreso de Tarot Chile.
El Congreso también enseña cómo ejercer como tarotista y cobrar una lectura, presentándolo como una posibilidad de trabajo.
“Estas terapias te ayudan a conocerte más a ti mismo, ponen tu poder dentro de ti, mientras la religión pone el poder fuera de ti”, dice ella.
René Gallardo, psicólogo y académico del Instituto de Psicología de la Universidad Austral de Chile, ha observado ese énfasis en nuevas espiritualidades. En uno de sus estudios encontraron búsqueda de plenitud, empoderamiento y renuencia hacia las instituciones formales.
Los autores relacionan esos rasgos con una lógica neoliberal que pone en cada persona la responsabilidad por su bienestar. Hablan de un “consumidor espiritual”, que elige prácticas según sus necesidades, y de un “emprendedor espiritual”, volcado a trabajar sobre sí mismo. Gallardo lo explica: “Hay un imperativo de “trátate a ti mismo, sana a ti mismo para después sanar a los otros”.
Sanar y cobrar
Gallardo y Rodrigo Navarrete, también psicólogo y académico del Instituto de Psicología de la Universidad Austral de Chile, han estudiado a terapeutas holísticos del sur del país. Llaman “espiritualidades terapéuticas” a prácticas que combinan una explicación espiritual con técnicas que, según quienes las ofrecen, buscan aliviar problemas físicos o emocionales.

Wilma Flores llegó por esa vía: una crisis la llevó a buscar fuera del catolicismo. Encontró el reiki, dejó su trabajo administrativo y hoy se presenta como sanadora cuántica, reikista y médium. Cobra, dice, 70.000 pesos chilenos por sesión (unos 76 dólares). “Lo mío no es un negocio. Yo lo hago porque es una forma en donde yo entendí que mi sentido de vida tiene que ver con ayudar a otros”, dice.
Esa convivencia entre convicción y sustento económico aparece también en las entrevistas de Gallardo y Navarrete. Algunos terapeutas les dijeron que ganaban más que un psicólogo; muchos preferían hablar de retribución, agrega Navarrete.
Navarrete encontró otra tensión: “No hay un fracaso terapéutico, sino que hay algo en el sujeto que no está haciendo, que no está desarrollando, algo que él no está logrando”.
Para el psicólogo, esa lógica puede terminar siendo “bastante perversa”.
Los límites
Según el Ministerio de Salud, en Chile existe desde 2005 un reglamento para las prácticas médicas alternativas. El reiki no tiene reconocimiento profesional sanitario y puede ser fiscalizado cuando se ofrece en el ámbito de la salud.
Arévalo cree que debería existir un código ético para tarotistas: evitar predicciones sobre muerte o salud, el uso del miedo y la interferencia en decisiones del consultante. También considera razonable que tributen.
Gabriela primero consultó el tarot y después quiso aprender a interpretarlo: se formó en reiki, tarot egipcio y astrología. En 2021 comenzó a cobrar por sus lecturas. En las tardes, después de su trabajo como periodista, y los fines de semana, abre un mazo en el mismo escritorio donde escribe sus piezas. Sus consultantes le escriben por WhatsApp; fotografía las cartas y manda audios.
“Sí me genera ingresos y es algo de lo que me siento súper orgullosa porque es a través de algo que me gusta. Pero la línea es delgadísima y es sumamente peligrosa, porque estás jugando con las expectativas de las personas”, dice.
A sus clientes les advierte que las cartas pueden equivocarse y que su interpretación también. Les recuerda que las decisiones no deben basarse solo en el tarot, ante problemas serios, les recomienda psicoterapia o atención médica. “Si no crees, no crees y se acaba el tema. Yo —sostiene Gabriela— no te voy a evangelizar”.


