La delincuencia no tiene nacionalidad, solo circunstancias
El uso político de la inmigración deja a menudo frases incriminatorias de alto calado que acusan a los extranjeros de violaciones o abusos contra las mujeres, de homicidios, robos y fraudes que han solidificado la idea tabernaria que identifica al extranjero con un delincuente. ¿Con qué datos, con qué pruebas? Jesús Sánchez Barricarte, sociólogo de la Universidad Carlos III, ha invertido unos años en analizar 5,6 millones de sentencias condenatorias dictadas entre 2007 y 2023, tras estandarizar los datos, es decir, comparar entre españoles y extranjeros pero de las mismas edades y sexos, encuentra que la brecha delincuencial entre unos y otros se reduce en un 48%. Los extranjeros cometen 1.294 delitos por cada 100.000 habitantes y los españoles 675. Si la tasa delincuencial de los extranjeros era 2,7 veces la de los españoles, al estandarizar los datos resulta solo 1,9. Aun así, esa diferencia entre ambos hay que buscarla en otros factores, dado que hay países de procedencia con cifras muy por debajo de las nacionales.
En su informe, publicado en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas, del CIS, defiende además que las cifras de los inmigrantes están infladas “porque se les vigila más y se les detiene más, a lo que hay que añadir que muchos no disponen de abogados eficientes ni siquiera de traductores competentes”, mientras que en el caso de los españoles “hay un subregistro por los delitos de cuello blanco, que no se persiguen tanto”. “Si todo esto se midiera de forma individual”, explica el profesor, “teniendo en cuenta el nivel de estudios, de ingresos, de acceso a la vivienda y otros servicios, así como las discriminaciones, etcétera, podríamos comparar y saber de verdad”. Todo lo demás, sostiene, es una falsa idea inoculada.

Barricarte se apoya también en el estudio Wrongful Convictions with Prison Sentences in Spain, que analiza las condenas erróneas entre 1996 y 2022 y revela que casi la mitad de las personas condenadas erróneamente en España (44,4%) eran extranjeras, mientras que su población penitenciaria solo llegaba al 29%. “Esto explica en parte el peso desproporcionado de los inmigrantes en las estadísticas penales”, sostiene el autor del estudio. Hicieron falta muchos años de esfuerzo y reportajes periodísticos para que la justicia no solo sacara al albañil marroquí Ahmed Tommouhi de la cárcel, tras 15 años cumpliendo condena por unas violaciones que no había cometido, sino para que lo indemnizaran en consecuencia, con 2,5 millones de euros. Tommouhi es un buen ejemplo de cómo la justicia aporta sus sesgos propios sobre una población que ya tiene los suyos cuando se la compara con los españoles de origen y las tasas de delincuencia, de todos conocidos: pobreza, estigmatización y discriminación, falta de oportunidades, de vivienda y otros servicios.
Los hombres delinquen más que las mujeres, y los jóvenes más que los mayores. Ese es el primer dato que sirve para poner las cosas en su sitio: entre los inmigrantes hay 105 hombres por cada 100 mujeres, mientras que los españoles son 95 de cada 100. La juventud es el segundo sesgo que distingue a la población migrante de la envejecida pirámide española. Comparando en sus justos términos, la tasa por cada 100.000 españoles es de 675 delitos, cuando la media del total de extranjeros es de 1.294. Pero no basta con decir extranjeros. Los asiáticos (chinos, indios y filipinos) están por debajo de la cifra española y las diferencias entre los argelinos y los marroquíes, por poner dos ejemplos cercanos, son, sin embargo, muy significativas.
En lo que el investigador denomina arco musulmán, destaca Argelia con 3.161 delitos frente a los 1.553 de los marroquíes o los apenas 436 de paquistaníes, o los 613 de los malienses, que también son musulmanes en buena medida. ¿A qué se deben estas diferencias? “Se necesitarían muchos más estudios para explicarlas, pero no es la religión, como puede verse. Quizá son otros factores culturales”, aventura Sánchez Barricarte. Con Iberoamérica pasa parecido: es muy distinta la tasa delincuencial de Ecuador, con 2.377 por cada 100.000 personas, que la de Venezuela, con 943, y todos ellos comparten religión con España, también muchos rasgos culturales, como la lengua, que favorece la integración… En todo caso, estas diferencias acusadas indican al autor, sin atisbo de duda, que “es esencial desagregar la procedencia geográfica de los extranjeros” e inferir que tal heterogeneidad impide hablar de extranjeros o de inmigración como un bloque compacto.
Sánchez Barricarte insiste en otra precisión pertinente: no solo es la nacionalidad lo que debe tenerse en cuenta al hacer los estudios, sino la residencia en el país. “Un inmigrante es alguien con vocación de permanencia en España, mientras que hay extranjeros que pasan solo un tiempo, de vacaciones, por ejemplo, y también delinquen, por no hablar de campañas de delincuencia organizada que llegan a España durante un tiempo y luego saltan a otros países de la UE; se trata, en estos casos, de delincuentes profesionales”, explica. Y todo ello no está desagregado en las sentencias ni en las estadísticas. Europa del Este destaca por sus cifras, las más abultadas, con 6.018 delitos entre la población de los Balcanes y Georgia.
Hay otro detalle relevante que no se considera en las estadísticas de delincuencia y es la permanencia en zonas rurales o urbanas, en estas últimas se concentran los delitos. Pues bien, frente al 52% de los españoles que viven en ciudades de 50.000 o más habitantes, hay un 57% de extranjeros. No es un dato que se suela tener en cuenta, pero a Sánchez Barricarte le indica de nuevo que hay mucha paja que separar del grano cuando se habla de la delincuencia de los inmigrantes.
Irregulares
Capítulo aparte concede el investigador a los irregulares, los más maltratados por los exabruptos políticos de la derecha y la ultraderecha, que tienden a reclamar una inmigración ordenada situando, en una ecuación simplista, a los que llegan sin papeles como una población intrínsecamente peligrosa. En el periodo comprendido entre 2017 y 2023, que permite comparar con los datos del centro de análisis Funcas, el número de irregulares en España se elevó un 345%, mientras que la tasa estandarizada de delincuencia total de los extranjeros descendió un 2% y el aumento por separado de algunos delitos, como los homicidios (un 19%), contra la libertad sexual (un 28%) o los de lesiones, que subieron un 5% están muy lejos del incremento total de esa población.
En la ultraderecha y su concepto de “iberosfera” se detiene de nuevo Sánchez Barricarte: “Suelen decir que esa es su región cultural, la que les une en religión y valores, y los latinos son, además, la población que genera más simpatías entre los españoles, con un 33,5%, según una encuesta de Sigma Dos en 2024, en contraste con los magrebíes (2,4%), los europeos del este (5,4%), los asiáticos (6,5%) o los subsaharianos (8,9%). Pues da la casualidad de que, en términos de delincuencia, los asiáticos son los que presentan las tasas más bajas y los iberoamericanos las más altas”, revela el sociólogo.
El tipo de delito también muestra algunos datos curiosos respecto al mensaje recurrente de los abusos contra “nuestras mujeres” que tanto se oye en los mítines de la ultraderecha y en algunas declaraciones de la derecha en su conjunto. Los homicidios y los delitos contra la libertad e indemnidad sexuales no están en la parte alta de la tabla, que la ocupan la seguridad colectiva y el orden público (37,8%), contra el patrimonio y la hacienda pública (27,9%) y las lesiones (15%), siempre entre los extranjeros en su conjunto más alta que entre los españoles. Pero cuando se trata de feminicidios en el ámbito de la pareja o expareja así como los delitos de odio por razones de orientación sexual, las tasas brutas, en este caso los datos de que se dispone no están estandarizados, indican que los extranjeros doblan o triplican las de los españoles. “Pero son las mujeres extranjeras quienes padecen en mayor medida la violencia de los varones foráneos”, dice Sánchez Ricarte, no “nuestras mujeres”, como sostiene la ultraderecha recurrentemente. Las denuncias de mujeres por ataques sexuales estos días en Ceuta avalan esa afirmación.
Los factores culturales vendrían a explicar estos comportamientos, como revela la reducción de 2006 a 2024 de un 48% en los feminicidios y en un 51% en las víctimas entre extranjeros. El autor entiende que con el tiempo van adaptando sus comportamientos a los del país de acogida. Los delitos de odio por la orientación sexual también muestran una tasa, en este caso bruta, sin estandarización, de 3,1 entre los españoles, que se triplica entre los extranjeros (9,7). “No cabe duda de que hay que reforzar las políticas de integración, culturales y el fomento de la igualdad”, reclama el sociólogo. Ni tampoco de que no se puede hablar de delitos de extranjeros frente a delitos de los españoles, porque las diferencias por países son tan notables que los datos no permiten extender ese mensaje xenófobo.

