Los colombianos en España se movilizan tras el terremoto: “Tengo mucha impotencia de estar al otro lado”
Cuando Valery Valverde encendió la pantalla de su teléfono, vio a su madre gritando. Durante unos segundos pensó que algo le había pasado a su abuela, que estaba hospitalizada. La llamada se cortó. Minutos después, su hermana apareció por videollamada desde el patio de su casa, en Palmira, un municipio colombiano del departamento del Valle del Cauca.
—Es un terremoto —le dijo.
Esta joven de 21 años emigró a España buscando nuevas oportunidades que le permitieran ayudar a su familia y terminar su carrera de Derecho. “Uno viene para ayudarles económicamente, pero cuando pasa esto… Me angustia que vuelva a pasar y no poder hacer nada desde acá”, dice mientras organiza cajas de donaciones en Madrid. El terremoto de magnitud 7,4 ocurrido el pasado lunes en Colombia ha cobrado la vida de al menos 281 personas y ha dejado 3.900 heridas, 496 desaparecidas y 53.816 afectadas. Mientras las labores de búsqueda continúan, los colombianos en España se organizan para enviar ayudas.
Minutos después del desastre, los mensajes iban y venían, con imágenes de rostros acompañadas por la palabra desaparecido. Las preguntas se repetían en todos los chats: ¿Sus familias están bien?, ¿qué hacemos?, ¿dónde podemos ayudar? Pero la tristeza y la frustración de estar lejos rápidamente se convirtieron en impulso para organizarse. Las redes sociales se inundaron de convocatorias y puntos de recogida respaldados por restaurantes, comercios, fundaciones e influencers. A comienzos de 2025, alrededor de un millón de colombianos residían en España.
En Madrid, la plaza situada frente a la Fundación Madrina terminó convirtiéndose en uno de los principales puntos de recogida. Bajo un sol que rozaba los 37 grados, las voluntarias, en su mayoría mujeres, clasifican alimentos, insumos médicos, artículos de aseo y comida para mascotas. Las indicaciones son precisas: las cajas tienen que cumplir un tamaño determinado y no superar los 25 kilos. Una mujer cruza la carpa y comienza a llorar. Otra voluntaria llega con pizzas y botellas de agua para quienes llevan horas trabajando sin moverse de allí.
Durante horas, personas como Rachel Fajardo, colombo-venezolana, llegaron con varias bolsas. Su familia colombiana, cuenta, no se había visto tan afectada, pero la tragedia le recordó también a Venezuela. “Lo mínimo que uno puede hacer es esto. Entre nosotros mismos nos ayudamos, porque del Gobierno… ya sabemos”, dice. La escena se repite una y otra vez. Personas que llegan con lo que pueden, algunos escapados del trabajo, preguntan qué hace falta, muchas veces, terminan quedándose para ayudar a organizar lo que otros llevan.
Los voluntarios repiten la misma pregunta. ¿Cómo se van a llevar las ayudas? Su propósito es conseguir que todo aquello cruce los 8.000 kilómetros que separan Madrid de Colombia. El director de la Fundación Madrina, Conrado Giménez, asegura que esa es su responsabilidad y que están preparados para enviar todo lo que se está recogiendo, “pero dependemos de la disponibilidad de las compañías aéreas y de los espacios que puedan habilitar para carga humanitaria”. En la bodega todavía hay ayudas represadas para atender la emergencia en Venezuela tras los devastadores terremotos de magnitud 7,2 y 7,5.
Varios voluntarios quieren cerciorarse de que todo llegue a quien lo necesita. Una voluntaria escribe en algunas cajas “Enviado desde Madrid”. Otras clasifican, etiquetan y documentan las donaciones, mientras una más marca códigos de barras con un rotulador negro.
Camila Arroyabe llega con algunos paquetes, pero tiene claro a dónde quiere que llegue parte de su ayuda. “Tengo mucha impotencia de estar al otro lado del mundo y ver lo que está pasando. Doné aquí y a una fundación en el Chocó. Es un departamento olvidado, sin vías, sin hospitales. Está lejos de todo”. Su decisión pone sobre la mesa una preocupación que atraviesa la organización de la diáspora: que los territorios que tienen más dificultades para acceder a los recursos no vuelvan a quedar al final de la cadena.
En medio de esa actividad aparece Estefanía Alvarado. Llegó apenas hace una semana para estudiar un máster en marketing. Por videollamada vio cómo los edificios en Pereira empezaban a caer. Un día después se enteró de que uno de sus amigos murió bajo los escombros. Su padre perdió su empresa de muebles: “No puedo quedarme sin ayudar. Es muy duro saber que cuando vuelva ya no va a estar ni la gente ni el lugar en el que crecí”, cuenta con un nudo en la garganta.
Pero cuando las zonas más afectadas están lejos del centro, cuando han sido excluidas por la desigualdad social, la emergencia no termina en el desastre. Se multiplica por el abandono histórico, por la falta de infraestructuras y por la distancia donde se concentra la capacidad de respuesta. Espacios culturales como La Parcería y Espacio Afro también se han unido para movilizar a las comunidades que frecuentan ambos espacios y atender a quienes no están en el foco de la atención mediática. Johan Posada, director de La Parcería, lo resume así: “No es un proyecto, es una urgencia social”. Municipios como Quimbaya, San José del Palmar, El Cairo, Argelia y Buenaventura, así como Yuto —cabecera del municipio de Medio Atrato—, entre otros, son territorios donde viven especialmente poblaciones negras e indígenas que siguen sin ser atendidas.
A partir de este fin de semana tienen previstas distintas actividades culturales para recaudar fondos, con la mirada puesta en el largo plazo y ser parte de la reconstrucción del Chocó, donde el terremoto devastó barrios enteros y las vías terrestres y aéreas permanecen cerradas. “La gente puede ayudar como lo sienta. Desde donaciones económicas, compartiendo información, hablando con sus parientes, acercando a alguien que no conozcamos. Ayudar también es activar redes”, señala Posada. Además, advierte de que ahora toda la atención está puesta en la emergencia, pero que con el paso de las semanas la situación dejará de ocupar titulares y miles de familias seguirán sin un lugar donde vivir.
Restaurantes como Maíz Sabor han donado 50 lechonas para que sean vendidas. La movilización se está extendiendo a otros puntos de la ciudad: Nube Madrid, La Abuela Gomela, Hágale Pues y El Sabor de mi Tierra están organizando menús benéficos, ventas de dulces y recogidas de alimentos. En Usera, el Ayuntamiento está habilitando puntos de acopio para recibir alimentos, artículos de higiene y material de primeros auxilios. Mientras tanto, perfiles comunitarios como Soy Colombiano en Europa están articulando los canales para movilizar a la gente y garantizar que las ayudas lleguen a su destino.
En Barcelona, Tatiana Rojas, periodista colombiana y migrante, explica que la diáspora volverá a activar una red de solidaridad que lleva cinco años construyendo bajo una consigna: “Lejos, pero nunca ausentes”. Diversas juntanzas feministas, organizaciones mixtas, entidades de la sociedad civil y colectivos migrantes se han articulado para responder a la emergencia. El Ayuntamiento de Barcelona se ha reunido con entidades colombianas para conocer la situación y explorar formas de apoyo, mientras varias personas de la diáspora han habilitado centros de acopio por su cuenta. También aquí aparecen obstáculos: el consulado está sin cónsul y no se han activado vuelos humanitarios para trasladar la ayuda física.
De esa necesidad nace la Juntanza Solidaria por Colombia, un encuentro comunitario y artístico que busca convertir la solidaridad en una red capaz de sostenerse más allá de los primeros días de la emergencia. Cada persona aporta lo que tiene: su tiempo, su trabajo, su arte o su emprendimiento. Lo recaudado se destinará principalmente a comunidades del Chocó y Pereira, buscando mecanismos concretos para que los recursos lleguen a los territorios más afectados. La intención, explica, es que la jornada no sea un episodio aislado, sino el primer paso de una red de apoyo que pueda acompañar una reconstrucción que será larga.
Desde otras zonas de España, como Canarias, Alicante y Valencia, también intentan enviar las ayudas que reúnen otros colombianos para que los insumos lleguen a las principales ciudades y puedan continuar desde allí hacia el epicentro en San José del Palmar y otras zonas afectadas que incluyen Risaralda, Valle del Cauca, Caldas y Quindío, con graves daños en ciudades como Pereira, Cali, Manizales, Quibdó y Armenia.



